Capítulo 5: Supermercado II
Mientras recordaba, la chica de os churros fue hacia donde estaban la gorda de la óptica y la de otra isla, quien vende boletos de transporte, una nada fea, aunque formal con su saco y falda azul marino y se alejaron las tres.
En la mesa en la que estaba antes, el que me recordó a Alejandro se sentaron dos mujeres y un amanerado, una de blusa rayada, rojo con blanco, sus lindos pies adornados estaban por una pieza de joyería, bonito cuerpo, simple pero bonito; aunque la chica habla mucho, casi en proporción al amanerado. La otra, también de jeans como la primera usaba una sudadera color pastel solo los observa mientras hablan y los escucha con atención, me parece más interesante, aunque es menos atractiva físicamente. No terminaba de analizar el plano cuando una diosa se aproximó de frente, cuerpazo, trasero en forma de corazón, se veía bastante apetecible. Vestía un pants gris en el que se notaba la presencia de una diminuta prenda de ropa interior, lucía también una blusa pegada a la piel en color negro con varios detalles florales bordados a mano, una carita preciosa, labios brillantes, cabello lacio, rubio y atado por atrás con una coleta, y como cereza, un par de pechos descomunales. Si a lo anterior agrego que no tenía más de veinticinco años realmente lo transformo en una pieza de arte. Me caso, pensé, y después reí a mis adentros, esa clase de bellezas solo andan con tipos de carteras gruesas, no con alguien como yo que no tiene ni doce pesos para ir a la escuela, ya no digo para regresar, porque estoy infinitamente agradecido con Memo y Coria por traerme de regreso a casa sin cobrarme un peso más.
En las computadoras se cansa uno menos de escribir porque escribes con las dos manos, eso dicen, pero yo conozco a varios que en el teclado escriben de un modo que yo llamo “pisada de gallina”, tendrían que ver el ademán para comprender, pero es dando piquetes con ambos índices de manera abrupta y tonta, aunque no mencionaré a nadie que escriba así en la computadora -mejor sí, Edgar-.
Ya no ha salido Vicky y los de al lado pelean por un virus en su memoria, uno que se elimina sencillamente con un comando de pocas letras declarado en la consola. La memoria con virus es la del homosexual, que no deja de pasearse como desesperado alrededor de ellas y reclamar cada tres segundos por su pérdida.
Está buena la de los churros, chiquita pero muy buena… Pienso en ayudar a los de al lado, pero me reprime el molesto personaje.
Vicky limpia los estantes, lo hace bien, a conciencia, abre cajas, limpia piezas individualmente, observa, es buen en lo que hace ahora ¿así será para todo?
Un ingeniero en sistemas no solo quita virus, imbécil. El amanerado fue por un churro, lo sé no por estar viendo al amanerado, sino a la niña de los churros a la que no le he desprendido los ojos de encima desde hace unos minutos.
La menos guapa de las chicas que estaban a mi lado fue por comida china. Regresó con una gran bolsa del mismo color que su blusa, bueno, poco más amarilla. Ya se van, que bueno porque el sujeto me estaba colmando la paciencia.
Al voltear a la caja vi pagando a una mujer que me recordó y se me figuró a Izamar, del tres; “la argentina” la apodé yo. Era alta, mucho, delgada, de piel blanca, de nariz rara aunque muy guapa,no mi tipo de guapa, pero era guapa; de hecho creo que era edecán o modelo, a mí me parecía muy fingida, -¿qué mujer no finge?- y lenta de razonamiento, como una niñota de uno ochenta y cinco, cabello lacio, muslos deliciosos y buenas defensas. Pero no me gustaba, individuales algunas de sus partes eran lamibles -digo eran porque hace año y medio que no la veo-, pero en conjunto fallaban, como que no combinaban, no me gustaba porque estaba bien mensa.
Vicky está masticando algo, debe ser un chicle, no la vi salir por comida,; mastica gracioso, infla las mejillas, levanta la trompa como niño a punto de dar un beso a su mamá.
Alguien más se sentó en la mesa de al lado, dos señoras sin importancia, pasaré de comentar respecto a ellas.
Hoy no he visto mucha acción, probablemente a causa de mi posición estratégica. Quiero un portatil para hacer justo lo que estoy haciendo ahora e ir subiendo todo a la red, no como un diario, sí como un juego en tiempo real.
Ah, volvió la fea de la blusa rosa y falda gris, no era de la óptica, como creí antes, sino de un par de locales más lejos que no investigaré porque no me interesa y porque ya se fue.
Nadie tiene una vida tan interesante como para plasmarlo todo en papel, ni yo mismo que lo hago lo creo, por eso mismo intento dejarlo claro. Estoy en medio de una actitud de ensimismamiento y narcisismo que me ayuda a mantenerme a raya y sin perjudicar a nadie.
Vicky tiene bonita mirada, hace casi nada de tiempo nos miramos , obvio ella dejó de verme primero.
Reviso mi celular, me gusta hacerlo en público no porque sea caro, sino todo lo contrario, es demasiado austero como para que me vean bien portándolo. Hay una llamada perdida, de un número que desconozco, a las diez de la mañana, hace dos horas y media. Me preocupa que sean mis deudas, ellos son mis dueños, lo detesto; no soy libre de gastar el peso que tengo en la bolsa porque el noventa por ciento de ese peso ya tiene dueño; ¿quién sería? ¿quién me habrá llamado? En pocos días debo saldar varias cuentas pendientes y no hay lógica que me permita saber cómo conseguir el dinero. Me entristece.
Algo dijo el chino de la comida china oriental que está a un lado en voz muy fuerte, no estás en China amigo, ojalá pudiera yo estar en China o en algún lugar a semejante distancia de aquí para no pensar en todas mis preocupaciones, soy esclavo del sistema y de sus garras de maldad.
Ha psado un tiempo y yo sigo desesperado, Vicky continúa con el arreglo de las vitrinas, los chinos parloteando juntos y la de los churros presumiendo su bonito traste mientras un guardia de seguridad charla con ella del otro lado de la barra. Hace rato que regresó la fea, pero es tan fea que no le presté más atención.
Me ignoró. Salió Vicky a tirar algo a la basura pero ahora miraba al horizonte, más allá de mi espalda, donde hay trescientas personas más, cuando al frente apenas unas quince contándola.
Mientras se inclina a limpiar por fuera los cristales de su mostrador mostró los senos, pero me vio, yo sé que ahora sí la vi como un cerdo y hasta sentí deseos de poseerla.
Vicky me mira escribir mientras yo de reojo no dejo de ponerle cuidado, deliciosa, no es deliciosa pero en mi situación actual así parece. ¿A cuantas te has imaginado desnudas?, me preguntó una vez alguien. No sé, como cinco mil, quizá. ¿Con cuantas de ellas te has acostado?, después de reír por mi propia verdad y meditar la respuesta dije, con un número insignificante en comparativa. La persona se rió, pero es cierto, a los pervertidos -que fea forma de llamarnos- nos toman como quienes no dejan pasar oportunidad para tener sexo con alguien, no sé si sea verdad, pero si me clasifican en la categoría debo alegar que eso es totalmente falso. Veo mujeres, las admiro, las deseo, las adoro, las quiero, las amo, pero la situación generalmente no es recíproca ni siquiera en lo poco, se alejan y me alejan, me temen, me evaden, me desconocen.
Aunque Vicky me está mirando a través del reflejo de las vitrinas y yo la veo a ella, me hace sentir bien que ningún guardia se haya aproximado a mí todavía para invitarme a salir del lugar y que ella siga a escasos cinco pasos, quizá menos de distancia de mí.
Que barbarie, nalgatorio, morena, bajita, me traumó, no la de los churros, otra que está comprando comida china, no sé si escribir o admirar. Quizá los jeans son una talla más chicos porque hacen ver todo aquello forzado, enorme, a punto de estallar, claramente me excité. Estoy feliz por mi posición estratégica, se hinchó el bulto entre mis piernas y, mientras escribo, sin dejar de verla se endurece más. Adiós nena, adiós, soy un caliente… por lo menos dejé un rato de pensar en mi miseria.
Me levantaré hasta que la excitación se vaya. Vicky, gracias por darme algo agradable para pasar el rato, tú, niña de los churros, no creas que me he olvidado de ti y esa hermosa parte posterior tuya, para nada; pero me hace falta tiempo y espacio para escribir todo lo que pasa.


