Mi Familia

 Hay algo que te quiero decir. No surge desde la urgencia ni desde el impulso de llenar un silencio incómodo. Nace, más bien, de una pausa honesta, de esos momentos donde uno deja de correr y por fin alcanza a escuchar lo que llevaba días, quizá años, queriendo tomar forma. Ha sido una semana placentera. De descanso. De ese descanso que no se mide solo en horas de sueño, sino en la forma en que el cuerpo deja de defenderse y la mente suelta el peso que ya no le corresponde cargar.

Nos fuimos a Tapalpa. Y no fue solo el cambio de paisaje. Fue el ritmo distinto, la forma en que el aire parece entrar más limpio, la manera en que las conversaciones se vuelven menos urgentes y más verdaderas. Pasamos un tiempo agradable, en armonía, en convivencia, sin conectividad. Pero decirlo así se queda corto. Porque lo que realmente ocurrió fue algo más profundo: nos encontramos sin prisa. Nos vimos sin el filtro del día a día. Nos permitimos estar.

Entre mis confesiones más profundas, aquellas que mejor me representan cuando dejo de intentar parecer algo distinto, está mi agradecimiento por la familia unida en medio de la que me tocó crecer. Y no lo digo como una frase bonita que se coloca en una postal emocional. Lo digo con el peso de quien entiende que no todos tienen esa fortuna. Hermanos, padres, tíos, primos, sobrinos, abuelos… cada uno ha aportado algo de sí. A veces poco. A veces mucho. A veces sin darse cuenta. Pero lo suficiente para que, en conjunto, exista una sensación de continuidad, de pertenencia, de flujo.

Porque una familia no es perfecta. Nunca lo ha sido. Está hecha de diferencias, de roces, de silencios que en ocasiones pesan más que las palabras. Pero también está hecha de pequeños gestos que, acumulados con el tiempo, construyen algo difícil de romper. Una mirada que entiende. Una risa compartida en el momento justo. Una mesa donde siempre hay un lugar, incluso cuando no se dijo que ibas a llegar.

Y es que no suelo ser de esos que presumen las bondades de su propia vida. No me nace exhibir las riquezas con las que el Cielo ha decidido bendecir ciertos de mis caminos. Tal vez porque entiendo que no todos los contextos son iguales. Tal vez porque hay cosas que, cuando son demasiado valiosas, prefieres cuidarlas en silencio. Pero hoy es distinto. Hoy hay una claridad particular que me empuja a decirlo sin reservas: me siento agradecido.

Agradecido por la gente que me rodea. Por ese núcleo que no siempre veo, pero que siempre está. Por quienes me hacen fuerte cuando no tengo ganas de serlo. Por quienes me abrazan y me sostienen cuando el cuerpo falla, cuando la mente se enreda, cuando la emoción se desborda o se apaga.

Esa gente… es la que me abre las puertas de sus casas sin protocolo. Donde no hay necesidad de anunciarse, donde basta con llegar. Son quienes me invitan a comer delicioso, pero más allá del sabor, me invitan a sentirme parte. Son quienes se acuerdan de mí sin motivo aparente, quienes me incluyen en sus planes, quienes dicen “vamos” y en ese “vamos” ya estoy considerado.

Son los que cooperan para ir a tal o cual lugar, los que hacen que las ideas se materialicen y no se queden solo en intención. Los que me dan un masaje cuando el estrés se acumula en los hombros y en la cabeza. Los que me escuchan cuando atravieso un periodo de frustración, sin interrumpir, sin querer corregir de inmediato, sin minimizar lo que siento.

Son los que se acuerdan de saludarme cada mañana. Y ese gesto, que podría parecer mínimo, termina teniendo un peso enorme cuando se repite con constancia. Son los que me acompañan a una caminata entre los matorrales, donde el ruido de las plantas bajo nuestros pies quebrándose mientras andamos también cuenta como conversación. Los que le entran a jugar conmigo, los que se ríen de mis bromas, incluso cuando no son tan buenas. O tal vez por eso.

A ellos les debo sentirme pleno. Estable. Aun en esos momentos donde ni yo mismo estoy convencido de mis capacidades. Porque hay días en los que uno duda. Duda de su valor, de su rumbo, de su propia voz. Y ahí es donde aparecen ellos, no con discursos elaborados, sino con presencia. Con una certeza que no necesita explicación: estás bien, aquí estás, y eso basta para seguir.

Es importante que quede establecido el papel fundamental que desempeñan en mi existencia los círculos extendidos. Porque la vida no se limita al núcleo familiar. Se expande. Se ramifica. Se vuelve más compleja, pero también más rica.

Y es ahí donde entran los amigos. Los compañeros. Los excompañeros que, de alguna forma, siguen presentes. Gente con la que compartes espacios, intereses, luchas. Personas que, al igual que yo, se levantan cada día con algo que resolver, algo que construir, algo que sostener.

Trabajadores. Luchadores. Personas que entienden lo que implica seguir adelante cuando no todo es claro. Personas que también cargan sus propias historias, sus propias batallas, y aun así encuentran un espacio para coincidir contigo.

Porque no sé qué sería de mí sin esas redes de apoyo. Sin mis personas favoritas. Sin esas conexiones de confidencia donde puedo hablar sin medir cada palabra. Sin esos aliados de diversión que me recuerdan que la vida no es solo responsabilidad, que también hay espacio para soltar, para reír, para perder el control un momento.

La identidad de uno no se construye en aislamiento. Se sostiene, en gran medida, de lo que el entorno propicia y facilita. De los vicios que se comparten o se evitan. De las manías que se contagian. De los gustos que se descubren en conjunto. De los retos que se enfrentan con alguien más al lado. De los logros que, cuando son celebrados por otros, adquieren un valor distinto.

Cuando sucede algo y la familia te celebra, ocurre algo interno difícil de describir. No es solo orgullo. Es una especie de validación que te recorre completo. Te llenas de valor. De confianza. Y entonces te atreves a dar el siguiente paso. No porque ya no tengas miedo, sino porque sabes que, si caes, no lo harás solo.

Y cuando caes… porque vas a caer… roto, agotado, enfermo; cuando el cuerpo no responde y la mente se nubla, es ahí donde todo esto cobra sentido. Esas manos. Esos oídos. Esas voces. Que no son abstractas. Que tienen nombre, rostro, historia. Que representan a quienes te rodean y te cubren de verdad.

Son ellos los que terminan impulsándote a salir. No con presión, no con exigencia, sino con una presencia constante que te recuerda que aún hay algo por lo que vale la pena levantarse. Que aún hay alguien esperando verte bien. Que aún hay una versión de ti que puede volver a ponerse de pie.

Y entonces entiendes algo que antes parecía obvio, pero que no habías terminado de asumir: no se trata solo de lo que eres capaz de hacer por ti mismo. Se trata también de lo que otros hacen posible en ti.

Por eso hoy lo digo. Sin reservas. Sin adornos innecesarios. Con la claridad de quien ha tenido tiempo de sentirlo de verdad:

Amo mucho a mi familia. Gracias por estar ahí.



 Hay algo que te quiero decir. No surge desde la urgencia ni desde el impulso de llenar un silencio incómodo. Nace, más bien, de una pausa honesta, de esos momentos donde uno deja de correr y por fin alcanza a escuchar lo que llevaba días, quizá años, queriendo tomar forma. Ha sido una semana placentera. De descanso. De ese descanso que no se mide solo en horas de sueño, sino en la forma en que el cuerpo deja de defenderse y la mente suelta el peso que ya no le corresponde cargar.

Nos fuimos a Tapalpa. Y no fue solo el cambio de paisaje. Fue el ritmo distinto, la forma en que el aire parece entrar más limpio, la manera en que las conversaciones se vuelven menos urgentes y más verdaderas. Pasamos un tiempo agradable, en armonía, en convivencia, sin conectividad. Pero decirlo así se queda corto. Porque lo que realmente ocurrió fue algo más profundo: nos encontramos sin prisa. Nos vimos sin el filtro del día a día. Nos permitimos estar.

Entre mis confesiones más profundas, aquellas que mejor me representan cuando dejo de intentar parecer algo distinto, está mi agradecimiento por la familia unida en medio de la que me tocó crecer. Y no lo digo como una frase bonita que se coloca en una postal emocional. Lo digo con el peso de quien entiende que no todos tienen esa fortuna. Hermanos, padres, tíos, primos, sobrinos, abuelos… cada uno ha aportado algo de sí. A veces poco. A veces mucho. A veces sin darse cuenta. Pero lo suficiente para que, en conjunto, exista una sensación de continuidad, de pertenencia, de flujo.

Porque una familia no es perfecta. Nunca lo ha sido. Está hecha de diferencias, de roces, de silencios que en ocasiones pesan más que las palabras. Pero también está hecha de pequeños gestos que, acumulados con el tiempo, construyen algo difícil de romper. Una mirada que entiende. Una risa compartida en el momento justo. Una mesa donde siempre hay un lugar, incluso cuando no se dijo que ibas a llegar.

Y es que no suelo ser de esos que presumen las bondades de su propia vida. No me nace exhibir las riquezas con las que el Cielo ha decidido bendecir ciertos de mis caminos. Tal vez porque entiendo que no todos los contextos son iguales. Tal vez porque hay cosas que, cuando son demasiado valiosas, prefieres cuidarlas en silencio. Pero hoy es distinto. Hoy hay una claridad particular que me empuja a decirlo sin reservas: me siento agradecido.

Agradecido por la gente que me rodea. Por ese núcleo que no siempre veo, pero que siempre está. Por quienes me hacen fuerte cuando no tengo ganas de serlo. Por quienes me abrazan y me sostienen cuando el cuerpo falla, cuando la mente se enreda, cuando la emoción se desborda o se apaga.

Esa gente… es la que me abre las puertas de sus casas sin protocolo. Donde no hay necesidad de anunciarse, donde basta con llegar. Son quienes me invitan a comer delicioso, pero más allá del sabor, me invitan a sentirme parte. Son quienes se acuerdan de mí sin motivo aparente, quienes me incluyen en sus planes, quienes dicen “vamos” y en ese “vamos” ya estoy considerado.

Son los que cooperan para ir a tal o cual lugar, los que hacen que las ideas se materialicen y no se queden solo en intención. Los que me dan un masaje cuando el estrés se acumula en los hombros y en la cabeza. Los que me escuchan cuando atravieso un periodo de frustración, sin interrumpir, sin querer corregir de inmediato, sin minimizar lo que siento.

Son los que se acuerdan de saludarme cada mañana. Y ese gesto, que podría parecer mínimo, termina teniendo un peso enorme cuando se repite con constancia. Son los que me acompañan a una caminata entre los matorrales, donde el ruido de las plantas bajo nuestros pies quebrándose mientras andamos también cuenta como conversación. Los que le entran a jugar conmigo, los que se ríen de mis bromas, incluso cuando no son tan buenas. O tal vez por eso.

A ellos les debo sentirme pleno. Estable. Aun en esos momentos donde ni yo mismo estoy convencido de mis capacidades. Porque hay días en los que uno duda. Duda de su valor, de su rumbo, de su propia voz. Y ahí es donde aparecen ellos, no con discursos elaborados, sino con presencia. Con una certeza que no necesita explicación: estás bien, aquí estás, y eso basta para seguir.

Es importante que quede establecido el papel fundamental que desempeñan en mi existencia los círculos extendidos. Porque la vida no se limita al núcleo familiar. Se expande. Se ramifica. Se vuelve más compleja, pero también más rica.

Y es ahí donde entran los amigos. Los compañeros. Los excompañeros que, de alguna forma, siguen presentes. Gente con la que compartes espacios, intereses, luchas. Personas que, al igual que yo, se levantan cada día con algo que resolver, algo que construir, algo que sostener.

Trabajadores. Luchadores. Personas que entienden lo que implica seguir adelante cuando no todo es claro. Personas que también cargan sus propias historias, sus propias batallas, y aun así encuentran un espacio para coincidir contigo.

Porque no sé qué sería de mí sin esas redes de apoyo. Sin mis personas favoritas. Sin esas conexiones de confidencia donde puedo hablar sin medir cada palabra. Sin esos aliados de diversión que me recuerdan que la vida no es solo responsabilidad, que también hay espacio para soltar, para reír, para perder el control un momento.

La identidad de uno no se construye en aislamiento. Se sostiene, en gran medida, de lo que el entorno propicia y facilita. De los vicios que se comparten o se evitan. De las manías que se contagian. De los gustos que se descubren en conjunto. De los retos que se enfrentan con alguien más al lado. De los logros que, cuando son celebrados por otros, adquieren un valor distinto.

Cuando sucede algo y la familia te celebra, ocurre algo interno difícil de describir. No es solo orgullo. Es una especie de validación que te recorre completo. Te llenas de valor. De confianza. Y entonces te atreves a dar el siguiente paso. No porque ya no tengas miedo, sino porque sabes que, si caes, no lo harás solo.

Y cuando caes… porque vas a caer… roto, agotado, enfermo; cuando el cuerpo no responde y la mente se nubla, es ahí donde todo esto cobra sentido. Esas manos. Esos oídos. Esas voces. Que no son abstractas. Que tienen nombre, rostro, historia. Que representan a quienes te rodean y te cubren de verdad.

Son ellos los que terminan impulsándote a salir. No con presión, no con exigencia, sino con una presencia constante que te recuerda que aún hay algo por lo que vale la pena levantarse. Que aún hay alguien esperando verte bien. Que aún hay una versión de ti que puede volver a ponerse de pie.

Y entonces entiendes algo que antes parecía obvio, pero que no habías terminado de asumir: no se trata solo de lo que eres capaz de hacer por ti mismo. Se trata también de lo que otros hacen posible en ti.

Por eso hoy lo digo. Sin reservas. Sin adornos innecesarios. Con la claridad de quien ha tenido tiempo de sentirlo de verdad:

Amo mucho a mi familia. Gracias por estar ahí.



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 En un mundo repleto de egoísmo, algo pasa. No sé exactamente qué es, ni cuándo empezó a volverse tan evidente, pero está ahí, latiendo bajo la superficie de cada interacción, como una vibración incómoda que nadie quiere nombrar. La incertidumbre de ser una persona real, un ser transparente, aterra. De verdad aterra. No como una idea abstracta, sino como una amenaza silenciosa que se cuela en la mirada ajena cuando perciben que no hay máscaras, que no hay doble fondo, que no hay cálculo.

La gente no puede aceptar, al menos no de forma genuina, que alguien llegue y se muestre tal cual es. Se incomodan. Se cuestionan. Para qué. Esa es la pregunta que flota en el aire como si fuera lógica, como si fuera necesaria. No es posible que eso sea todo, piensan. No puede haber alguien que no esté jugando el mismo juego. Y así, en lo que parece la premisa de algún thriller psicológico mal disimulado, navegamos una vida entre miedos constantes, entre la aceptación de percepciones convertidas en realidades, donde no las hay, de quienes no lo son.

Entre factos y defectos, entre dichas y complejos, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cuál es el propósito de escondernos? La respuesta parece simple, o al menos eso quiero creer. Estamos aquí para conquistar lo que nos sea posible, de la manera en la que la vida nos lo permita. De arriba a abajo. Sin excepciones. Todos queremos destacar. Es un hambre que no se apaga, una necesidad de ser alguien en un mundo donde todos aparentan ser personajes secundarios, entidades programadas, figuras que se mueven en automático dentro del RPG de la humanidad. Life As It Is, Role Playing Game: Pre-War Expansion. It Is What It Is: Release 2026.03.

Paso mis manos sobre mi cabello, sintiendo la textura como si buscara una respuesta en algo tan trivial. No entiendo por qué la vida me resulta tan complicada cuando, en teoría, debería ser todo lo contrario. Debería ser sencilla. Lineal. Incluso amable. Me alejé de los vicios. Tomé distancia de lo que me destruía. Me enfoqué en mejorar, paso a paso, sin prisas. Y aun así, hay momentos en los que todo se percibe difuso, como si no hubiera un camino claro, como si la salida de esta simulación no existiera.

Una simulación que nos contiene, que nos usa, que después nos abandona a nuestra suerte. Que nos concibe como un sistema en caos, siempre al borde del colapso, solo para vendernos ideas, productos, sueños que, si soy honesto, no queremos alcanzar. No de verdad. Solo creemos que queremos porque alguien más nos dijo que eso era lo correcto.

Escribir se ha convertido en un escape. No en uno elegante, ni en uno romántico, sino en uno necesario. Una válvula de presión para una mente que no deja de perseguirme con ideas cíclicas, con una obsesión enfermiza por el detalle, por lo que pudo haber sido distinto, por lo que debí haber dicho, por lo que no hice. La hermosura está aquí, frente a mí, tangible, casi al alcance de la mano, y aun así no puedo sumergirme en ella como desearía.

Eso pesa. Se siente como una abstinencia. Como una necesidad que no encuentra salida y que, en lugar de desaparecer, se transforma. Me rompe despacio. Me empuja a observar más, a saborear con la mirada, a respirar con intención. A quedarme en el borde sin cruzar.

There's a bunch of fucking lies surrounding us. That's the truth.

Y en medio de todo eso, la vida continúa. Una vida que no es más que aprender a navegar entre sentimientos, emociones, engaños y pequeñas satisfacciones. Viajar del punto A al punto B, y de pronto, sin previo aviso, darte cuenta de que el pasado ya no pesa igual. Que se ha diluido. Que las personas que una vez fueron esenciales ya no aparecen ni en los recuerdos cotidianos. Se vuelven sombras, fragmentos, nombres sin contexto.

Aquello que era crucial se transforma en una memoria borrosa. Algo que quizá ocurrió. Algo que pudo haber sido. Algo que quedó suspendido en una zona gris entre lo real y lo imaginado.

Y entonces apareces tú. Deliciosa.

Piel blanca y tersa. Manos y cuello con tatuajes que cuentan historias que no conozco. Ojos grandes, de esos que no piden permiso para quedarse. Una mirada que atrapa sin esfuerzo. Eso eres, mujer frente a mí. Pero de muy poco sirve que lo declare aquí. Solo lo hago porque tengo la computadora abierta, porque mis dedos necesitan traducir lo que mis ojos no pueden procesar en silencio.

Me gustas así. En leggins negros, recién salida del gimnasio. Hay una honestidad en ese momento que no se puede fingir. Tus músculos están vivos, tus piernas marcadas, tu postura relajada. Llevas una gorra blanca, una camiseta negra holgada y esa mochila absurda de Bob Esponja que rompe cualquier intento de tomarte demasiado en serio.

Sigue hablando. No escucho. No porque no quiera, sino porque no puedo. Estoy ocupado observándote. Memorizando el orden de tus pasos. El ritmo con el que te mueves. El ligero vaivén de tu cuerpo al acercarte a la silla frente a mí. Es satisfactorio de una forma difícil de explicar. Es un panorama que no me cansaría de ver. Un aroma que no dejaría de respirar. Un sabor que mi mente inventa y del que no se sacia.

Y de pronto, nada.

¿Qué pasa conmigo? ¿Dónde estaba hace un momento?

Te has ido.

Y está bien.

Gracias por eso. Gracias por recordarme la razón por la que amo estar aquí. Por la que esta ciudad se metió en mi sistema sin pedir permiso. Por la que salir a caminar se convirtió en algo más que moverse de un punto a otro.

Soy un eterno enamorado. No de una persona en particular, sino del instante. Un romántico empedernido que tuvo que aprender, a la fuerza, a contener su apetito. Porque hay consecuencias cuando los sentidos no encuentran salida. Porque hay un tipo de enfermedad silenciosa en la represión constante, en la acumulación de todo lo que no se expresa.

Es más fácil venir aquí. Escribir. Soltar esta verborragia cargada de intención, de deseo contenido, de observación detallada, que soportar la tortura de una mente que no se calla.

No hay agotamiento en esto. Tampoco hay pecado en reconocer lo que siento. En dejar que las emociones lleguen y se vayan sin intentar retenerlas, sin cruzar límites, sin afectar a nadie más. Solo siendo. Solo permitiendo que las palabras fluyan a través de mis dedos, dibujando algo que, aunque intangible, se siente real.

Ve a caminar un poco, belleza. Disfruta el piso mojado después de la lluvia. Hay algo en ese reflejo imperfecto que hace que todo se vea distinto, como si la ciudad respirara de otra forma.

Aquí te volveré a ver. Quizá otro día. A la misma hora. Y cuando eso pase, dejaré que mis ojos recorran, una vez más, el mapa de tu existencia.

El amor platónico de mil mujeres que me inunda cada día cuando salgo a caminar por la ciudad no se compara con nada. Es una experiencia que se consume en silencio, que no necesita validación, que no exige respuesta. La disfruto de inicio a fin. Cada segundo tiene sentido en ese contexto.

Lo que fue me ayuda a aceptar lo que es. Sin resistencia. Sin nostalgia innecesaria.

Mis deseos, los más crudos, los más incómodos, evolucionan. Se transforman en algo que puedo contener. Como alguien que se disciplina. Como alguien que decide no ceder ante todo impulso.

Y entonces hago lo único que sé hacer.

Convierto cada pensamiento en texto.

Cada impulso en imagen.

Cada instante en algo que queda.

Porque si algo he entendido, es que exagerar la realidad no es mentir. Es enriquecerla. Es darle profundidad a esos minutos que, de otro modo, pasarían sin dejar rastro. Sin esa exageración, sin ese detalle, la existencia sería plana. Olvidable.

Y yo no vine aquí a olvidar.



 Pasé casi un mes fuera de la ciudad. Estaba enfermo. O al menos así me sentía. No había un diagnóstico claro en ese momento, no había una explicación concreta, solo una sensación persistente de que algo dentro de mí no estaba funcionando como debía. La primera vez que lo noté fue algo “simple”, o al menos así lo quise interpretar: un dolor en el pecho que se extendía lento, sin prisa, pero sin pausa. Conforme los días pasaban, ese dolor se volvió menos tolerable. No era incapacitante, pero tampoco era ignorado. Estaba ahí, constante, como un recordatorio de que algo no estaba bien.

Mi preocupación incrementó. No sabía qué era lo que estaba mal, pero las opciones eran muchas, demasiadas. La mente, cuando no tiene respuestas, empieza a fabricar escenarios. Y no fabrica los mejores. Venía sin dormir bien, seis horas o menos. Aunque debo decir que, si uno viera un gráfico con seis horas, parecería un terreno estable dentro del promedio de mis noches completas. Aun así, no descansaba. Comía mal, o al menos no tan bien como hubiera querido. Intentaba hacerlo lo mejor posible: porciones más pequeñas, alimentos más saludables, pocas salidas a comer fuera. Estaba haciendo un esfuerzo, pero mi cuerpo parecía no reconocerlo.

Entonces empezó la pregunta que no se iba: ¿qué pasaba conmigo? ¿Por qué ese dolor no reducía? ¿Por qué seguía ahí, incluso cuando estaba intentando hacer las cosas mejor?

Al cabo de una semana en casa de mis padres, decidí regresar. Pensé que quizá el cambio de entorno me ayudaría, que volver a mi espacio podría estabilizar algo dentro de mí. Aguanté un día. Uno solo. Estando acá, lejos de ellos, lejos de todos, la sensación se volvió más pesada. No era solo el dolor, era la compañía del pensamiento. Les llamé. Les dije que quería regresar. Que seguía sintiendo esa picazón en el pecho cuyo origen no lograba entender.

Regresé esa misma noche. Me asustaba estar solo en la ciudad y que algo pudiera pasarme. Apenas había completado un día. A la mañana siguiente fui al médico. No quise esperar más. La doctora, al escucharme, no dudó. Me mandó a hacer estudios de todo tipo. Incluyó un electrocardiograma, por si acaso. Esa frase, “por si acaso”, pesa más de lo que parece cuando uno está del otro lado. Estaba asustado. No sabía qué esperar, pero sabía que necesitaba respuestas.

Un par de días después, el dolor seguía. Constante. A veces más intenso, a veces más leve, pero siempre presente. Dormir se volvió complicado. No era solo el dolor físico, era el miedo. Era la incertidumbre. Era cerrar los ojos sin saber si al despertar algo iba a cambiar o empeorar. El sábado llegó. Recibí los resultados. Fui con la doctora.

Los revisó. Uno por uno. Sin prisa. Y luego dijo algo que me quitó un peso enorme de encima: “Estás bien, tus índices son excelentes”. Así, sin rodeos. Todo estaba en orden. Había un índice ligeramente elevado, apenas por encima de lo esperado, y me dio medicamento para eso. Nada alarmante. Nada que justificara lo que yo sentía. Y sin embargo, ahí estaba.

Los días siguientes fueron complicados. Porque el dolor no desaparecía. Esa molestia en el pecho, lejos de disminuir, se volvió más frecuente después de tomar la medicina. Algo no cuadraba. Después de otra semana, con una dieta todavía más estricta, mi madre sugirió algo sencillo: probar el medicamento en la mañana y observar cómo evolucionaba la sensación durante el día.

Lo hicimos. Y ahí apareció una respuesta parcial. La taquicardia que había comenzado a notar era reacción a las pastillas. No era el problema original, pero sí un efecto que empeoraba la experiencia. Dejé de tomarlas.

Volví con la doctora. Me mandó ahora sí al electrocardiograma, que había quedado pendiente en la primera ronda. Ya no era un dolor como tal, pero había una sensación constante de presión, como si algo estuviera ocupando un espacio que no le correspondía. Hicimos el estudio. Regresamos con los resultados. La doctora los leyó frente a nosotros.

“Estás bien de todo”.

Otra vez.

Y entonces la pregunta cambió de tono. Ya no era solo preocupación, era desconcierto. Si todo estaba bien, ¿por qué yo no me sentía bien?

Le conté de la reacción al medicamento. Me dijo que no había problema, que continuara caminando, que redujera el consumo de carnes rojas. Nada fuera de lo razonable. Nada extremo. Seguí las indicaciones.

Días después noté algo más. Mi cuerpo reaccionaba a ciertos alimentos que, en teoría, eran saludables. Hice memoria. Revisé días anteriores. Encontré un patrón. Algunos de los días en los que me había sentido peor coincidían con el consumo de esos alimentos. Los eliminé. Esperé.

A partir de ahí, lo que sentía cambió. Ya no era dolor. Era una especie de pesadez, acompañada de cosquilleos en distintas partes del cuerpo. Cerca del pecho, alrededor del corazón. No era intenso, pero era constante. Lo suficiente para no olvidarlo. Lo suficiente para no ignorarlo.

Estaba desconcertado. Nada dolía de forma clara, pero nada se sentía normal.

Un día fuimos a comer con mi hermana y su marido. En medio de la conversación, mencioné lo que me estaba pasando. Mi hermana me escuchó y luego dijo algo que capturó mi atención de inmediato: ella había sentido algo similar antes. Lo describió con precisión. Cada sensación. Cada detalle. Y luego dijo el nombre de lo que tenía.

Saqué el teléfono. Busqué en Google. Leí.

Ahí estaba. Cada síntoma. Cada sensación. Cada cosa que había estado experimentando. Todo encajaba.

Mi madre intervino. Dijo que años atrás había pasado por algo similar. Un periodo de estrés fuerte. Tan fuerte que el cuerpo empezó a manifestarlo. Dolor, insomnio, incomodidad constante. En aquel momento, la misma doctora le había recomendado un medicamento que eliminó las molestias.

Tomé el teléfono. Marqué desde el restaurante. Le expliqué a la doctora. Me dijo que podía tomar ese medicamento. Que no había conflicto con nada anterior.

Lo hice.

Y a partir de ahí, todo empezó a desaparecer.

Las dolencias se fueron. El cuerpo empezó a soltarse. La presión se desvaneció. El cosquilleo dejó de aparecer. El descanso regresó poco a poco.

En resumen, no estaba enfermo de algo físico en el sentido tradicional. Estaba enfermo por el estrés.

Por el estrés acumulado durante meses de esfuerzo constante en mi trabajo anterior. Por no tener tiempo real para descansar. Por vivir esperando el fin de semana como si fuera una solución, solo para descubrir que tampoco ahí lograba dormir bien. Por la incertidumbre de lo que ocurría alrededor. Por el peso de los eventos sociales, por la tensión del entorno global, por las horas interminables frente a una pantalla.

El cuerpo estaba hablando. Solo que yo no estaba escuchando.

Entonces hice cambios. No graduales, no parciales. Cambios completos.

Eliminé redes sociales de mi celular. Cerré servicios. Cancelé suscripciones. Reduje ruido. Empecé un estilo de vida más limpio. Evité casi por completo los alimentos que me provocaban reacciones. Agregué otros que fortalecen mi sistema. Caminar dejó de ser opcional. Se volvió parte del día, sin negociación.

Los horarios de trabajo se volvieron intocables. Lo que antes regalaba, ahora lo cuido. No hay proyecto que justifique perder salud. No hay entrega que valga más que el equilibrio.

Y tomé una decisión clara: cualquier trabajo que atente contra mi estabilidad física o mental, no tiene lugar.

La moraleja es simple, pero no siempre se vive como tal: la salud debe ser prioridad. Por encima del trabajo. Por encima del dinero. Por encima del ruido externo y de los miedos que uno aprende a cargar sin cuestionar.

Porque cuando el cuerpo decide detenerte, no pregunta si es buen momento.



Tiempo.

Es relativo, dicen. Pero cuando la semana se te va encima sin pedir permiso, la relatividad se siente más como una burla que como una teoría. Miro el backlog y siento que avancé poco. Siempre poco. Como si el esfuerzo tuviera fugas invisibles.

Estoy feliz, lo admito. Por fin me siento parte de un proyecto con margen de crecimiento. Entiendo lo que tengo que hacer. Entiendo mis responsabilidades. No soy un número que ejecuta sin contexto. Eso debería bastar.

Y sin embargo, la duda.

La duda se sienta a la mesa aunque no la invite. Se instala con una naturalidad que ya no sorprende. Confío en mis habilidades; no es falsa modestia. Los años pesan y enseñan. La experiencia no es un adorno en el currículum, es una cicatriz acumulada. Pero cualquiera puede equivocarse. Basta un error, uno solo, para que el castillo mental empiece a inclinarse. El síndrome del impostor no grita; susurra. Y cuando lo dejas que se quede, convence.

No estoy solo. Y eso no siempre tranquiliza.

Somos humanos. Nos enfermamos. Nos confundimos. Tomamos decisiones con información incompleta y luego fingimos que sabíamos lo que hacíamos. Nuestra visión no alcanza para abarcarlo todo, aunque el entorno exija precisión quirúrgica. El mundo no premia la duda; la castiga. Produce o desaparece. Mejora o estórbalo.

En ese contexto, avanzar sin titubear parece un acto heroico. No por grandeza épica, sino por desgaste acumulado. Levantarse, cumplir, sostener la mirada cuando el miedo quiere bajarla. No confiarse. No dormirse. No ceder terreno.

El amor propio no resuelve la existencia. La confianza no elimina los problemas. El temor no desaparece porque uno lo nombre. Pero navegar con miedo constante desgasta la estructura interna. Sentirse seguro, de verdad seguro, ha sido un lujo extraño en mi vida. Cuando no es la salud, es la incertidumbre económica. Cuando no es el cuerpo, es el entorno. Siempre hay algo que amenaza la estabilidad. Algo que recuerda que el equilibrio es provisional.

Pero hay que moverse.

Quedarse inmóvil, lamentarse, enumerar injusticias biológicas o sociopolíticas no cambia la ecuación. Los genes no se negocian. Las condiciones del mercado tampoco. Hay variables que no responden a la voluntad. Resistirse a eso solo consume energía que podría usarse en otra cosa.

Aun así, me niego a dejar de amar lo que me gusta. La belleza, la bondad, ciertos cánones estéticos que ahora parecen sospechosos. Tal vez soy hijo del consumismo. Quizá la mercadotecnia moldeó parte de mis preferencias. No lo niego. Pero borrar mis predilecciones para encajar en una narrativa moral ajena sería perder algo más grave: mi propia coherencia.

Venir al café me produce una satisfacción difícil de explicar sin sonar superficial. Me gusta que me reconozcan. Que sepan mi nombre. Que anticipen mi pedido según la hora. Ese pequeño ritual confirma que existo en la memoria de alguien. Que no soy un cliente habitual flotando entre el flujo de transacciones.

La plenitud viene cuando te ves en el lugar que te sientes cómodo tal cual eres, donde no hay necesidad de máscaras para disimular, ni de demostrar grandilocuencia o intelectualismo para destacar. Donde tanto la banalidad como el absurdismo son parte fundamental de la construcción del entorno, un momento que se convierte en un lugar en el que te gusta estar en tu versión más transparente.

Y sí, me gusta estar rodeado de gente atractiva. Lo digo sin rodeos. Me gusta observar la armonía de un rostro, la proporción de un cuerpo, la forma en que alguien camina con seguridad. No es devoción pasional; es contemplación estética. Es un descanso breve del ruido interno.

Había alguien. No fue la persona más amable conmigo. No hubo complicidad especial ni conversaciones memorables. No fue una historia. Fue una presencia. Una cara muy atractiva detrás del mostrador. Una figura que aportaba orden visual a mis ratos. Y eso bastaba.

Se fue a otra sucursal. Ascendió a gerente. La camiseta del negocio bien puesta, como debe ser. A veces vuelve de visita. La veo por minutos, entre risas compartidas con sus antiguas compañeras. No me busca. No la busco. No hay drama. Solo ese instante breve en el que el espacio recupera algo que había perdido. Nos saludamos.

Y después se va otra vez.

No es romance. No es obsesión. Es la constatación de que ciertas presencias, aunque superficiales, sostienen pequeñas estructuras internas. Rutinas mínimas. Expectativas discretas. Cuando desaparecen, el vacío no es trágico, pero existe.

Pensar en ella no me define. Pero revela algo: necesito belleza alrededor para no endurecerme. Necesito rituales para no diluirme. Necesito proyectos que me reten para no estancarme. Necesito moverme, incluso cuando dudo.

El tiempo pasa. El backlog sigue ahí. La incertidumbre no desaparece. El mundo no se vuelve más amable.

Pero sigo viniendo al café. Sigo trabajando. Sigo mirando. Sigo avanzando.

Aunque sea poco.

Extraño a Ana.



Tiempo

Por
Tiempo. Es relativo, dicen. Pero cuando la semana se te va encima sin pedir permiso, la relatividad se siente más como una burla que como un...

 El mundo está dividido entre personas que pueden y las que no, una cosa muy rara, si me lo preguntan, conforme vemos hacia afuera, hacia afuera de nosotros, de nuestros pensamientos, de las debilidades cual acreedores. Como algo que incomoda cuando lo miras de frente. Decidir qué beber, qué comer, a dónde ir, cuándo callar. Con los años, esa capacidad empieza a desdibujarse. No desaparece de golpe. Se va erosionando. Y lo más cruel es que casi siempre lo hace bajo la excusa del cuidado. Esta tarde fui a la cafetería a tomar un té y lo vi pasar delante de mí, un caballero de edad avanzada me habló cuando estaba a punto de sentarme, me hizo preguntas un poco extrañas, que a los pocos segundos, una dama me dijo: "No le hagas caso, tuvo un derrame".

Los sentimientos en mi pecho se entremezclaron, entre la consicencia de saber que la persona a mi lado tiene una condición y el hecho de querer escuchar con genuino interés y atención lo que me decía. Me hico algunas preguntas aleatorias: "¿Sabes qué venden aquí?", "¿Tú cómo te llamas?", "¿Qué venden de comer por aquí cerca?", "¿Vienes aquí a tomar o a jugar?", "¿Sabes dónde puedo comprar una coquita?". Traté de responderle a cada pregunta lo mejor y más sincero que pude: "Es una cafetería, venden café, té, panadería", "Me llamo Carlos", "A dos cuadras hacia aquel lado hay tacos y un restaurante, hacia el otro lado, a una cuadra hay otro restaurante", "Vengo a tomarme un tecito", "En la esquina hay un Oxxo"... Pero a cada respuesta, me ignoraba por completo, decía: "Ah sí, sí", y se volteaba.

Qué difícil puede ser la vida en los últimos años, sinceramente; donde si no pasas desapercibido, te conviertes en el centro de atención que hace comentarios incómodos. El señor está peleando con su hija, él quiere Coca, ella le trajo un Mango Dragon Fruit, lo quiere tirar, se enoja porque lo quiere cambiar por una Coca... "No te lo cambian, aquí no hay Coca, solo café". Llegó alguien más, "Quiero Coca, no quiero esta cosa." Y el señor se puso triste.

Me siento mal por él. Le molesta que le hayan dado una bebida rosa. Si no le dieron Coca para evitar el azúcar, ¿por qué no le compraron una Zero de aquí en corto? Suena más a un capricho de la hija que a tratar de cuidar al pobre hombre. Quisiera acomedirme a regalarle una, pero no quiero caer mal, no quiero ser regañado por una señora de personalidad conflictiva. No se quejaba con violencia. Pero insistía con terquedad. Con esa terquedad que en un niño llamaríamos berrinche y en un adulto mayor empieza a verse como problema.

Después de un par de minutos empezó a comerse su pan, mi amigo. Está en silencio. No ha tocado la bebida que le dieron. La señora está peleando con un hombre más joven, como de su edad, enfrascados en una discusión comercial. ¿Serían pareja? Ni idea. Alegan que de una construcción mal hecha, fallos estructurales en una casa, tal vez ese caballero sea un ingeniero que le entregó una renovación mal implementada. Se fastidian mutuamente por temas de dinero. Uno dice: "Entiende que no te estoy cobrando todavía. Solo me diste el depósito", la otra responde: "Pero es que no hiciste nada", "De qué manera puedo hacerte entender que no te estoy estafando?". Lo dudo, en la actualidad, cualquiera trata de sacar tajada de cualquier negocio, por mínimo que sea.

La señora parece muy molesta. Pensé algo que no sé si es justo: tal vez ella no quería darle la Coca porque no soportaba que él siguiera exigiendo cosas. Tal vez ya estaba cansada de negociar con alguien cuya memoria se rompe. Tal vez no era el azúcar. Tal vez era el control de la situación. Su papá ya se levantó con la bebida en la mano para regresarla: "Yo no quiero esa cochinada", fue atrás de él. "¡Eso no quiero! Ya te dije". "El café te hace daño, y la Coca también te hace daño", dice la señora; "Pues no me importa, yo eso no quiero", finaliza su papá. Al final, el acompañante que llegó más tarde se salió a la calle a comprarle una Coca. Esperemos que eso alegre al Señor cuando la reciba.

El más joven volvió con la Coca; mi amigo, el Señor, se extendió en la silla y empezó a beber con todo el ímpetu del mundo. Tipazo. Sin molestar, sin incomodar, sin renegar, solo quería su Coca. Soy su fan. A veces es bien fácil que nos quedemos tranquilos, en paz. Puede ser con una bebida, con una comida, con un abrazo, con un poco de atención, con un detalle de gentileza, con un poco de empatía.

"¿No que no había?", dice sonriendo voctorioso mientras le da el último trago. "¡Que aquí no venden, lo fueron a comprar allá afuera!". El Señor solo sonríe, la ignora, y extiende la mano hacia mí con la botella vacía en la mano en actitud de "Salud", me roba una sonrisa.

Cuando me levando para irme de regreso a la casa, después de haberme terminado mi bebida, el Señor se me queda viendo y me pregunta: "¿Ya te vas?", "Ya, buenas noches", le respondo. Y sigo mi paso mientras escucho de fondo un "Adiós" de su parte.

La enseñanza que me queda de lo anterior es más profunda de lo que parece: Solemos juzgar a las personas por su apariencia; si alguien llega gritoneando no nos detenemos a ser un poco emáticos, simplemente los vemos como gente fastidiosa; el mundo está repleto de mentes que interdependientemente cada una de ellas funciona como microuniversos llenos de sus propias complicaciones y sinsentidos, sus traumas y enfermedades, sus molestias y dolencias, pero también sus celebraciones y glorias.

Vivir dándonos cuenta de lo que nos rodea requiere de un montón de energía que pocos estamos dispuestos a invertir, porque al final, lo que estamos haciendo aquí, es intentando nuestras propias vidas vivir. Y me retiro con un pensamiento para irme a la cama: A saber que nos creemos a veces más importantes de lo que somos, pues habitamos un mundo donde cada cual es tan insignificante como su prójimo. Deberíamos navegar por la vida con suavidad, reduciendo la hostilidad, y abrazando el afecto mutuo.



Con Suavidad

Por
 El mundo está dividido entre personas que pueden y las que no, una cosa muy rara, si me lo preguntan, conforme vemos hacia afuera, hacia af...

 Hay algunas cosas que necesito decir, no por urgencia ni por protocolo, sino porque este tipo de momentos piden ser nombrados. Callarlos suele volverlos ruido interno, y hoy prefiero el orden de las palabras. Antes que nada, me siento agradecido por la oportunidad de demostrar que puedo asumir otro tipo de responsabilidades. No lo digo desde la euforia ni desde una ambición desbordada, sino desde un lugar más sobrio: el deseo de comprobarme que puedo responder cuando el terreno cambia. Espero ser capaz de producir resultados sólidos, de esos que hablan por sí mismos, y que ese trabajo marque el rumbo de mi carrera hacia espacios más amplios, más exigentes, más alineados con lo que quiero construir a largo plazo.

También agradezco haber salido de mi zona de comodidad en múltiples momentos durante mi último viaje. No fue un solo acto heroico ni una revelación súbita; fue una sucesión de decisiones pequeñas que, juntas, terminaron por moverme de sitio. Hice cosas por primera vez sin tener el control total de la situación. Me enfrenté a silencios incómodos, a conversaciones que no dominaba, a contextos donde mis referencias habituales no bastaban. En ese proceso, removí sesgos y prejuicios que creía superados, pero que seguían ahí, operando de forma discreta. Descubrí que la experiencia no siempre corrige esas ideas; a veces solo las esconde mejor, y hace falta fricción real para que salgan a la superficie.

Empaticé con personas a las que días antes no conocía. No desde la cortesía automática, sino desde la escucha atenta, esa que obliga a suspender el juicio y a aceptar que la historia del otro no necesita parecerse a la mía para ser válida. Ese ejercicio abrió mi mirada hacia percepciones distintas, tanto sobre mí como sobre el área en la que me desenvuelvo. Confirmé algo que ya intuía: el crecimiento no ocurre cuando uno reafirma lo que sabe, sino cuando se permite dudar de lo que daba por hecho.

Este no será un texto largo por el gusto de extenderlo, aunque termine siéndolo por necesidad. Escribo desde un Starbucks cerca de casa, con el cuerpo todavía desfasado por el viaje y la cabeza acomodándose a otro ritmo. El jet lag no es dramático, pero sí persistente, como un recordatorio físico de que estuve en otro lugar hace apenas unas horas. Dormí hasta casi el mediodía. Llegué entrada la madrugada y, aunque el cansancio era evidente, me tomó más tiempo del esperado conciliar el sueño. El cuerpo estaba de regreso, pero la mente seguía en tránsito.

Hay algo particular en ese estado intermedio. Uno no está del todo aquí ni del todo allá. Es un espacio fértil para pensar sin urgencia, para revisar lo vivido sin la presión de sacar conclusiones rápidas. Desde ahí escribo esto. No como un informe, no como un cierre, sino como una pausa consciente. Sé que vendrán días intensos, decisiones que exigirán claridad y energía. Por ahora, me permito este momento de balance, con gratitud genuina y con la sensación de haber vuelto distinto, aunque los cambios no siempre sean visibles de inmediato.

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Aunque menos suele ser más, he dudado por un momento en hacer una publicación con apenas la mitad de la extensión que definí en mi lista de propósitos. La idea apareció sin pedir permiso, como suelen hacerlo las tentaciones cómodas: reducir, simplificar, cumplir a medias. Pienso que la regla de escribir al menos mil palabras en mis textos del blog no es tan sencilla de seguir como parecía al inicio. No es una fórmula mágica ni una garantía de calidad; es una exigencia autoimpuesta, a veces pesada, a veces ingrata. Y aun así, el deseo de conservarla permanece. No porque quiera demostrarme algo en particular, ni porque alguien esté contando palabras desde fuera, sino porque la entiendo como una herramienta de práctica extendida. Un entrenamiento. Un espacio donde el músculo del pensamiento no se oxida.

Es cierto que cuando uno deja de escribir por más de una semana, como consecuencia de otras prioridades —mi viaje a Tijuana, por ejemplo—, volver al ritmo se siente más cansado de lo habitual. No es solo el acto de sentarse frente a la pantalla; es el reencuentro con la voz propia, con la cadencia que se pierde cuando se atienden otros frentes. La mente se desacostumbra a hilar ideas con paciencia. Por eso decidí que, si bien puede ocurrir que una sola idea no alcance por sí misma el tamaño del texto al que me comprometí, siempre existe la posibilidad de ampliar el campo de visión. Si pongo el foco en otra situación que también habita en mi cabeza, puedo avanzar sin mayor fricción.

Así llegué a una conclusión que me resulta liberadora: un texto puede ser una mezcla. No tiene que nacer puro ni obedecer una sola línea de pensamiento. Puede pasar dos o más ideas por la licuadora, permitir que se mezclen, y entregar una salsa con sabores que van desde lo delicioso hasta lo extraño. Y eso no solo es válido, también es honesto. La mente rara vez piensa en bloques ordenados; suele saltar, asociar, disociar, regresar. Escribir desde ahí no traiciona el proceso, lo refleja.

Entre una idea y otra, la vida sigue pidiendo atención. Queda pasar por la farmacia y comprar un medicamento. Luego volver a casa, continuar con la ropa pendiente. Necesito darle una arreglada al espacio; una semana de ausencia basta para que el polvo reclame territorio. En este momento la salud ocupa un lugar central, porque sin energía cualquier hábito nuevo pierde fuerza. El orden externo no lo resuelve todo, pero ayuda a que la mente no se disperse más de lo necesario.

Lavar ropa, acomodar la habitación, limpiar los baños. Sí, vuelve a aparecer la urgencia de tener a alguien de planta en casa. O, dicho con más precisión, aparece el recordatorio de lo valioso que sería compartir la vida cotidiana con alguien de forma constante. Pero no es momento de divagar sobre temas relacionales, ni de construir castillos alrededor de una familia tradicional, planes compartidos y crecimiento mutuo. Todo eso puede esperar su turno.

Por ahora, las prioridades están claras y se sostienen en tres ejes: espíritu, mente y cuerpo. Abrazar a Dios cada día y agradecerle la continuidad de la vida. Trabajar el estoicismo para no permitir que cualquier tentación, por el solo hecho de existir, cause estragos internos. Y enfocar energía en ejercitar el cuerpo, fortalecerlo, cuidarlo, porque es la herramienta base que sostiene todas las demás áreas. No hay reflexión profunda sin un cuerpo que aguante. No hay disciplina mental sin hábitos físicos que la respalden.

Agradecer, caminar, ordenar y después escribir. Nada extraordinario por separado. Todo poderoso cuando se mantiene como una amalgama para resanar lo que un día fueron heridas y convertirlo en una pieza uniforme.



 Es sábado. Olvidé continuar con la escritura que dejé inconclusa. Estoy de nuevo en el café, llevo veinte minutos esperando a alguien que necesita una consulta. No es un cliente, es un caballero que una vez estaba hablando de IA aquí mismo, y le di un par de consejos, pero parece que a partir de ese momento me agarró de guía espiritual en lo referente a IAs. No me molesta, suelo venir casi diario, y por lo general ocupo las mañanas de los sábados en el café, así que suelo citarlo aquí, a éstas horas, éste día en particular. Aunque, asumo que hoy lo olvidó. Como dije, no me fastidia en absoluto. La vez pasada que habíamos acordado me quedé dormido y no me presenté, así que en cierto sentido, estamos a mano.

Tengo la impresión de que escribir no tiene el efecto y poder que tenía antes sobre mí, aunque, como detalle específico, el valor más crucial de la actividad es dejar en un sitio aquello que desborda de mi mente, aquello que me quita el sueño por las noches o lo que mantiene a mi cuerpo en una constante sensación de alerta. Es un escape intelectual a mis ideas, al estrés, a los eventos del presente y futuro que se transofrman en ansiedad si no los saco, tengo que dejar ir muchas dudas, miedos e inseguridades.

Pues aquí estamos todos juntos, jugando a sentirnos grandes, en un mundo que se vuelca en caída libre a un precipicio sin fondo. Intentamos mantenernos en pie, cuando a decir verdad, todos nos venimos arrastrando desde años atrás. Porque los eventos cataclísmicos del enfermo mundo al que pertenecemos están a la orden del día bombardeándonos como constantes alarmas de colores chillantes justo frente a nuestros ojos.

Es por eso que ser un idiota por lo general tiene sus beneficios. Porque no hay nada que te haga sentir abrumado, desconoces la preocupación, y tu empatía está muerta. Solo vives, o mejor dicho, navegas la vida, a modo automático, montado sobre los lomos de un monstruo que en tu insignificancia no tiene ni tendrá intención de hacerte daño alguno; mientras que quienes luchan contra el status quo, se deterioran y autodestruyen con tal de conservar su identidad, superando su estado de personaje no jugable.

Estoy por terminarme el latte que compré el día de hoy, ya desayuné; tengo la impresión de que no podré concentrarme en escribir mucho más estando aquí, pues en cualquier rato tendré que irme. Es cierto que dudo de mis capacidades de escribir algo con sentido, por eso mi elaborado plan de práctica para los meses en curso, para el año en que estamos.

Porque vivir de contemplación no es saludable, no es algo que quiera como evolución de mi existencia, y es lo que me cuesta dejar claro. La narrativa de "lo que sea" en la que trabajo de manera obsesa existe como la necesidad en mí de sobresalir sutilmente y anónimamente en un mundo en el que para destacar tienes que desnudarte en medio de la calle, o humillarte públicamente mientras despotricas de forma irracional. Pero a mí me encanta la comodidad de vivir entre las sombras, de no tener que dar cuentas a un público abundante.

Entre loros y demás mascotas, así percibo a la inmensa mayoría alrededor; y yo mismo sin tratar de ejemplificar lo que no soy. Solo soy un pensador, un enigmático analista, un amante del momento en el que la sabiduría me besa la frente con un destello de talento.

Me levanto al baño, saludo a Denisse en el camino. Volteo hacia el fondo de la barra. Han puesto una ventana en el café para entregar los pedidos a repartidores. Lo cual me parece excelente, porque nos ahorramos la mitad de la fila si dejamos de considerar los que solo vienen a regoger pedidos para llevar.

Tomé la decisión de no llevar el celular al baño conmigo nunca más cuando esté en entornos confiables. Vuelvo a mi lugar. Pasamos de lo banal y superficial en un par de días sin venir a vomitar palabras a algo un poco más mental y existencial. De cierta forma irónica, así funciona la existencia. A veces lo somos todo, estamos en la cima de nuestra identidad y logros, y otras, simplemente podredumbre y miseria.

Es un goce no tener que dar cuentas a nadie, quisiera estar ahí. Pero la conexión con el entorno es lo que nos brinda identidad, lo que fortalece nuestros principios y particularidades, lo que nos hace ser en escencia lo que somos, y estar donde estamos, ¿merecido? Es probable que no, una de cada muchas veces es en realidad cuando obtenemos algo por lo que trabajamos; son nuestros herederos los que disfrutan de los frutos del esfuerzo de una vida, o a veces ni ellos, sino completos extraños. Una verdadera carcajada del absurdo en nuestros rostros.

Reni se aproxima con una sonrisa en la cara. Me dice que si deseo que se lleve mi taza vacía. Le agradezco y se la entrego. No puedo seguir escribiendo ahora mismo. No aquí. Al menos ya no, porque me da pena hacer sobremesa en un lugar en el que he dejado de consumir.

Dos mil palabras, tres mil quizá, ya no sé cuántas llevo y tampoco qué poner aquí. No porque no tenga idea de dónde sacar palabras, sino que mi cabeza está dándole vueltas a los mismos conceptos. Quizá a eso es a lo que se enfrentan los que escriben, al bloqueo provocado por la necesidad de llegar del punto A al punto B sin tener que trazar decenas de circunstancias en el camino, es probable que las convicciones de los escritores al narrar un capítulo de una novela se vengan abajo y terminen cayendo en los vicios literarios comunes, en las tramas más simplistas y la aparición de fenómenos clásicos como el deus ex machina, la consecución de circunloquios o la imposibilidad de salir de sus laberínticas prosas.



Es Sábado

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 Es sábado. Olvidé continuar con la escritura que dejé inconclusa. Estoy de nuevo en el café, llevo veinte minutos esperando a alguien que n...