Capítulo 4: Supermercado

Cada uno conocemos los límites de las capacidades que poseemos, intentamos engañarnos simulando estar más altos, pero jamás lo logramos.
Hoy tampoco fui a la escuela, amanecí sin dinero. El dinero es el motor de la sociedad actual, sin dinero no puedo pagar el transporte a la escuela. Estoy sin ideas y con mucho sueño, he pasado tres noches en las que no me he acostado a dormir a la hora que debo por estar mensajeando.
En el mismo centro comercial, el mismo bloque de mesas, aunque del otro lado, junto al negocio cerrado de comida china oriental, no pregunten, así se llama.
Es muy temprano, lo sé porque las únicas mujeres a la vista son las ancianas que trabajan de cerillos.
Refriego mi cabeza y barba, hoy no me unté nada; no me gusta sentirme así, agobiado esperando a que el reloj camine por su cuenta, sin ánimos de nada, temeroso a ser visto y descubierto en la desfachatez que significa no asistir a clases, el día que tenía que exponer, el día que tenía que presentar el avance del proyecto y entregar tres programas concluidos.
No sé si le pase a todo el mundo pero cuando me siento en esta situación prefiero mantenerme al margen de todo, de la sociedad, de las relaciones, y aguardar a que el tiempo sea quien acabe con el día, que llegue el mañana y sea mejor.
Hay una dama a mi costado, estoy seguro de que no ha vivido un romance desde hace mucho, es una de las ancianas. No me imagino a mí un solo día sin pensar en la hermosura de las mujeres, mis mujeres, mi mujer.
Una dama más se aproximó a donde había estado la anterior, su compañera; me vio y me sonrió, ¿estará coqueteando?, mi día de suerte.
estaba, está, estuvo, estará. Estoy usando mucho esa palabra, no me sé más. Sigue sonriendo mientras me observa escribir y frotarme la cabeza, pasó junto a mí, va por agua para su café porque le quedó muy caliente.
Viene de regreso, y justo detrás de mí se detiene a observar lo que hago más de cerca, me pregunto si alcanzará a ver.
Pasaron mis dos más grandes fetiches, no sentí el mínimo de excitación. Cuando quien usa lentes vestida de colegiala es demasiado delgada y poco agraciada para preferir escribirlo que observar es porque es realmente fea. Han pasado veinte minutos desde que llegué y el negocio sigue muerto, los locales cerrados.
A punto de terminar la oración anterior pasó cerca de mí la madre de Jaz, con short rosa y blusa escotada de tirantes color blanco, probablemente venga de hacer ejercicio, es muy sensual, tanto como sus dos hijas. No pude evitar verla, aun viniendo acompañada de su marido; no soy tan obvio, me concentré en la esponjada venda de su frente, por lo menos eso intenté en contra de mi voluntad que solo atendía a sus jugosos senos. Enormes y jugosos. Que bueno que ya se fue. Fijar mi atención en elaborar un texto decente es difícil con esa clase de distracciones.
La mamá de Jaz es guapa y luce muy joven; tiene cuerpo de amazona, el cabello a los hombros lacio y negro, combinado con lo claro de su piel y su rostro fino. La mamá de Jaz es muy guapa. Jaz era, porque hace más de un año que no la veo y no puedo asegurar su aspecto actual, muy guapa pero muy tonta. Una dama de aparador con un par de piernas inmensas como troncos, trasero de campeonato y pechos y cara como los de su madre, solo que era muy tonta. De la clase de tonta con la que cualquier listo quiere revolcarse, pero no es tan tonta, cuida su estirpe, no se enreda con cualquier carroña, conmigo no quiso; prefirió a mi amigo el alto, atlético y apuesto como pareja. Sin importarle que él hablara como si trajera una papa recién cocida en la boca.
¿Por qué la mayoría de contraseñas en locales comerciales son uno, dos, tres, cuatro? Yo trabajé en uno hace tiempo y las teclas al ser pulsadas sonaban exactamente en el mismo orden que sonaron los dos locales que acababan de abrir. Uno, dos, tres, cuatro, de nuevo. La chica del local de joyería ya me ha visto antes aquí, yo la he observado, se da cuenta cuando lo hago, todas las mujeres se dan cuenta cuando un hombre -o varios -las ven con deseo. El local de joyería está al costado del de comida china oriental -que nombre tan jodido-. Mi posición es estratégica; cualquiera pensaría que para ver más mujeres, pero no. Tengo roto el pantalón de la entrepierna y no me gusta que me anden viendo los calzones – bóxer, como me enseñaron a llamarlos-, pero aquí es imposible, porque la banca frente a mí tapa. Estornudé dos veces. La tercer anciana me dijo “salud” y le agradecí. No hablé de ella por culpa de la mamá de Jaz o de Jaz misma, esa señora es gordita, parece amable, llegó con una bolsa repleta de pan en mano para compartir con las otras dos, seguro que es amable.
Hay una isla de churros a veinte pasos frente a mí, la que atiende tiene bonito cuerpo, es pequeña de edad, le calculo dieciséis, pero quien sabe, las niñas de hoy se comen los años, yo no sé cómo le hacen, yo no consigo dejar de verme cada vez más viejo cuando salgo de bañarme y me coloco frente al espejo; mi solución simple para evitar el embrollo psicológico que eso me produce fue dejar de verme, por eso a veces ni me peino. Sé que no es importante y que me desvié del tema pero estoy narrando lo que me viene a la mente y la mente es desordenada.
Que buenas nalguitas. La chavita dela isla tiene buenas nalguitas. Las mujeres en el hemisferio superior del planeta tienen chichis grandes, las del inferior nalgas grandes; así parece estar definida la distribución de mujeres. Si las argentinas aparte de nalgonas son chichonas es porque se operan, ponerse busto ahí es muy económico, las niñas piden implantes como regalos de cumpleaños.
Las viejitas ya se fueron a trabajar y yo aquí sigo sentado, solo pensando, sin nada qué hacer, sin nada qué ver.
La del local de joyería salió corriendo. Ya viene, hoy no me ha volteado a ver, quizá piensa que soy un pervertido acosándola. No es así. Se acercan unos ojos rasgados, seguro son del local de comida china oriental. Sí, ya abrieron.
Hablando de penes, recuerdo que hace tiempo, mientras platicaba con Angie, -quien por cierto ya casi no me hace caso- descubrí lo que ellas piensan de nosotros, cito: “Las mujeres decentes vemos a los hombres como un montón de penes erectos y al asecho buscando un lugar en nuestras confortables vaginas.” Quizá tenga razón, aunque en mi defensa puedo aclarar que de poco más de dos mil amigas que tengo en las redes sociales no me queda tiempo para perseguir ni al diez por ciento con mi pene desenvainado, así que el otro ochenta no debería de etiquetarme como tal.
Llegó una china más y la chica del local de joyería salió de nuevo, he notado, las dos o tres veces que la he observado, que pasa más tiempo afuera, dando vueltas, que en el mismo local. No diré más crítica, ya llegó y está atendiendo a una mujer de edad avanzada de cabello rojo, por el día de hoy ha sido más productiva que yo solo con eso.
No me gusta cómo se ve hoy, por cierto, trae puestos unos jeans que no le acentúan la forma y el tamaño de su trasero, acompañados de una blusa sin mangas con letras doradas en la espalda. Salió de nuevo, ahora sí me vio. Creo que me veo ridículo, me vi ridículo desde que salí de casa, con un cuaderno profesional rojo y una lapicera azul promocional de una fondita, sin mochila; porque la mochila la olvidé ayer en casa de George, bueno, no la olvidé, pero no quise llevarla conmigo en la noche cuando fuimos a la plaza, ya allá empezó a llover y mi padre fue por mí, pido disculpas a George por no llevarlo de regreso a su casa, pero mi padre no quiso.
Junto al local de joyería hay una óptica con un letrero rojo redondo en la entrada colgando que dice: Descubre si ves bien en un abrir y cerrar de ojos. Sé que no veo bien, pero no quiero cualquier clase de lentes, así que mejor sufro ahora.
La de la joyería salió y regresó tres veces en el lapso, a veces me doy cuenta cuando se va, pero no cuando llega. La última salida me gustó, parece alegre, de hecho es lo más cerca que ha estado de mí, porque frente a mí, junto a la banca que protege mis calzones, hay un bote de basura y ella salió a tirar algo en dicho bote. Puedo decir que me vio y no me vio mal, se da cuenta que me gusta, lo sé. Linda mirada. A los segundos salió de nuevo con una taza roja en la mano ¿será la hora del café? En su ausencia un joven entró, revisó el lugar y se fue, ahora está ahí una dama, creo que es la de la óptica, cara redonda, blusa de tirantes rosa, falda de mezclilla gris opaco, no atractiva, parece no estar de buen humor. Me pregunto si habrá política interna que obligue a la vecina de local a cuidar el tuyo en ausencia. Quien sabe.
Es hora de contorsionar mis manos en víspera de lo que suceda. En computadora puedo escribir durante horas pero a mano, a mano sí es un mérito. Además el texto queda lleno de rayones y tachaduras, los errores sobran.
Llegó, con franela en mano, era franela, no una taza, que idiota fui. Las letras de su espalda son marcas comerciales de joyería, relojería y “navajería”. Está barriendo, trae puestos unos converse color mezclilla; viéndola bien no es tan bella, tiene pechos abundantes y buen trasero pero no pasa de ser una mujer casual, de esas que uno si busca un poco encuentra. Bueno, eso aquí, porque he estado en lugares que para ver a una así nada más no llega el momento, pero estamos benditos, aquí hay belleza.
En donde estaban las ancianas ahora hay un hombre que se parece a Alejandro, el que me vendió – y al que nunca le pagué- mi primer computadora, todavía no tengo dinero para pagarle, aunque agradezco al cielo no haberlo topado desde hace años, espero le esté lleno de maravilla en la vida, en lo que sea que se desempeñe y también tener algún día la oportunidad de pagarle con creces, porque aunque no fue por él por lo que me interesé en los sistemas, lo que él me dio fue una útil y efectiva herramienta para adquirir conocimientos respecto a lo que me apasiona sin miedo y en brevedad.
Ya no me ha volteado a ver la de la joyería, es hora de ponerle un apodo, Vicky, en honor a la marca de navajas que titula al local. Vicky está hojeando catálogos a unos diez pasos de distancia.
“Encargado del departamento de muebles, favor de presentarse en la caja número once”. nunca me ha gustado como suena cuando alguien es voceado en un centro comercial, dan pena, jamás les entiendo, parece que tapan su nariz y parte de su boca al hablar.
Acaba de pasar una joven de cabello rubio, con una blusa morada que cubría sus pequeños pechos, delgada, con jeans como es común a su edad, de bonita cara pero muy pobre de cuerpo; parece que se asustó cuando la vi, porque rápidamente volteó la mirada y se fue de largo.
El que barre llegó, barre y trapea con esa variante de cepillo trapeador, hay un problema, movió la banca, rápidamente y como adolescente cubriendo su virginidad cerré las piernas, no sea que se le antoje lo que vea. Parece que el único lugar en el que los raritos pueden trabajar es el centro comercial, en cualquier centro comercial se ven un montón de raritos como empleados, y no tengo nada en contra de ellos, cada quien su cola, pero entre menos me tope mejor, de por sí soy malo para interactuar y con ellos cohibiéndome, no, gracias.
No me gusta mi pelo, cada que lo refriego lo recuerdo, pero tampoco me gustaría quedarme calvo, así que mejor lo tolero y disfruto jalonearlo ahora que tengo y puedo hacerlo.
Uy, la de la óptica es grotesca, es enorme, en su ropa solo veo colores café con gris. Una vez Anheam me dijo que esos dos colores son los peores para vestir, porque son tristes e insípidos. La gorda de la óptica, por qué no había mencionado que era gorda, tomó una varilla e intentó bajar la cortina con eso sin éxito tres veces, la jalaba, se le soltaba y pegaba un brinco, así cuatro veces y a cada brinco su barriga se destapaba más, ¿por qué no le ayudé? Porque me desagrada mucho, qué hay si me pega. Que bueno que ya se fue.
No me gusta meter a Anheam en la conversación porque estuve muy enamorado de ella, pero me rechazó. Me cambió por un tipo de aspecto idiota, alto, lleno de acné, mal parecido, deforme, lelo. Por eso digo que soy feo, por eso creo que soy una mierda, porque Anheam me cambió por el penúltimo eslabón de la cadena existencialista, así me dejó en último. No hablaré más de Anheam por ahora, se abren viejas heridas y no es grato ver a un hombre llorando en el supermercado.

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