Somos un chiste... Ok, tampoco es la mejor manera de empezar un texto que intenta acercarse a la gente. No es precisamente la clase de apertura que uno usaría para construir una audiencia enorme —como si tuviera una—, pero supongo que cierta honestidad empieza justo en esos lugares incómodos donde uno deja de intentar sonar inteligente.
Y además es verdad.
Somos un chiste raro. Una colección de contradicciones mal acomodadas intentando verse profundas en internet mientras el algoritmo premia bailes, escándalos y personas absurdamente hermosas tomando café frente a una ventana.
A veces pienso que gran parte de mi vida ha consistido en mirar demasiado alto. No hablo solo de expectativas o sueños; hablo de esa costumbre casi involuntaria de fijarme en cosas particularmente inalcanzables. Personas, estilos de vida, ideas, futuros posibles. Cosas que brillan mucho cuando están lejos.
Una vez un amigo me dijo algo que se me quedó pegado más tiempo del que debería:
“Pues claro, te gustan las que a todos nos gustan”.
Y sí. Tenía razón.
Ni siquiera pude defenderme porque entendí exactamente a qué se refería. Lo que me atrae suele ser evidente, casi estadístico. La clase de belleza que entra a un lugar y reorganiza la atención de todos sin pedir permiso. Lo más curioso es que uno quisiera creer que tiene gustos complejos, sofisticados, distintos, pero no siempre es así. A veces uno es brutalmente simple. Ridículamente humano.
Y creo que ahí nace parte de mi frustración.
Porque mientras más arriba colocas la mirada, más difícil se vuelve sentir suficiente para alcanzar algo. Tus estándares dejan de ser una preferencia y empiezan a comportarse como una especie de castigo silencioso. Ves algo hermoso y en lugar de inspirarte, comienzas a calcular distancias.
Distancia económica.
Distancia física.
Distancia social.
Distancia emocional.
Distancia entre lo que eres y lo que imaginas que deberías ser para merecer ciertas cosas.
Lo peor es que esto no se limita al amor. Se infiltra en todo.
En la carrera que elegiste.
En la persona que imaginaste convertirte.
En la versión de ti que jurabas que existiría a estas alturas de la vida.
Y entonces pasa algo extraño: sobrevives, avanzas, haces cosas relativamente funcionales, incluso logras ciertas metas, pero por dentro sigues sintiéndote a medio preparar. Como fruta picada esperando dentro de una licuadora que alguien olvida encender.
No estás destruido. Tampoco terminado.
Solo suspendido.
Como si una parte de ti siguiera esperando el momento exacto donde por fin todo tenga sentido, donde la disciplina dé resultados visibles, donde el esfuerzo deje de sentirse como una inversión emocional de alto riesgo.
Pero quizá así se siente crecer para muchos.
Descubrir que la vida no siempre recompensa la intensidad con la que deseas o trabajas por algo. Descubrir que puedes ser inteligente y aun así perderte. Que puedes esforzarte y aun así sentirte insuficiente frente a personas que parecen haber nacido con el mapa completo.
Y aun así aquí seguimos.
Haciendo textos raros.
Imaginando cursilerías.
Pensando demasiado.
Intentando entender por qué queremos lo que queremos.
Como un chiste que todavía no encuentra bien su remate.
Somos un chiste... Ok, tampoco es la mejor manera de empezar un texto que intenta acercarse a la gente. No es precisamente la clase de apertura que uno usaría para construir una audiencia enorme —como si tuviera una—, pero supongo que cierta honestidad empieza justo en esos lugares incómodos donde uno deja de intentar sonar inteligente.
Y además es verdad.
Somos un chiste raro. Una colección de contradicciones mal acomodadas intentando verse profundas en internet mientras el algoritmo premia bailes, escándalos y personas absurdamente hermosas tomando café frente a una ventana.
A veces pienso que gran parte de mi vida ha consistido en mirar demasiado alto. No hablo solo de expectativas o sueños; hablo de esa costumbre casi involuntaria de fijarme en cosas particularmente inalcanzables. Personas, estilos de vida, ideas, futuros posibles. Cosas que brillan mucho cuando están lejos.
Una vez un amigo me dijo algo que se me quedó pegado más tiempo del que debería:
“Pues claro, te gustan las que a todos nos gustan”.
Y sí. Tenía razón.
Ni siquiera pude defenderme porque entendí exactamente a qué se refería. Lo que me atrae suele ser evidente, casi estadístico. La clase de belleza que entra a un lugar y reorganiza la atención de todos sin pedir permiso. Lo más curioso es que uno quisiera creer que tiene gustos complejos, sofisticados, distintos, pero no siempre es así. A veces uno es brutalmente simple. Ridículamente humano.
Y creo que ahí nace parte de mi frustración.
Porque mientras más arriba colocas la mirada, más difícil se vuelve sentir suficiente para alcanzar algo. Tus estándares dejan de ser una preferencia y empiezan a comportarse como una especie de castigo silencioso. Ves algo hermoso y en lugar de inspirarte, comienzas a calcular distancias.
Distancia económica.
Distancia física.
Distancia social.
Distancia emocional.
Distancia entre lo que eres y lo que imaginas que deberías ser para merecer ciertas cosas.
Lo peor es que esto no se limita al amor. Se infiltra en todo.
En la carrera que elegiste.
En la persona que imaginaste convertirte.
En la versión de ti que jurabas que existiría a estas alturas de la vida.
Y entonces pasa algo extraño: sobrevives, avanzas, haces cosas relativamente funcionales, incluso logras ciertas metas, pero por dentro sigues sintiéndote a medio preparar. Como fruta picada esperando dentro de una licuadora que alguien olvida encender.
No estás destruido. Tampoco terminado.
Solo suspendido.
Como si una parte de ti siguiera esperando el momento exacto donde por fin todo tenga sentido, donde la disciplina dé resultados visibles, donde el esfuerzo deje de sentirse como una inversión emocional de alto riesgo.
Pero quizá así se siente crecer para muchos.
Descubrir que la vida no siempre recompensa la intensidad con la que deseas o trabajas por algo. Descubrir que puedes ser inteligente y aun así perderte. Que puedes esforzarte y aun así sentirte insuficiente frente a personas que parecen haber nacido con el mapa completo.
Y aun así aquí seguimos.
Haciendo textos raros.
Imaginando cursilerías.
Pensando demasiado.
Intentando entender por qué queremos lo que queremos.
Como un chiste que todavía no encuentra bien su remate.









Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.