Que ignoremos nuestros límites nos hace pensar que, con un solo día de malos hábitos, las cosas cambian por completo. Como si el cuerpo fuera una máquina frágil, incapaz de tolerar errores, como si todo el trabajo previo se evaporara con una mala decisión. Algo tan simple como meterle carbohidratos al cuerpo al inicio del día provoca, al menos en mi caso particular, una constante necesidad de comer, una especie de hambre persistente que no se apaga. Lo aclaro desde ahora: hablo únicamente desde mi experiencia personal, no desde una verdad absoluta ni una regla universal que deba aplicarse a todos.
Venía haciendo mi dieta bien, siguiéndola sin mayores problemas. No con una disciplina militar, pero sí con un respeto honesto hacia lo que sé que me funciona. Y es justo ahí donde llego a una conclusión sencilla sobre la forma en la que mi cuerpo reacciona frente a los abusos alimenticios: tres días de alimentación saludable pueden descomponerse con un solo día de malcomer. No porque el cuerpo sea vengativo, sino porque es extremadamente eficiente en recordarte cuándo te sales del camino que le sienta bien.
No me aflige, tengo que reconocerlo. Es parte de entender cómo funciona mi cuerpo y cómo se activan o se sabotean sus mecanismos de eficiencia. No hay drama, no hay culpa, solo observación. Eso sí, anoche caí muerto a la hora de dormir. Me dormí tarde, quizá alrededor de las dos de la mañana, y desperté tardísimo, después de las once. Me desperté asustado porque perdí una junta que tenía a las diez. Ni modo. Ya pedí perdón a la persona involucrada y voy a pasarle instrucciones claras para resolver la consulta pendiente. Asumir errores también es parte del proceso.
En este año, además de las actividades básicas de mi cuerpo, he aprendido otras cosas. Cosas simples, pero contundentes. Por ejemplo, que la cafeína por la tarde me desvela irremediablemente; que el azúcar añadida a cualquier hora me provoca incomodidad e inflamación; que el abuso de ciertos alimentos termina empujándome hacia vórtices de comportamientos indeseables de los que luego me arrepiento. He aprendido también que la adicción a los carbohidratos es una de las más difíciles de controlar, en niveles comparables a los de fármacos altamente adictivos. No es exageración, es química.
Por lo mismo, he decidido poner más límites, esta vez conmigo mismo. Después de cierta hora voy a apagar el celular y dejarlo en el piso de abajo. Sé que es una herramienta de trabajo importante, pero también es una tentación constante tenerlo siempre a la mano. Igual que otras dependencias, el consumo abusivo de feeds tiene consecuencias negativas, al menos en mi caso. No he bloqueado mis aplicaciones sociales ni pretendo hacerlo. No demonizo su uso. Simplemente acepto que la dosificación es lo que mejor funciona para mí, en favor de una relación más sana conmigo mismo.
Estoy trabajando por una versión funcional, saludable, empática, eficiente y productiva de mi persona. Una versión que sea autosuficiente en la medida de lo posible, pero que también sepa colocar límites y delegar responsabilidades cuando sea necesario. Tener gente que me respalde, que me acompañe y que me haga fuerte es lo que realmente me vuelve imparable. La soledad, entendida como aislamiento voluntario por ego o miedo, no es fortaleza; muchas veces es solo una falta de carácter disfrazada de independencia.
Estoy haciendo las paces con mi cerebro, con mi corazón y con el resto de mis órganos. Los necesito saludables y funcionales para que el sentido de mi vida apunte hacia el lugar correcto. Una mente llena de dudas suele ser consecuencia de la falta de propósito. Por eso me esfuerzo en mantener presente que mi enfoque está puesto en virtudes más grandes, en herramientas y habilidades que me acerquen a un camino más amplio, más digno, más congruente con quien quiero ser.
Claro que me gusta escribir historias y que quiero hacerlo con mayor frecuencia. La escritura sigue siendo una forma de ordenarme. Pero también me gusta caminar, moverme, permitir que mis neuronas trabajen con claridad. Me motiva hacer dinero, sí, pero no con el objetivo exclusivo de enriquecerme. Quiero estabilidad para no padecer carencias y para poder derramar bendición sobre quienes me rodean. De nada sirve ser un multimillonario amargado y solitario, desconfiando de todo y de todos. Qué vida tan incómoda, qué forma tan triste de existir.
Obviamente tengo deseos. Por supuesto que anhelo posesiones. Hay objetos brillantes que llaman mi atención y no voy a fingir que no es así. Pero mis objetivos van mucho más allá de lo tangible, y eso debe convertirse en un mantra constante. No porque hoy tenga poco o mañana tenga mucho debo pensar distinto en ese sentido. Al final, de eso se trata: no de compensar carencias con objetos, sino de nutrir experiencias que nos conecten con algo más profundo.
Mi plan es convertirme en alguien extremadamente atractivo, generoso, virtuoso, talentoso, creativo y sabio. ¿Por qué? Porque, en el fondo del corazón, eso es lo que todos queremos. No estoy descubriendo el hilo negro de la existencia humana; solo estoy siendo honesto conmigo mismo. Nombrar lo que se desea también es una forma de empezar a caminar hacia ello.
Esto no es un comunicado ni una publicación pensada para el feed principal de mis redes sociales. Es algo público, sí, porque vive en mi blog personal, pero es ante todo un ejercicio de autoconciliación. Un pacto conmigo mismo que reconoce emociones, límites y errores, pero que también propone un deseo genuino de mejora. No desde la exigencia violenta, sino desde la coherencia.
En un mundo donde constantemente se nos bombardea con mensajes que nos recuerdan todo aquello que “nos falta” para ser suficientes, estoy eligiendo aceptar la realidad tal como es y, al mismo tiempo, rechazar el statu quo. Estoy convencido de que mi realidad no depende de lo que el entorno me imponga, sino de lo que yo haga con las herramientas que tengo a mi alcance. Sin miedo. Con responsabilidad. Y, sobre todo, con intención.
Que ignoremos nuestros límites nos hace pensar que, con un solo día de malos hábitos, las cosas cambian por completo. Como si el cuerpo fuera una máquina frágil, incapaz de tolerar errores, como si todo el trabajo previo se evaporara con una mala decisión. Algo tan simple como meterle carbohidratos al cuerpo al inicio del día provoca, al menos en mi caso particular, una constante necesidad de comer, una especie de hambre persistente que no se apaga. Lo aclaro desde ahora: hablo únicamente desde mi experiencia personal, no desde una verdad absoluta ni una regla universal que deba aplicarse a todos.
Venía haciendo mi dieta bien, siguiéndola sin mayores problemas. No con una disciplina militar, pero sí con un respeto honesto hacia lo que sé que me funciona. Y es justo ahí donde llego a una conclusión sencilla sobre la forma en la que mi cuerpo reacciona frente a los abusos alimenticios: tres días de alimentación saludable pueden descomponerse con un solo día de malcomer. No porque el cuerpo sea vengativo, sino porque es extremadamente eficiente en recordarte cuándo te sales del camino que le sienta bien.
No me aflige, tengo que reconocerlo. Es parte de entender cómo funciona mi cuerpo y cómo se activan o se sabotean sus mecanismos de eficiencia. No hay drama, no hay culpa, solo observación. Eso sí, anoche caí muerto a la hora de dormir. Me dormí tarde, quizá alrededor de las dos de la mañana, y desperté tardísimo, después de las once. Me desperté asustado porque perdí una junta que tenía a las diez. Ni modo. Ya pedí perdón a la persona involucrada y voy a pasarle instrucciones claras para resolver la consulta pendiente. Asumir errores también es parte del proceso.
En este año, además de las actividades básicas de mi cuerpo, he aprendido otras cosas. Cosas simples, pero contundentes. Por ejemplo, que la cafeína por la tarde me desvela irremediablemente; que el azúcar añadida a cualquier hora me provoca incomodidad e inflamación; que el abuso de ciertos alimentos termina empujándome hacia vórtices de comportamientos indeseables de los que luego me arrepiento. He aprendido también que la adicción a los carbohidratos es una de las más difíciles de controlar, en niveles comparables a los de fármacos altamente adictivos. No es exageración, es química.
Por lo mismo, he decidido poner más límites, esta vez conmigo mismo. Después de cierta hora voy a apagar el celular y dejarlo en el piso de abajo. Sé que es una herramienta de trabajo importante, pero también es una tentación constante tenerlo siempre a la mano. Igual que otras dependencias, el consumo abusivo de feeds tiene consecuencias negativas, al menos en mi caso. No he bloqueado mis aplicaciones sociales ni pretendo hacerlo. No demonizo su uso. Simplemente acepto que la dosificación es lo que mejor funciona para mí, en favor de una relación más sana conmigo mismo.
Estoy trabajando por una versión funcional, saludable, empática, eficiente y productiva de mi persona. Una versión que sea autosuficiente en la medida de lo posible, pero que también sepa colocar límites y delegar responsabilidades cuando sea necesario. Tener gente que me respalde, que me acompañe y que me haga fuerte es lo que realmente me vuelve imparable. La soledad, entendida como aislamiento voluntario por ego o miedo, no es fortaleza; muchas veces es solo una falta de carácter disfrazada de independencia.
Estoy haciendo las paces con mi cerebro, con mi corazón y con el resto de mis órganos. Los necesito saludables y funcionales para que el sentido de mi vida apunte hacia el lugar correcto. Una mente llena de dudas suele ser consecuencia de la falta de propósito. Por eso me esfuerzo en mantener presente que mi enfoque está puesto en virtudes más grandes, en herramientas y habilidades que me acerquen a un camino más amplio, más digno, más congruente con quien quiero ser.
Claro que me gusta escribir historias y que quiero hacerlo con mayor frecuencia. La escritura sigue siendo una forma de ordenarme. Pero también me gusta caminar, moverme, permitir que mis neuronas trabajen con claridad. Me motiva hacer dinero, sí, pero no con el objetivo exclusivo de enriquecerme. Quiero estabilidad para no padecer carencias y para poder derramar bendición sobre quienes me rodean. De nada sirve ser un multimillonario amargado y solitario, desconfiando de todo y de todos. Qué vida tan incómoda, qué forma tan triste de existir.
Obviamente tengo deseos. Por supuesto que anhelo posesiones. Hay objetos brillantes que llaman mi atención y no voy a fingir que no es así. Pero mis objetivos van mucho más allá de lo tangible, y eso debe convertirse en un mantra constante. No porque hoy tenga poco o mañana tenga mucho debo pensar distinto en ese sentido. Al final, de eso se trata: no de compensar carencias con objetos, sino de nutrir experiencias que nos conecten con algo más profundo.
Mi plan es convertirme en alguien extremadamente atractivo, generoso, virtuoso, talentoso, creativo y sabio. ¿Por qué? Porque, en el fondo del corazón, eso es lo que todos queremos. No estoy descubriendo el hilo negro de la existencia humana; solo estoy siendo honesto conmigo mismo. Nombrar lo que se desea también es una forma de empezar a caminar hacia ello.
Esto no es un comunicado ni una publicación pensada para el feed principal de mis redes sociales. Es algo público, sí, porque vive en mi blog personal, pero es ante todo un ejercicio de autoconciliación. Un pacto conmigo mismo que reconoce emociones, límites y errores, pero que también propone un deseo genuino de mejora. No desde la exigencia violenta, sino desde la coherencia.
En un mundo donde constantemente se nos bombardea con mensajes que nos recuerdan todo aquello que “nos falta” para ser suficientes, estoy eligiendo aceptar la realidad tal como es y, al mismo tiempo, rechazar el statu quo. Estoy convencido de que mi realidad no depende de lo que el entorno me imponga, sino de lo que yo haga con las herramientas que tengo a mi alcance. Sin miedo. Con responsabilidad. Y, sobre todo, con intención.








Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.