Quería ponerme a descansar hoy. Llegué al hospedaje, me tiré en la cama, encendí el ventilador y cometí un error bastante predecible: descargar aplicaciones sociales.
Uno abre una de esas cosas para matar cinco minutos y, cuando vuelve a levantar la vista, ya no sabe bien qué pasó con la última media hora. Videos cortos, fotografías, gente opinando sobre temas que jamás me habían interesado y que probablemente volverán a resultarme irrelevantes mañana. Nada nuevo bajo el sol.
Al final aparté el celular, lo dejé lejos de la cama, abrí el procesador de textos y decidí escribir un poco. Nada complejo. Nada que me consuma demasiado tiempo. Solo registrar algunas ideas antes de salir.
En mi plan para reducir cortisol todavía hay tareas pendientes. Necesito retirar dinero, ya que durante el día no se ha podido. Después bajaré al Centro. Tal vez cene unos tacos. Tal vez termine en algún restaurante local. Todavía no lo decido.
La persona que me hospeda me envió una lista de recomendaciones. Ahí están La Finca del Bife, a donde fui hace dos semanas, La Rinconada y Santo Remedio. También un sitio llamado Terrescalli, desde donde, según me dicen, se puede ver toda la ciudad. Los nombres quedaron abiertos en una pestaña del navegador mientras yo seguía acostado, como si fueran posibles versiones de la noche esperando ser elegidas.
Por lo pronto sigo aquí, mientras el ventilador mueve el aire caliente de una esquina a otra de la habitación. La ventana deja entrar el ruido de la calle. No es un ruido molesto. Es el ruido normal de una ciudad que continúa funcionando sin pedirme permiso. Un motor lejano. Una conversación que no alcanzo a entender. Una puerta que se cierra. La vida cotidiana de personas que jamás volveré a ver.
El solo hecho de dejar que el tiempo pase mientras sigo enviando indicaciones de modelado a la herramienta en la que trabajo es una dicha que pocos entienden. Hay algo extraño en eso. Hace algunos años habría parecido una escena absurda. Un hombre acostado en una habitación desconocida, conversando con sistemas que no existen físicamente, refinando ideas que tampoco son tangibles. Sin embargo, para mí tiene sentido.
Pienso que una parte importante de la tranquilidad consiste en no tener que justificar constantemente aquello que nos gusta hacer.
Tirado en la cama, en un lugar donde jamás había estado, conectando con mi soledad —como si no lo hiciera todos los días en casa—, me doy cuenta de que la diferencia no está en estar acompañado o no. La diferencia está en el contexto.
Nadie aquí me conoce.
Nadie sabe cuáles son mis rutinas.
Nadie sabe qué cosas me preocupan cuando intento dormir.
Nadie tiene una versión anterior de mí contra la cual compararme.
Soy, en cierto sentido, una persona nueva.
Quizá por eso me gusta llegar a ciudades desconocidas. Durante unas horas uno deja de ser el personaje principal de su propia historia para convertirse en un observador. Nada más.
A las siete bajaré a caminar. Seguramente terminaré frente a la Parroquia en el parque, observando el movimiento de la gente. Tal vez me siente un rato en un Café y vea cómo la tarde se convierte en noche. Quizá termine recorriendo las calles del Centro sin rumbo fijo, mirando fachadas antiguas y tratando de imaginar cuántas generaciones han pasado frente a las mismas puertas.
Me recomendaron visitar el Museo de Arte Sacro, el Rincón de las Capuchinas y la Casa Museo Agustín Rivera. También me hablaron del Templo del Calvario y de una vieja hacienda llamada Sepúlveda. No sé si alcanzaré a ver todo eso. La verdad es que tampoco tengo prisa, y de algunas cosas, ni ganas.
Siempre he pensado que las ciudades hablan.
No lo hacen con palabras. Lo hacen mediante los negocios que sobreviven, las plazas que permanecen llenas, las calles donde todavía hay personas sentadas conversando cuando cae la tarde. Hablan mediante las panaderías que siguen vendiendo pan dulce después de décadas, los cafés que se convierten en puntos de reunión y los restaurantes que un habitante local recomienda sin pensarlo demasiado.
Quizá por eso disfruto caminar sin un objetivo concreto cuando llego a un lugar nuevo. Uno termina aprendiendo cosas que ninguna guía menciona. Descubre qué tan rápido camina la gente, qué temas aparecen en las conversaciones cercanas, cuáles son los sitios donde se reúne la comunidad y cuáles son los rincones que permanecen vacíos.
Y mientras escribo esto, sigo sin decidir dónde cenaré.
Puede que termine en alguno de los lugares que me recomendaron.
Puede que no.
Al final, la comida suele ser una excusa.
Lo que en realidad vine a buscar fue esta sensación extraña de anonimato. La oportunidad de sentarme en una banca, recorrer unas cuantas calles y observar cómo transcurre la vida de otros mientras la mía continúa avanzando a la misma velocidad.
Quería ponerme a descansar hoy. Llegué al hospedaje, me tiré en la cama, encendí el ventilador y cometí un error bastante predecible: descargar aplicaciones sociales.
Uno abre una de esas cosas para matar cinco minutos y, cuando vuelve a levantar la vista, ya no sabe bien qué pasó con la última media hora. Videos cortos, fotografías, gente opinando sobre temas que jamás me habían interesado y que probablemente volverán a resultarme irrelevantes mañana. Nada nuevo bajo el sol.
Al final aparté el celular, lo dejé lejos de la cama, abrí el procesador de textos y decidí escribir un poco. Nada complejo. Nada que me consuma demasiado tiempo. Solo registrar algunas ideas antes de salir.
En mi plan para reducir cortisol todavía hay tareas pendientes. Necesito retirar dinero, ya que durante el día no se ha podido. Después bajaré al Centro. Tal vez cene unos tacos. Tal vez termine en algún restaurante local. Todavía no lo decido.
La persona que me hospeda me envió una lista de recomendaciones. Ahí están La Finca del Bife, a donde fui hace dos semanas, La Rinconada y Santo Remedio. También un sitio llamado Terrescalli, desde donde, según me dicen, se puede ver toda la ciudad. Los nombres quedaron abiertos en una pestaña del navegador mientras yo seguía acostado, como si fueran posibles versiones de la noche esperando ser elegidas.
Por lo pronto sigo aquí, mientras el ventilador mueve el aire caliente de una esquina a otra de la habitación. La ventana deja entrar el ruido de la calle. No es un ruido molesto. Es el ruido normal de una ciudad que continúa funcionando sin pedirme permiso. Un motor lejano. Una conversación que no alcanzo a entender. Una puerta que se cierra. La vida cotidiana de personas que jamás volveré a ver.
El solo hecho de dejar que el tiempo pase mientras sigo enviando indicaciones de modelado a la herramienta en la que trabajo es una dicha que pocos entienden. Hay algo extraño en eso. Hace algunos años habría parecido una escena absurda. Un hombre acostado en una habitación desconocida, conversando con sistemas que no existen físicamente, refinando ideas que tampoco son tangibles. Sin embargo, para mí tiene sentido.
Pienso que una parte importante de la tranquilidad consiste en no tener que justificar constantemente aquello que nos gusta hacer.
Tirado en la cama, en un lugar donde jamás había estado, conectando con mi soledad —como si no lo hiciera todos los días en casa—, me doy cuenta de que la diferencia no está en estar acompañado o no. La diferencia está en el contexto.
Nadie aquí me conoce.
Nadie sabe cuáles son mis rutinas.
Nadie sabe qué cosas me preocupan cuando intento dormir.
Nadie tiene una versión anterior de mí contra la cual compararme.
Soy, en cierto sentido, una persona nueva.
Quizá por eso me gusta llegar a ciudades desconocidas. Durante unas horas uno deja de ser el personaje principal de su propia historia para convertirse en un observador. Nada más.
A las siete bajaré a caminar. Seguramente terminaré frente a la Parroquia en el parque, observando el movimiento de la gente. Tal vez me siente un rato en un Café y vea cómo la tarde se convierte en noche. Quizá termine recorriendo las calles del Centro sin rumbo fijo, mirando fachadas antiguas y tratando de imaginar cuántas generaciones han pasado frente a las mismas puertas.
Me recomendaron visitar el Museo de Arte Sacro, el Rincón de las Capuchinas y la Casa Museo Agustín Rivera. También me hablaron del Templo del Calvario y de una vieja hacienda llamada Sepúlveda. No sé si alcanzaré a ver todo eso. La verdad es que tampoco tengo prisa, y de algunas cosas, ni ganas.
Siempre he pensado que las ciudades hablan.
No lo hacen con palabras. Lo hacen mediante los negocios que sobreviven, las plazas que permanecen llenas, las calles donde todavía hay personas sentadas conversando cuando cae la tarde. Hablan mediante las panaderías que siguen vendiendo pan dulce después de décadas, los cafés que se convierten en puntos de reunión y los restaurantes que un habitante local recomienda sin pensarlo demasiado.
Quizá por eso disfruto caminar sin un objetivo concreto cuando llego a un lugar nuevo. Uno termina aprendiendo cosas que ninguna guía menciona. Descubre qué tan rápido camina la gente, qué temas aparecen en las conversaciones cercanas, cuáles son los sitios donde se reúne la comunidad y cuáles son los rincones que permanecen vacíos.
Y mientras escribo esto, sigo sin decidir dónde cenaré.
Puede que termine en alguno de los lugares que me recomendaron.
Puede que no.
Al final, la comida suele ser una excusa.
Lo que en realidad vine a buscar fue esta sensación extraña de anonimato. La oportunidad de sentarme en una banca, recorrer unas cuantas calles y observar cómo transcurre la vida de otros mientras la mía continúa avanzando a la misma velocidad.









Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.