Capítulo 11: Monstruo bajo la cama
Se dice que los hombres no debemos temer a nada, pero pocos padecen de monstruos en la almohada. Quiero escribir ahora que es extraño no necesitar perderme en ninguna mirada, que nunca más en adelante sucumbiré ante los ojos de una bella dama. Pero vamos, todos sabemos que eso es falso, las pruebas me remiten a ser un cobarde y ante las más preciosas postrarme. Solo me limitaré a no volver a verla así, porque esas esferas del alma que muestran claro el repudio que sienten por mí, únicos cristales que el alma de un hombre examinan y hasta el más recóndito sitio dominan. Ya no, no puedo permitírselo, me hacen nada, me acaban. Yo simplemente quiero a alguien para tocar, para acariciar, pero debo aguantarme a la dureza de la soledad.
Antes pensaba que no merecía, que no me merecían, pero ahora veo las cosas claras, soy yo el que no puedo satisfacerlas, porque tengo miedo incluso de en el juego perderlas… Tonto soy, solo estoy.
Las personas en las calles me miran y me juzgan; pero cuando solo ando únicamente se burlan, no hay derecho. La canción de los prisioneros dice: “Y no me digas pobre, por ir viajando así, no ves que estoy contento, no ves que soy feliz”… Así yo, estaré contento de saber que puedo controlar mi templo. Ojos de sirenas me mirarán desde el mar y cantarán de gozo por mi heredad, aves en el cielo en parvada atravesar, y este que ahora escribe no las “exalte” nunca más.


