Vamos a hablar desde la sinceridad el día de hoy. Ha sido una temporadita que no encuentro la manera de dejar atrás. Entre desveladas muy duras y malas dinámicas alimenticias, aunque no he caído realmente en abusos con respecto a la nutrición, sí he sentido ese "faltante" que me lleva a recapacitar al final del día. Luego está el hecho de que, no sé por qué, me cuesta trabajo cerrar algunas puertas que recientemente abrí. Conexiones con gente que no me beneficia en absoluto y que preferiría mantener a distancia. Y la actitud de descaro ante la pérdida de una relación laboral. Les digo, es un cúmulo de circunstancias, una intensificación de debilidades.
Considerando lo anterior, resulta lógico caer enfermo por falta de energía y defensas; es el resultado de la suma de hábitos y descuidos continuos. No estoy aquí justificando nada, ni moralizando mi actuar con la intención de verme bien.
De hecho, anoche sentí que me vulnerabilicé de más, porque expresé sentimientos desde la frustración y la fatiga, en lugar de reaccionar a tiempo. Al final, a eso de las cuatro de la mañana, sin haber dormido un solo segundo hasta ese momento, empecé a restaurar los escudos que me protegen de caer en hábitos innecesarios. Porque eso es lo que son: hábitos. A pesar de que apenas lleve dos semanas cayendo en ellos.
Y digo lo anterior con la finalidad de dejar constancia de que lo sigo intentando, de que toca volver a revestirme de armas para sobreponerme a todo aquello que me fastidia la existencia. Me interesa aislar mi entorno de la toxicidad y mantenerme alejado de lo que representa un riesgo, porque, al final, la lucha contra aquello que constantemente te hace caer no se gana de forma frontal, sino alejándote.
Ser consciente de tus límites y defectos te vuelve, en cierto sentido, más sensible al entorno; pero, más importante todavía, a lo que llevas dentro de ti. Identificas las raíces de la amargura, la podredumbre provocada por tus miedos, la insatisfacción y la alienación que una confianza diezmada deposita sobre tu cabeza.
Pero ser consciente de ello no lo es todo, porque juzgarse a golpes contra el metal no consigue nada. Se trata de darle sentido a la experiencia y utilizar correctamente cualquier herramienta que sirva para fortalecer tu autonomía. Las tentaciones van a seguir ahí. Los vórtices de perdición aparecerán a lo largo del camino. Y lo peor es que dejarse absorber es de las cosas más humanas que existen; recuperarte es donde se encuentra el verdadero reto. Fácil, para nada. Sin embargo, existen maneras de volver a levantarse y seguir caminando.
Vamos a hablar desde la sinceridad el día de hoy. Ha sido una temporadita que no encuentro la manera de dejar atrás. Entre desveladas muy duras y malas dinámicas alimenticias, aunque no he caído realmente en abusos con respecto a la nutrición, sí he sentido ese "faltante" que me lleva a recapacitar al final del día. Luego está el hecho de que, no sé por qué, me cuesta trabajo cerrar algunas puertas que recientemente abrí. Conexiones con gente que no me beneficia en absoluto y que preferiría mantener a distancia. Y la actitud de descaro ante la pérdida de una relación laboral. Les digo, es un cúmulo de circunstancias, una intensificación de debilidades.
Considerando lo anterior, resulta lógico caer enfermo por falta de energía y defensas; es el resultado de la suma de hábitos y descuidos continuos. No estoy aquí justificando nada, ni moralizando mi actuar con la intención de verme bien.
De hecho, anoche sentí que me vulnerabilicé de más, porque expresé sentimientos desde la frustración y la fatiga, en lugar de reaccionar a tiempo. Al final, a eso de las cuatro de la mañana, sin haber dormido un solo segundo hasta ese momento, empecé a restaurar los escudos que me protegen de caer en hábitos innecesarios. Porque eso es lo que son: hábitos. A pesar de que apenas lleve dos semanas cayendo en ellos.
Y digo lo anterior con la finalidad de dejar constancia de que lo sigo intentando, de que toca volver a revestirme de armas para sobreponerme a todo aquello que me fastidia la existencia. Me interesa aislar mi entorno de la toxicidad y mantenerme alejado de lo que representa un riesgo, porque, al final, la lucha contra aquello que constantemente te hace caer no se gana de forma frontal, sino alejándote.
Ser consciente de tus límites y defectos te vuelve, en cierto sentido, más sensible al entorno; pero, más importante todavía, a lo que llevas dentro de ti. Identificas las raíces de la amargura, la podredumbre provocada por tus miedos, la insatisfacción y la alienación que una confianza diezmada deposita sobre tu cabeza.
Pero ser consciente de ello no lo es todo, porque juzgarse a golpes contra el metal no consigue nada. Se trata de darle sentido a la experiencia y utilizar correctamente cualquier herramienta que sirva para fortalecer tu autonomía. Las tentaciones van a seguir ahí. Los vórtices de perdición aparecerán a lo largo del camino. Y lo peor es que dejarse absorber es de las cosas más humanas que existen; recuperarte es donde se encuentra el verdadero reto. Fácil, para nada. Sin embargo, existen maneras de volver a levantarse y seguir caminando.









Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.