Tirado En La Cama

 Quería ponerme a descansar hoy. Llegué al hospedaje, me tiré en la cama, encendí el ventilador y cometí un error bastante predecible: descargar aplicaciones sociales.

Uno abre una de esas cosas para matar cinco minutos y, cuando vuelve a levantar la vista, ya no sabe bien qué pasó con la última media hora. Videos cortos, fotografías, gente opinando sobre temas que jamás me habían interesado y que probablemente volverán a resultarme irrelevantes mañana. Nada nuevo bajo el sol.

Al final aparté el celular, lo dejé lejos de la cama, abrí el procesador de textos y decidí escribir un poco. Nada complejo. Nada que me consuma demasiado tiempo. Solo registrar algunas ideas antes de salir.

En mi plan para reducir cortisol todavía hay tareas pendientes. Necesito retirar dinero, ya que durante el día no se ha podido. Después bajaré al Centro. Tal vez cene unos tacos. Tal vez termine en algún restaurante local. Todavía no lo decido.

La persona que me hospeda me envió una lista de recomendaciones. Ahí están La Finca del Bife, a donde fui hace dos semanas, La Rinconada y Santo Remedio. También un sitio llamado Terrescalli, desde donde, según me dicen, se puede ver toda la ciudad. Los nombres quedaron abiertos en una pestaña del navegador mientras yo seguía acostado, como si fueran posibles versiones de la noche esperando ser elegidas.

Por lo pronto sigo aquí, mientras el ventilador mueve el aire caliente de una esquina a otra de la habitación. La ventana deja entrar el ruido de la calle. No es un ruido molesto. Es el ruido normal de una ciudad que continúa funcionando sin pedirme permiso. Un motor lejano. Una conversación que no alcanzo a entender. Una puerta que se cierra. La vida cotidiana de personas que jamás volveré a ver.

El solo hecho de dejar que el tiempo pase mientras sigo enviando indicaciones de modelado a la herramienta en la que trabajo es una dicha que pocos entienden. Hay algo extraño en eso. Hace algunos años habría parecido una escena absurda. Un hombre acostado en una habitación desconocida, conversando con sistemas que no existen físicamente, refinando ideas que tampoco son tangibles. Sin embargo, para mí tiene sentido.

Pienso que una parte importante de la tranquilidad consiste en no tener que justificar constantemente aquello que nos gusta hacer.

Tirado en la cama, en un lugar donde jamás había estado, conectando con mi soledad —como si no lo hiciera todos los días en casa—, me doy cuenta de que la diferencia no está en estar acompañado o no. La diferencia está en el contexto.

Nadie aquí me conoce.

Nadie sabe cuáles son mis rutinas.

Nadie sabe qué cosas me preocupan cuando intento dormir.

Nadie tiene una versión anterior de mí contra la cual compararme.

Soy, en cierto sentido, una persona nueva.

Quizá por eso me gusta llegar a ciudades desconocidas. Durante unas horas uno deja de ser el personaje principal de su propia historia para convertirse en un observador. Nada más.

A las siete bajaré a caminar. Seguramente terminaré frente a la Parroquia en el parque, observando el movimiento de la gente. Tal vez me siente un rato en un Café y vea cómo la tarde se convierte en noche. Quizá termine recorriendo las calles del Centro sin rumbo fijo, mirando fachadas antiguas y tratando de imaginar cuántas generaciones han pasado frente a las mismas puertas.

Me recomendaron visitar el Museo de Arte Sacro, el Rincón de las Capuchinas y la Casa Museo Agustín Rivera. También me hablaron del Templo del Calvario y de una vieja hacienda llamada Sepúlveda. No sé si alcanzaré a ver todo eso. La verdad es que tampoco tengo prisa, y de algunas cosas, ni ganas.

Siempre he pensado que las ciudades hablan.

No lo hacen con palabras. Lo hacen mediante los negocios que sobreviven, las plazas que permanecen llenas, las calles donde todavía hay personas sentadas conversando cuando cae la tarde. Hablan mediante las panaderías que siguen vendiendo pan dulce después de décadas, los cafés que se convierten en puntos de reunión y los restaurantes que un habitante local recomienda sin pensarlo demasiado.

Quizá por eso disfruto caminar sin un objetivo concreto cuando llego a un lugar nuevo. Uno termina aprendiendo cosas que ninguna guía menciona. Descubre qué tan rápido camina la gente, qué temas aparecen en las conversaciones cercanas, cuáles son los sitios donde se reúne la comunidad y cuáles son los rincones que permanecen vacíos.

Y mientras escribo esto, sigo sin decidir dónde cenaré.

Puede que termine en alguno de los lugares que me recomendaron.

Puede que no.

Al final, la comida suele ser una excusa.

Lo que en realidad vine a buscar fue esta sensación extraña de anonimato. La oportunidad de sentarme en una banca, recorrer unas cuantas calles y observar cómo transcurre la vida de otros mientras la mía continúa avanzando a la misma velocidad.



 Quería ponerme a descansar hoy. Llegué al hospedaje, me tiré en la cama, encendí el ventilador y cometí un error bastante predecible: descargar aplicaciones sociales.

Uno abre una de esas cosas para matar cinco minutos y, cuando vuelve a levantar la vista, ya no sabe bien qué pasó con la última media hora. Videos cortos, fotografías, gente opinando sobre temas que jamás me habían interesado y que probablemente volverán a resultarme irrelevantes mañana. Nada nuevo bajo el sol.

Al final aparté el celular, lo dejé lejos de la cama, abrí el procesador de textos y decidí escribir un poco. Nada complejo. Nada que me consuma demasiado tiempo. Solo registrar algunas ideas antes de salir.

En mi plan para reducir cortisol todavía hay tareas pendientes. Necesito retirar dinero, ya que durante el día no se ha podido. Después bajaré al Centro. Tal vez cene unos tacos. Tal vez termine en algún restaurante local. Todavía no lo decido.

La persona que me hospeda me envió una lista de recomendaciones. Ahí están La Finca del Bife, a donde fui hace dos semanas, La Rinconada y Santo Remedio. También un sitio llamado Terrescalli, desde donde, según me dicen, se puede ver toda la ciudad. Los nombres quedaron abiertos en una pestaña del navegador mientras yo seguía acostado, como si fueran posibles versiones de la noche esperando ser elegidas.

Por lo pronto sigo aquí, mientras el ventilador mueve el aire caliente de una esquina a otra de la habitación. La ventana deja entrar el ruido de la calle. No es un ruido molesto. Es el ruido normal de una ciudad que continúa funcionando sin pedirme permiso. Un motor lejano. Una conversación que no alcanzo a entender. Una puerta que se cierra. La vida cotidiana de personas que jamás volveré a ver.

El solo hecho de dejar que el tiempo pase mientras sigo enviando indicaciones de modelado a la herramienta en la que trabajo es una dicha que pocos entienden. Hay algo extraño en eso. Hace algunos años habría parecido una escena absurda. Un hombre acostado en una habitación desconocida, conversando con sistemas que no existen físicamente, refinando ideas que tampoco son tangibles. Sin embargo, para mí tiene sentido.

Pienso que una parte importante de la tranquilidad consiste en no tener que justificar constantemente aquello que nos gusta hacer.

Tirado en la cama, en un lugar donde jamás había estado, conectando con mi soledad —como si no lo hiciera todos los días en casa—, me doy cuenta de que la diferencia no está en estar acompañado o no. La diferencia está en el contexto.

Nadie aquí me conoce.

Nadie sabe cuáles son mis rutinas.

Nadie sabe qué cosas me preocupan cuando intento dormir.

Nadie tiene una versión anterior de mí contra la cual compararme.

Soy, en cierto sentido, una persona nueva.

Quizá por eso me gusta llegar a ciudades desconocidas. Durante unas horas uno deja de ser el personaje principal de su propia historia para convertirse en un observador. Nada más.

A las siete bajaré a caminar. Seguramente terminaré frente a la Parroquia en el parque, observando el movimiento de la gente. Tal vez me siente un rato en un Café y vea cómo la tarde se convierte en noche. Quizá termine recorriendo las calles del Centro sin rumbo fijo, mirando fachadas antiguas y tratando de imaginar cuántas generaciones han pasado frente a las mismas puertas.

Me recomendaron visitar el Museo de Arte Sacro, el Rincón de las Capuchinas y la Casa Museo Agustín Rivera. También me hablaron del Templo del Calvario y de una vieja hacienda llamada Sepúlveda. No sé si alcanzaré a ver todo eso. La verdad es que tampoco tengo prisa, y de algunas cosas, ni ganas.

Siempre he pensado que las ciudades hablan.

No lo hacen con palabras. Lo hacen mediante los negocios que sobreviven, las plazas que permanecen llenas, las calles donde todavía hay personas sentadas conversando cuando cae la tarde. Hablan mediante las panaderías que siguen vendiendo pan dulce después de décadas, los cafés que se convierten en puntos de reunión y los restaurantes que un habitante local recomienda sin pensarlo demasiado.

Quizá por eso disfruto caminar sin un objetivo concreto cuando llego a un lugar nuevo. Uno termina aprendiendo cosas que ninguna guía menciona. Descubre qué tan rápido camina la gente, qué temas aparecen en las conversaciones cercanas, cuáles son los sitios donde se reúne la comunidad y cuáles son los rincones que permanecen vacíos.

Y mientras escribo esto, sigo sin decidir dónde cenaré.

Puede que termine en alguno de los lugares que me recomendaron.

Puede que no.

Al final, la comida suele ser una excusa.

Lo que en realidad vine a buscar fue esta sensación extraña de anonimato. La oportunidad de sentarme en una banca, recorrer unas cuantas calles y observar cómo transcurre la vida de otros mientras la mía continúa avanzando a la misma velocidad.



Seguir Leyendo

 "¿Puedo quedarme aquí a escribir un rato?" —le pregunté a la mesera, una jovencita de unos veinte años, con la mirada ingenua y una trenza que contenía todo su voluminoso cabello.

Fui al cajero a retirar un poco de dinero en efectivo, porque una de las circunstancias que comúnmente enfrenta uno al salir a "pueblear" es precisamente la necesidad de cargar dinero a la mano para cualquier antojo, gusto o recuerdo que quiera darse.

"Hay problemas de comunicación con el servidor. Por favor, inténtalo más tarde."

No pues gracias, Banco de mi preferencia. No sabes el gusto que me da traer al menos un par de billetes conmigo. La vergüenza que habría experimentado si estuviera dependiendo únicamente de lo que pudiera retirar "al momento".

Todo bien. Me trajeron la cuenta y en el lugar donde me hospedaré ya me preguntaron a qué hora pienso llegar.

"Ya estoy aquí", respondí al mensaje. "El check-in es a las tres y estoy esperando a que se haga la hora para llegar."

No más mensajes de momento, o al menos eso parece.

Me quedaré en el café un rato más. La mesera del lugar me dijo que está bien, y yo prisa, de momento, no traigo. Mi plan para el día es seguir nutriendo de reglas de negocio el último proyecto en el que he venido trabajando. Eso lo puedo hacer desde donde esté.

Bendita tecnología, que nos permite producir desde cualquier lugar. Los límites suelen estar en uno.

Vine a gozarme, a desconectarme un rato. Traje conmigo tres escritos que Chuy quiere que le revise. Los imprimí antes de salir de casa esta mañana para tenerlos en papel y analizarlos con mayor facilidad que a través de una pantalla.

Su "Biblia" del mundo en el que está trabajando es un producto ambicioso y extenso. En cierto sentido, me compartió los documentos para darles un primer vistazo desde una óptica editorial.

Pienso que ése sería un trabajo fantástico para mí: escritor y editor. Aunque, reconociendo mi propio ego, seguramente me pelearía demasiado con textos ajenos, pues es difícil aceptar el talento de otros. Aunque destaque.

Desde esa premisa, preferiría dedicarme únicamente a escribir y programar.

Estoy aquí con la intención de reconectar con una versión más simplificada de mi persona. Una que vea a su alrededor, sin conocer a nadie, y se siga sintiendo parte de un ecosistema que le contiene.

Porque al final, cuando uno vive tan pegado a los dispositivos electrónicos, termina alienándose y dependiendo demasiado de su conectividad, cuando allá afuera, en el parque que está enfrente, o aquí mismo en el restaurante, se desarrollan múltiples vidas.

Es una tarde calurosa. Pedí una bebida que sabe a chicle. No es mala, pero tampoco figura entre mis gustos más exquisitos.

No importa. La decisión ya fue tomada y hay que beberla mientras estemos aquí, alquilando este espacio, redactando frases, en lo que llega la hora de irme al lugar donde me hospedaré esta noche.

Así, entre las hojas impresas con el mundo que escribió Chuy, una bebida de sabor curioso, una mesera simpática, una aplicación bancaria que no funciona y una tarde calurosa, me adentro en este fin de semana.

Espero que sirva para reducir un poco los niveles de cortisol en el cuerpo y recuperar algo de esa autonomía y conexión con el entorno que tanto anhelo mientras vivo expuesto a pantallas durante buena parte del tiempo.



 He podido desplegar mi quinta arquitectura de IA en un entorno de trabajo de principio a fin. Todavía me quedan muchas dudas durante la puesta en marcha de cada una de ellas. Además, he tenido que utilizar herramientas distintas en cada caso. Como experiencia, eso resulta valioso porque obliga a conocer alternativas y enfoques diferentes. Sin embargo, también te hace pensar en la enorme cantidad de opciones que existen en el mercado y en lo limitadas o costosas que pueden resultar algunas soluciones cuando no se cuenta con configuraciones muy específicas.

Lo que más me sorprende es la eficiencia de las propias herramientas para guiarte durante el proceso. Te ayudan a resolver detalles técnicos, te sugieren rutas de implementación, identifican errores y hasta proponen correcciones. En ocasiones parece que el verdadero trabajo consiste en describir el problema con suficiente claridad para que el sistema encuentre el camino adecuado.

Y es ahí donde surge una pregunta incómoda.

Si estas herramientas continúan mejorando al ritmo actual, ¿qué lugar ocuparemos nosotros dentro de unos años?

Salvo por limitaciones físicas, energéticas o por algún obstáculo tecnológico que todavía no alcanzamos a comprender, cada vez me resulta más difícil imaginar cómo competiremos contra sistemas que aprenden, consultan información, generan soluciones y se optimizan a una velocidad imposible para un ser humano. Quizá durante algún tiempo sigamos desempeñando el papel de supervisores. Tal vez seamos quienes definan objetivos, validen resultados o desplieguen los proyectos iniciales. Pero incluso esas tareas parecen reducirse poco a poco.

Aun así, hay algo que me fascina de todo esto.

Sería extraordinario que nosotros, como seres humanos, pudiéramos incorporar parte de la filosofía de programación de los modelos de IA a nuestras propias vidas. Aprendizaje continuo. Optimización de recursos. Mayor capacidad para resolver problemas. Una especie de evolución orientada por la observación y la mejora constante.

A veces me pregunto qué ocurriría si pudiéramos administrarnos como administramos un sistema informático.

Imaginen una mañana cualquiera en la vida de Carlos.

La noche anterior se desveló. Permaneció hasta tarde en una reunión con amistades. Al regresar a casa comenzó una llovizna que refrescó el ambiente. Como suele suceder en esas ocasiones, jamás pensó en llevar un abrigo. Al despertar siente los efectos de la experiencia: congestión nasal, dolor de garganta y ese malestar que anuncia un resfriado.

Carlos abre entonces el editor del modelo integrado en su propia mente.

Observa una consola flotando frente a él.

Manciona:

"Por favor, me siento agripado. Resuelve el problema."

El sistema recibe la solicitud y comienza el diagnóstico.

Primero analiza el estado general del organismo. Después revisa métricas internas, identifica anomalías, consulta módulos especializados y determina el origen exacto del problema. Si resulta necesario, crea entornos de trabajo aislados para realizar pruebas. Ejecuta herramientas de reparación, actualiza componentes biológicos, optimiza procesos metabólicos y fortalece el sistema inmunológico.

Al mismo tiempo, valida que cada modificación produzca el resultado esperado.

Si detecta algún conflicto, revierte los cambios y genera una nueva estrategia.

Cuando todas las pruebas son satisfactorias, despliega la actualización al entorno de producción.

Minutos después, el resfriado desaparece.

La energía vuelve.

La garganta deja de doler.

El cuerpo funciona otra vez al cien por ciento.

Suena absurdo cuando se escribe de esta forma, pero no estoy seguro de que sea una idea tan descabellada.

Quizá dentro de algunas décadas estemos conectados de forma permanente a repositorios remotos. Tal vez exista algún tipo de infraestructura distribuida integrada al cuerpo humano. Un pequeño clúster biológico capaz de balancear cargas, procesar información, coordinar funciones y optimizar recursos en tiempo real.

La verdad es que me encantaría participar en el desarrollo de algo semejante.

Imagino un servicio capaz de mostrar cada variable importante del organismo: niveles hormonales, estado inmunológico, calidad del sueño, procesos de recuperación, indicadores de estrés y cientos de métricas más. Un tablero vivo que permitiera comprender el funcionamiento del cuerpo con la misma claridad con la que hoy observamos el estado de una aplicación en producción.

La ciencia ficción nos ha llenado de historias sobre hardware. Ciborgs. Androides. Exoesqueletos. Mechas. Máquinas cada vez más grandes y complejas.

Yo, en cambio, sospecho que la verdadera revolución podría estar en el software.

El software posee una capacidad de adaptación extraordinaria. Puede evolucionar sin modificar su contenedor. Puede mejorar de forma continua. Puede reducirse hasta ocupar espacios casi imperceptibles. Y cuando está bien diseñado, logra resultados que parecerían imposibles desde la perspectiva del hardware tradicional.

Quizá estoy escribiendo locuras.

O quizá estoy describiendo una tecnología que todavía no existe.

En cualquier caso, empiezo a pensar que debería escribir una historia sobre algo así.



 En un mundo de toxicidad rodeándonos todo el tiempo —la contaminación, la sobreexposición a tecnologías que desconocemos, los mecanismos de control establecidos, el miedo a la crisis y las constantes catástrofes— detenerse un poco a meditar cada mañana puede hacer la diferencia.

Es una dicha poder darte cuenta de dónde estás parado. Comprender que hay situaciones que se escapan de tus manos y que, en cuanto a lo que te rodea, por grande que pueda parecer, tu mundo termina siendo pequeñito.

Estoy sentado aquí, en el café, con un cold brew sobre la mesa. Pongo mi esperanza en que no me haga daño como la última vez que bebí un latte con café normal. Eso sí, esta mañana comí un par de cosas antes de venir. Según recuerdo, aquella vez el café fue lo primero que cayó en mi estómago, y los estragos comenzaron apenas la bebida se asentó en mi cuerpo.

Hablando de este lugar, tengo la costumbre de mover la silla para quedar viendo hacia la cristalería que separa el establecimiento de la terraza. A veces “mi” silla —la del rincón— la dejan orientada hacia el baño, y la volteo porque me resulta incómodo ver quién entra o sale, o al menos dar esa impresión a la gente que pasa.

Algo tan simple como sentirme con la libertad de cambiar la posición de mi silla forma parte de la comodidad que encuentro aquí. Este lugar se ha convertido, genuinamente, en mi tercer espacio; y los empleados, en una especie de brazo extendido de mis amistades.

Probablemente no conozca todo de ellos, pero me entero de cosas personales que me hacen sentir una parte fugaz de sus vidas. Esta mañana, por ejemplo, Reni me mostró que amaneció con el ojo rojo.

“Puede ser el aire”, le dije.

Sonrió y respondió que no sabía, pero que se había estado tallando toda la noche y le molestaba bastante. A modo de broma le contesté que seguro alguien la había golpeado y no quería confesarlo. Ella se rió y Andy, detrás de ella, también.

A ese nivel de cercanía siento a la gente de este lugar. Y he de confesar que también me alegra que hayan dejado ir a la única empleada que tenía mal modo. De nombre curioso, que no pienso escribir aquí porque tampoco quiero hablar mal de ella. El otro día la vi en otra sucursal; nos reconocimos, pero ninguno saludó al otro. Su personalidad es lo que otros empleados describirían como “difícil”.

Y es curioso cómo algo tan banal como una mañana sentado en el café, escribiendo sobre lo bien que hace a mi cuerpo salir a caminar temprano mientras medito y planeo mi día, puede resignificar la forma en la que comienzan mis obligaciones.

Porque con la cabeza fría puedo definir el tiempo, la concentración y la dedicación que debo ponerle a cada cosa. Organizar mi día como si se tratara de una estrategia silenciosa para obtener mejores resultados.

Venir aquí —el café, el procesador de textos, la rutina completa— representa para mí algo más que liberar tensión acumulada en forma de frases. También es una manera de nutrir pequeños canales de comunicación y contacto humano que me hacen sentir parte funcional de un sistema mucho más grande.



 Algo que encuentro interesante en esta etapa de mi vida es que empiezo a reconocer con mayor claridad la forma en que mi cuerpo responde a distintas circunstancias. Hoy puedo identificar cuándo el estrés comienza a pasar factura, cuándo una temporada complicada altera mi descanso o cuándo una taza de café modifica mi estado de ánimo durante horas. Hace algunos años esos detalles pasaban desapercibidos. Vivía dentro de ellos sin observarlos.

Esa capacidad de percibir cambios tan pequeños podría parecer insignificante, pero para mí representa algo digno de agradecimiento. Significa que mi cuerpo sigue comunicándose conmigo. Sigue enviando señales. Sigue haciendo su trabajo.

Por esa razón me siento contento con él. Ha sido un compañero constante a lo largo de los años. Ha estado durante épocas de descuido y también en momentos de crecimiento. Me ha permitido equivocarme, aprender, volver a intentar y comprender mejor mis propios límites. Muchas de las lecciones que hoy considero valiosas nacieron de prestar atención a aquello que antes ignoraba.

Sin embargo, tampoco basta con sentirse saludable. La percepción personal tiene sus límites. Podemos creer que todo marcha bien y descubrir después que ciertos indicadores cuentan una historia distinta. Por eso existen los análisis clínicos, las mediciones y los hábitos de seguimiento. No se trata de vivir obsesionado con los números, sino de disponer de referencias que permitan saber si avanzamos en la dirección correcta.

Ese proceso resulta particularmente complejo cuando uno conoce sus propias debilidades. Lo digo sin victimismo y sin intentar responsabilizar al entorno de cada error. Sé que suelo ceder ante ciertas tentaciones. Sé cuáles son los hábitos que me cuesta mantener y cuáles son los impulsos que todavía ejercen influencia sobre mis decisiones. Pero conocer esas limitaciones también tiene algo valioso. Permite observarse con mayor honestidad.

Al final, gran parte del trabajo consiste en construir una relación más sana con uno mismo y con aquello que nos rodea. No porque el mundo vaya a volverse sencillo de repente, sino porque cada día parece ofrecer nuevas razones para la confusión. Las ideas cambian. Las tendencias aparecen y desaparecen. Los discursos dominantes se transforman con rapidez. Lo que ayer parecía indiscutible hoy puede parecer irrelevante.

En medio de ese movimiento constante, encontrar principios propios adquiere una importancia enorme. No como una verdad absoluta, sino como una brújula. Una referencia mínima que permita tomar decisiones sin depender por completo del ruido exterior.

Quizá por eso he comenzado a sentir una atracción creciente por las estructuras simples. Mi universo cotidiano puede reducirse a unas cuantas calles, algunos proyectos personales y un pequeño grupo de intereses recurrentes. Lejos de percibirlo como una limitación, empiezo a verlo como una ventaja.

Dentro de esa búsqueda apareció una idea curiosa: el número cuatro.

No parece tan reducido como el dos o el tres, pero tampoco tan ambicioso como para convertirse en una fantasía imposible. Tiene una sensación de equilibrio. De estabilidad. De estructura. El cuadrado, después de todo, se sostiene sobre cuatro lados.

Me gusta pensar que ciertas decisiones importantes pueden organizarse alrededor de esa medida. Cuatro bandas que definan mi discografía personal. Cuatro lugares habituales para comer. Cuatro fuentes de ingreso recurrentes. Cuatro proyectos que merezcan atención genuina.

No porque exista algo mágico en el número, sino porque funciona como un límite voluntario. Una forma de recordar que no todo necesita expandirse indefinidamente. Que acumular opciones no siempre produce mayor libertad. A veces ocurre lo contrario.

Por ahora intento construir un pequeño ecosistema alrededor de esa idea. Un espacio más delimitado. Un microcosmos manejable. Un conjunto reducido de elementos que pueda cuidar con atención y desarrollar con profundidad. Tal vez la verdadera abundancia no consista en abarcar cada posibilidad disponible, sino en elegir con claridad aquello que merece permanecer. Y quizá, dentro de esa simplicidad deliberada, exista una versión más auténtica de la identidad que llevo años intentando construir.



 Voy a confesar algo: No me gusta que me digan "Señor".

No sé, se me hace raro, incómodo. Entiendo que ya soy viejo, y que las personas jóvenes por respeto, así le dicen a los mayores. Sin embargo no acaba de gustarme. Quizá porque toda la vida me he sentido bien con la gente tuteándome, y nunca preparé un camino, intelectualmente hablando, para recibir a mi versión "don".

No es algo que me quite el sueño, creo.

La cosa es que me estaba viendo en un espejo hace muy poco, y sí, por mucho que me entristezca, sí soy un señor en toda regla. Me veo gordo, sin forma, incómodo, agotado. Muchas de las características que describirían a un señor cualquiera.

Es que la vida adulta no acaricia. Pero más allá de la vida adulta, los excesos han estado feos. Lo digo como quien sabe que aunque no ha probado en su vida alcohol y nunca le ha hecho a fumar, la comida ha sido uno de mis talones de Aquiles.

...

Metí la computadora al cuarto para escribir un poco hoy. Me distraje y terminé con medio texto, una idea mal explicada y la sensación de que las reglas que me puse el día de hoy, no las seguí, y terminé traicionándome a mí mismo, tanto por la computadora en la habitación como por que estuve perdiendo el tiempo en páginas en lugar de ponerme a escribir.

Y es que esa es la realidad de la vida; a veces uno se esfuerza por hacer las cosas bien desde que amanece hasta que llega el momento de entrar a descansar. Ahí, en la comodidad del encierro, en la satisfacción de sentir que casi "lo consigues", te terminas confiando, y un día que parecía contar como éxito en tu desafío personal, se convierte en un error que te carcome por tu incapacidad de mantenerte firme.

...

Envejecer ha hecho que mi fuerza de voluntad mengüe mucho más. Antes podía soportar el esfuerzo y salir adelante al final del día sin chistar. Hoy el cortisol se apodera de mí nada más intento habituarme a algo nuevo (aunque saludable). Es una lucha de poderes entre mis deseos de salir del hoyo y mi versión más cobarde.

...

¿Por qué tengo que seguir cayendo?

¿Por qué no puedo mantenerme en una pieza?

¿Por qué tengo que seguir siendo víctima de mis impulsos?

Solo le pido a Dios que me perdone. Porque al final, de verdad lo intento, pero vuelvo a caer. Le pido que tenga misericordia de mí, porque hay luchas que son más grandes que uno, y las pequeñas victorias son casi inexistentes.

...

Llego a acostarme con algo en mente: bloquear más cosas. Bloquear herramientas, portales, aplicaciones, lo que sea que se robe mi enteresa y atención, lo que sea que me esté provocando fracasar cada día. Cada noche. Cada semana. Cada mes.

Siento que no puedo avanzar por culpa mía y únicamente mía. Por el peso de las decisiones del pasado. Por lo mucho que he permitido que tanto el estrés como la ansiedad tengan poder sobre mí. Y lo siento, estoy arrepentido. He fallado tantas veces que ya parece un discurso memorizado.

Pero hice algo distinto hoy: venir a publicarlo. Y bloquear todo cuanto pudiera bloquear.

 


Lo Siento

Por
 Voy a confesar algo: No me gusta que me digan "Señor". No sé, se me hace raro, incómodo. Entiendo que ya soy viejo, y que las per...

 Te pasa que intentas algo y no lo logras. Lo intentas múltiples veces y al final, después de un tiempo, vuelves a fallar. No sabes cómo hacerle. Te analizas, entiendes la necesidad y, sin embargo, terminas dejándote dominar por esas pasiones que te empujan hacia aquello de lo que vienes alejándote.

Y es que el problema es más arraigado de lo que crees. No basta con distraerte para que no te pase de nuevo. No se trata de ocupar tus manos o tu tiempo durante unas horas. Viene de un lugar más profundo de tu ser, de un rincón que ha estado ahí desde hace mucho tiempo y que sigues alimentando de vez en cuando, incluso cuando aseguras que ya no quieres hacerlo.

Deseas que desaparezca, que se vaya, que te deje en paz; que te permita dedicarte a producir en lugar de estar fastidiándote cada vez que le da la gana. El deseo, o el instinto por hacer aquello que por necesidad y conveniencia has decidido dejar de hacer, permanece presente. Cambia de forma, se esconde por temporadas, aparenta debilidad, pero nunca termina de marcharse. Y hasta ahora no has encontrado una manera de calmarlo para siempre.

Aceptar que existe es una parte importante del proceso. Negarlo solo le permite actuar desde las sombras. Pero en la plenitud de la consciencia sabes que, hasta el día de hoy, no has logrado contenerlo y mucho menos abandonarlo. Lo peor es que te deja sintiéndote miserable, ruin, agotado. Como si cada recaída borrara todos los esfuerzos anteriores y demostrara que no has aprendido nada.

Aunque eso tampoco es verdad.

Porque si algo has aprendido es a reconocer el patrón. Antes caías sin darte cuenta. Ahora observas cómo se aproxima. Identificas las emociones que lo preceden, los pensamientos que intentan justificarlo y las circunstancias que lo vuelven más probable. El problema no es la ignorancia. El problema es que el conocimiento por sí solo no siempre es suficiente para vencer una costumbre que ha echado raíces durante años.

Irte tampoco es una solución, al menos no de forma permanente. Solo funciona por un tiempo, porque cuando regresas la ansiedad es más fuerte. La distancia ayuda a enfriar el impulso, pero no elimina aquello que lo origina. Nunca he entendido del todo lo que la vida me está enseñando con esto. Tal vez la lección no consiste en dejar de caer, sino en descubrir qué vacío intento llenar cada vez que lo hago.

La verdad es que sentirme solo quizá forma parte del proceso de mejora. No porque la soledad sea buena en sí misma, sino porque obliga a escuchar conversaciones internas que el ruido cotidiano mantiene ocultas. Hay preguntas que nadie puede responder por nosotros. Hay heridas que nadie puede señalar con precisión. Y hay batallas que se libran en silencio, lejos de la mirada de los demás.

He rogado innumerables veces por dejar atrás aquello que me aflige y, sin embargo, ahí sigue; aquí sigo; aquí estamos. Tratando no solo de entender, sino de superar los miedos, los problemas, los conflictos internos, la desconfianza, la deshumanización y el autodesprecio.

Porque el verdadero cansancio no viene de caer. Viene de levantarte una y otra vez con la sensación de que sigues atrapado en el mismo sitio. Viene de preguntarte cuántas oportunidades más mereces. Viene de mirar atrás y descubrir que el enemigo conserva el mismo rostro, aunque tú ya no seas exactamente la misma persona.

Pero ¿cómo voy a poder contra algo que, de buenas a primeras, aparece y se vuelve más grande que yo, que mi cabeza, que mi percepción de la realidad? He pactado conmigo mismo. He acordado salir de ahí y no volver jamás. He restringido mi entorno de tal forma que no sea sencillo caer. He cambiado hábitos, horarios y rutinas. He eliminado caminos enteros para no encontrarme con la tentación. Y, de todas maneras, vuelvo a hacerlo.

Quizá porque el problema nunca estuvo únicamente afuera.

Quizá porque hay una parte de mí que todavía encuentra refugio en aquello que intento abandonar. Una parte pequeña, contradictoria y difícil de aceptar, que sigue buscando consuelo donde también encuentra dolor. Mientras esa contradicción exista, la lucha continuará. No importa cuántas barreras coloque alrededor de mi vida.

El camino a partir de aquí es perdonarme de nuevo. Implorar perdón una vez más. Aceptar el hecho de que mi humanidad es frágil, que tiende a caer con facilidad ante la tentación y que no siempre está a la altura de los ideales que presume defender.

Pero también aceptar algo más.

Aceptar que seguir intentándolo tiene valor.

Porque la derrota definitiva no ocurre cuando vuelves a caer. Ocurre cuando decides que ya no vale la pena levantarte. Y hasta ahora, pese a todas las decepciones, a toda la vergüenza y a todos los tropiezos, todavía sigo regresando a la pelea. Tal vez no con la fuerza que quisiera. Tal vez no con la convicción perfecta. Pero sigo aquí.

Y mientras siga aquí, todavía existe la posibilidad de convertirme en alguien capaz de dejar todo esto atrás.



El Problema

Por
 Te pasa que intentas algo y no lo logras. Lo intentas múltiples veces y al final, después de un tiempo, vuelves a fallar. No sabes cómo hac...