¿Cuánto tardas en resetear tu pensamiento y forma de vida? Hay dependencias, vicios, costumbres y hábitos que cargamos todos los días sin darnos cuenta de que están ahí, hasta que algo pasa. Hasta que el cuerpo resiente. Hasta que aparece un cambio. A veces es algo positivo; otras, una incomodidad, un dolor o una molestia. Y así, el mismo cuerpo termina diciéndonos cuando no se siente bien con la vida que le hemos venido dando.
Ayer me topé con un video en el que me retaban a irme a caminar sin audífonos, sin celular y sin distractores durante diez kilómetros. Hice un cálculo rápido de hasta dónde serían aproximadamente cinco kilómetros y pensé: de ida y vuelta lo consigo, va. Me convencí.
Para mayor certeza dejé el celular en casa. Tomé un par de vasos grandes de agua antes de salir y decidí no llevar tampoco cartera ni dinero. Éramos mis llaves y yo contra un interesante trayecto por recorrer.
Dios, qué horror darme cuenta de lo pobre de mi condición física. Quizá había recorrido dos terceras partes del trayecto cuando empecé a ver mi suerte. Estaba sudando a chorros, la visión comenzaba a ponerse un poco borrosa y el cansancio ya era evidente.
Tengo que decir que en ese tramo me tocaron dos pendientes bastante pesadas, cerca de un kilómetro acumulado de subida. Para alguien con sobrepeso —u obesidad, según se perciba— que no había andado por terrenos así más allá de unos cuantos metros, aquello se volvió un verdadero reto. Lo sufrí. Estaba, como diríamos en mi adolescencia, "bofeado".
La pasé mal durante buena parte del último tramo. Sin embargo, no me detuve. Cuando llegué a la cima de esa sección, sabía que el resto del camino era más parejo. Empecé a decirme: "tú puedes, Carlos", "despacio, no hay ninguna prisa". Bajé el ritmo. Mi corazón comenzó a relajarse, recuperé el aire y seguí caminando mientras respiraba con profundidad.
Finalmente tuve una pequeña victoria. No solo porque conseguí llegar a casa casi en una pieza —la verdad llegué directo a comer y a beber agua—, sino porque en el último pedazo de la caminata di una carrera de unos doscientos metros.
¿Cuánto tiempo tenía sin que el cuerpo me diera para un sprint?
La lluvia se había soltado sobre la ciudad y era correr o llegar hecho una sopa. Además, agradecí a Dios que la temperatura bajara un par de grados, que la humedad aumentara y que las gotas comenzaran a caer justo cuando yo ya estaba sufriendo por el agotamiento, el calor y la falta de agua.
Después de comer algo me metí a bañar y me tiré en la cama para terminar el otro "side quest" con el que me habían retado en ese reel: leer un libro completo en un día.
También lo conseguí.
Finalicé la jornada durmiendo como rey. En el piso, porque después de un rato en la cama empezó a darme calor. Me desperté a la mañana siguiente con esa sensación de haber recuperado una parte de mí que estaba bloqueada y con la certeza de que había cometido un error al no llevar agua ni dinero durante la caminata.
Pero bueno, como reto personal, se logró.
Y más allá de la distancia recorrida, del libro terminado o de la lluvia que me obligó a correr los últimos metros, me quedó algo más útil: recordarme que todavía soy capaz de exigirme un poco más de lo que creo. Que cuando me propongo hacer algo y lo sostengo con convicción, suelo encontrar la forma de conseguirlo. Y que, de vez en cuando, basta una caminata larga para descubrir cosas sobre uno mismo que llevaban demasiado tiempo esperando ser escuchadas.
¿Cuánto tardas en resetear tu pensamiento y forma de vida? Hay dependencias, vicios, costumbres y hábitos que cargamos todos los días sin darnos cuenta de que están ahí, hasta que algo pasa. Hasta que el cuerpo resiente. Hasta que aparece un cambio. A veces es algo positivo; otras, una incomodidad, un dolor o una molestia. Y así, el mismo cuerpo termina diciéndonos cuando no se siente bien con la vida que le hemos venido dando.
Ayer me topé con un video en el que me retaban a irme a caminar sin audífonos, sin celular y sin distractores durante diez kilómetros. Hice un cálculo rápido de hasta dónde serían aproximadamente cinco kilómetros y pensé: de ida y vuelta lo consigo, va. Me convencí.
Para mayor certeza dejé el celular en casa. Tomé un par de vasos grandes de agua antes de salir y decidí no llevar tampoco cartera ni dinero. Éramos mis llaves y yo contra un interesante trayecto por recorrer.
Dios, qué horror darme cuenta de lo pobre de mi condición física. Quizá había recorrido dos terceras partes del trayecto cuando empecé a ver mi suerte. Estaba sudando a chorros, la visión comenzaba a ponerse un poco borrosa y el cansancio ya era evidente.
Tengo que decir que en ese tramo me tocaron dos pendientes bastante pesadas, cerca de un kilómetro acumulado de subida. Para alguien con sobrepeso —u obesidad, según se perciba— que no había andado por terrenos así más allá de unos cuantos metros, aquello se volvió un verdadero reto. Lo sufrí. Estaba, como diríamos en mi adolescencia, "bofeado".
La pasé mal durante buena parte del último tramo. Sin embargo, no me detuve. Cuando llegué a la cima de esa sección, sabía que el resto del camino era más parejo. Empecé a decirme: "tú puedes, Carlos", "despacio, no hay ninguna prisa". Bajé el ritmo. Mi corazón comenzó a relajarse, recuperé el aire y seguí caminando mientras respiraba con profundidad.
Finalmente tuve una pequeña victoria. No solo porque conseguí llegar a casa casi en una pieza —la verdad llegué directo a comer y a beber agua—, sino porque en el último pedazo de la caminata di una carrera de unos doscientos metros.
¿Cuánto tiempo tenía sin que el cuerpo me diera para un sprint?
La lluvia se había soltado sobre la ciudad y era correr o llegar hecho una sopa. Además, agradecí a Dios que la temperatura bajara un par de grados, que la humedad aumentara y que las gotas comenzaran a caer justo cuando yo ya estaba sufriendo por el agotamiento, el calor y la falta de agua.
Después de comer algo me metí a bañar y me tiré en la cama para terminar el otro "side quest" con el que me habían retado en ese reel: leer un libro completo en un día.
También lo conseguí.
Finalicé la jornada durmiendo como rey. En el piso, porque después de un rato en la cama empezó a darme calor. Me desperté a la mañana siguiente con esa sensación de haber recuperado una parte de mí que estaba bloqueada y con la certeza de que había cometido un error al no llevar agua ni dinero durante la caminata.
Pero bueno, como reto personal, se logró.
Y más allá de la distancia recorrida, del libro terminado o de la lluvia que me obligó a correr los últimos metros, me quedó algo más útil: recordarme que todavía soy capaz de exigirme un poco más de lo que creo. Que cuando me propongo hacer algo y lo sostengo con convicción, suelo encontrar la forma de conseguirlo. Y que, de vez en cuando, basta una caminata larga para descubrir cosas sobre uno mismo que llevaban demasiado tiempo esperando ser escuchadas.









Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.