Buenos días. Ha comenzado un año más y vengo con ganas de expresarme después de un mes de ausencia. Estuve en casa de mis papás durante este tiempo. Decidí no llevarme la computadora personal conmigo (solo llevé la del trabajo) y ahora que he regresado, arrastro un leve desorden en cuanto a mis horarios de sueño. Normal después de tanto desvelo estando allá; espero recuperar mis hábitos saludables pronto. Al final, estos pequeños desajustes también funcionan como recordatorios de que el cuerpo pasa factura cuando uno baja la guardia, incluso en periodos que deberían ser de descanso.
Uno de mis propósitos de este año está enfocado en escribir al menos un relato corto al mes. No es una meta grandilocuente ni espectacular, pero sí honesta y sostenible. Y así, de ser posible, cuando lleve unos diez u once, colocarlos en una especie de antología. No como una publicación definitiva ni como un punto de llegada, sino como un registro tangible del proceso, de la constancia y de la disciplina creativa. Veremos qué ocurre; al final, escribir también es aprender a convivir con la incertidumbre.
Diciembre es un mes para recapacitar sobre lo que se ha conseguido en el año, para mirar con nostalgia a quienes se fueron y también para mentalizarse respecto a lo que viene; suelo utilizarlo para poner mis objetivos en orden y finalizar aquellos que sea posible. Concluir ciclos, si se quiere ver de alguna forma. Es un mes extraño, cargado de silencios, balances internos y despedidas que no siempre se verbalizan. Un mes que invita tanto al recogimiento como a la proyección.
En los últimos años he alcanzado aproximadamente un ochenta por ciento de los propósitos que me he puesto al inicio de cada año. No todos se han logrado; algunos los he dejado atrás porque al final no fueron retos que de verdad me importaran. Supongo que así es la vida: muchas de las intenciones y deseos que tenemos pueden diluirse porque no son para nosotros, porque son caminos que no nos corresponde andar, aunque en nuestra necedad y necesidad a veces nos empeñamos en seguir dando pasos en el sentido erróneo. Es nuestra mente traicionera, tal vez, la que nos hace confiar en nuestras capacidades cuando son demasiadas las variables que deciden qué y qué no nos será posible. Aprender a soltar, en ese sentido, también es una forma de madurez.
Dicho lo anterior, me gustaría dar la bienvenida a un año más, con el ánimo de que sea un año favorable y benevolente. Que las cosas en el trabajo resulten positivas; que al final me liberen del proyecto que drena mis energías y, en lugar de eso, pueda explorar y explotar habilidades sin acabar harto y exhausto cada día; que se me permita proponer y realizar, que tenga la oportunidad de aprender y estudiar. Más que ascensos o reconocimientos, deseo espacios donde el crecimiento no sea una palabra vacía, sino una práctica cotidiana.
Es verdad que la llegada de las IAs resulta aterradora cuando pensamos en el número de empleos que puede llevarse consigo. La velocidad del cambio abruma, y la sensación de reemplazo es difícil de ignorar. Sin embargo, es una tecnología que llegó para quedarse y, así como las calculadoras o las computadoras en su momento, hemos de aprender a convivir con ella sin demonizar el avance tecnológico que representa. Es probable incluso que nos sirva para mejorar las condiciones de vida y la manera en la que producimos, siempre y cuando exista criterio, regulación y ética.
En un mundo ideal, esperaría que la existencia de herramientas tan poderosas nos permita, como humanos, disfrutar, explorar y expandir nuestra individualidad y nuestras características artísticas; además de conectar con otros y empatizar con un mundo donde el acceso al futuro esté más democratizado. Que la tecnología no nos quite humanidad, sino que nos obligue a redefinirla y a protegerla con mayor conciencia.
Es utópico pensar así, lo sé; porque estamos experimentando días de formidable tecnología a precios irrisorios, a cambio de darle acceso y jerarquía a modelos avanzados sobre una inmensa cantidad de información. Información que, sin afán de leerme paranoico, puede en cualquier momento caer en manos equivocadas o ser utilizada con malicia. La historia reciente nos ha enseñado que todo avance conlleva riesgos, y que el problema casi nunca es la herramienta, sino la intención detrás de su uso.
Pero, en fin, no vengo a quejarme de la tecnología ni del hecho de que es muy probable que muchos de nosotros perdamos empleos como consecuencia de su uso indiscriminado o dinero por el simple reventar de la burbuja; mi plan aquí es aceptar mi tarea y prometer que, en lo que se encuentre dentro de mi alcance, actuaré con responsabilidad. Y sí, claro que voy a seguir utilizando cualquier producto que mejore y haga más eficiente nuestro estilo de vida, pero trataré de priorizar de ahora en adelante mi propia existencia, mi plenitud y la de quienes me rodean.
Porque este mes fuera me enseñó que descanso mucho menos de lo que debería, y que no importa cuánto uno se entregue al trabajo: somos simples números destinados a producir hasta que dejamos de hacerlo y terminamos desechados, pues pertenecemos a un sistema insaciable. Reconocer esto no es pesimismo, es lucidez. Y desde esa lucidez, tomar decisiones distintas se vuelve no solo necesario, sino urgente.
Hablando de sistemas, estoy planeando mejor mis días y semanas a partir de seguir uno que me ayude a gestionar mis recursos —tiempo, dinero, energía—. Entender que estos recursos son finitos cambia la manera en la que uno se relaciona con ellos. Dentro de poco emplearé a alguien más que me ayude en casa; sigo resolviendo pendientes y organizando el tema financiero, pero ese punto lo tengo ahí, en espera. Deseo que alguien se haga cargo de mantener la casa en orden mientras yo me dedico a producir cuando esté aquí, sin sentir que todo recae sobre mis hombros.
También es saludable la compañía, porque estando uno solo es muy fácil caer en el círculo vicioso de la autocompasión por la soledad. La presencia de otro, incluso en silencio, puede ser un ancla a la realidad y un recordatorio de que no todo se resuelve desde el aislamiento.
Otro de los cambios que tengo para el periodo que sigue es que he dividido en niveles los propósitos que me he planteado. Así, por ejemplo, un sueño que tengo para “no sé cuándo” lo convertí en una serie de pasos anuales, mensuales y semanales que harán ese sueño posible en un futuro próximo. A veces la obsesión por una meta en específico provoca que olvidemos lo indispensable que es el trayecto para que sea alcanzable, y es por eso que también reduje el número de objetivos. Menos metas, pero más claras; menos ruido, pero más dirección.
Así pues, si mi meta es ahorrar mil pesos y consigo ahorrar cien pesos cada mes, al final del año la habré cumplido. Parece simple, pero en esa simplicidad reside la constancia, y en la constancia, el verdadero cambio. Aprender a celebrar los avances pequeños también es una forma de cuidar la motivación.
En resumen, este año deseo poder amarme más y ser bendición para quienes me rodean. Lograr construir una versión un poco mejor de mí y aprender a utilizar con excelencia cualquier herramienta que esté a mi disposición. Mejorar en cuanto a salud, finanzas, caballerosidad, productividad, creatividad, conocimiento y relaciones. No como una lista de exigencias, sino como áreas vivas que merecen atención y respeto.
Sin más, espero que tengamos un año repleto de dicha, paz, belleza y felicidad. Que nada nos falte y podamos ver avances en nuestros proyectos de vida. Que el cielo, el mar, el silencio, las noches, los días, las estrellas, las nubes, el sol, los árboles, los animales y la naturaleza nos acompañen y estén presentes en nuestra existencia.
Que este año no pase por nosotros: que nos atraviese, nos sacuda y nos obligue a vivir con intención, porque el tiempo no se recupera y la vida no admite borradores. Que sea un hermoso año.
Buenos días. Ha comenzado un año más y vengo con ganas de expresarme después de un mes de ausencia. Estuve en casa de mis papás durante este tiempo. Decidí no llevarme la computadora personal conmigo (solo llevé la del trabajo) y ahora que he regresado, arrastro un leve desorden en cuanto a mis horarios de sueño. Normal después de tanto desvelo estando allá; espero recuperar mis hábitos saludables pronto. Al final, estos pequeños desajustes también funcionan como recordatorios de que el cuerpo pasa factura cuando uno baja la guardia, incluso en periodos que deberían ser de descanso.
Uno de mis propósitos de este año está enfocado en escribir al menos un relato corto al mes. No es una meta grandilocuente ni espectacular, pero sí honesta y sostenible. Y así, de ser posible, cuando lleve unos diez u once, colocarlos en una especie de antología. No como una publicación definitiva ni como un punto de llegada, sino como un registro tangible del proceso, de la constancia y de la disciplina creativa. Veremos qué ocurre; al final, escribir también es aprender a convivir con la incertidumbre.
Diciembre es un mes para recapacitar sobre lo que se ha conseguido en el año, para mirar con nostalgia a quienes se fueron y también para mentalizarse respecto a lo que viene; suelo utilizarlo para poner mis objetivos en orden y finalizar aquellos que sea posible. Concluir ciclos, si se quiere ver de alguna forma. Es un mes extraño, cargado de silencios, balances internos y despedidas que no siempre se verbalizan. Un mes que invita tanto al recogimiento como a la proyección.
En los últimos años he alcanzado aproximadamente un ochenta por ciento de los propósitos que me he puesto al inicio de cada año. No todos se han logrado; algunos los he dejado atrás porque al final no fueron retos que de verdad me importaran. Supongo que así es la vida: muchas de las intenciones y deseos que tenemos pueden diluirse porque no son para nosotros, porque son caminos que no nos corresponde andar, aunque en nuestra necedad y necesidad a veces nos empeñamos en seguir dando pasos en el sentido erróneo. Es nuestra mente traicionera, tal vez, la que nos hace confiar en nuestras capacidades cuando son demasiadas las variables que deciden qué y qué no nos será posible. Aprender a soltar, en ese sentido, también es una forma de madurez.
Dicho lo anterior, me gustaría dar la bienvenida a un año más, con el ánimo de que sea un año favorable y benevolente. Que las cosas en el trabajo resulten positivas; que al final me liberen del proyecto que drena mis energías y, en lugar de eso, pueda explorar y explotar habilidades sin acabar harto y exhausto cada día; que se me permita proponer y realizar, que tenga la oportunidad de aprender y estudiar. Más que ascensos o reconocimientos, deseo espacios donde el crecimiento no sea una palabra vacía, sino una práctica cotidiana.
Es verdad que la llegada de las IAs resulta aterradora cuando pensamos en el número de empleos que puede llevarse consigo. La velocidad del cambio abruma, y la sensación de reemplazo es difícil de ignorar. Sin embargo, es una tecnología que llegó para quedarse y, así como las calculadoras o las computadoras en su momento, hemos de aprender a convivir con ella sin demonizar el avance tecnológico que representa. Es probable incluso que nos sirva para mejorar las condiciones de vida y la manera en la que producimos, siempre y cuando exista criterio, regulación y ética.
En un mundo ideal, esperaría que la existencia de herramientas tan poderosas nos permita, como humanos, disfrutar, explorar y expandir nuestra individualidad y nuestras características artísticas; además de conectar con otros y empatizar con un mundo donde el acceso al futuro esté más democratizado. Que la tecnología no nos quite humanidad, sino que nos obligue a redefinirla y a protegerla con mayor conciencia.
Es utópico pensar así, lo sé; porque estamos experimentando días de formidable tecnología a precios irrisorios, a cambio de darle acceso y jerarquía a modelos avanzados sobre una inmensa cantidad de información. Información que, sin afán de leerme paranoico, puede en cualquier momento caer en manos equivocadas o ser utilizada con malicia. La historia reciente nos ha enseñado que todo avance conlleva riesgos, y que el problema casi nunca es la herramienta, sino la intención detrás de su uso.
Pero, en fin, no vengo a quejarme de la tecnología ni del hecho de que es muy probable que muchos de nosotros perdamos empleos como consecuencia de su uso indiscriminado o dinero por el simple reventar de la burbuja; mi plan aquí es aceptar mi tarea y prometer que, en lo que se encuentre dentro de mi alcance, actuaré con responsabilidad. Y sí, claro que voy a seguir utilizando cualquier producto que mejore y haga más eficiente nuestro estilo de vida, pero trataré de priorizar de ahora en adelante mi propia existencia, mi plenitud y la de quienes me rodean.
Porque este mes fuera me enseñó que descanso mucho menos de lo que debería, y que no importa cuánto uno se entregue al trabajo: somos simples números destinados a producir hasta que dejamos de hacerlo y terminamos desechados, pues pertenecemos a un sistema insaciable. Reconocer esto no es pesimismo, es lucidez. Y desde esa lucidez, tomar decisiones distintas se vuelve no solo necesario, sino urgente.
Hablando de sistemas, estoy planeando mejor mis días y semanas a partir de seguir uno que me ayude a gestionar mis recursos —tiempo, dinero, energía—. Entender que estos recursos son finitos cambia la manera en la que uno se relaciona con ellos. Dentro de poco emplearé a alguien más que me ayude en casa; sigo resolviendo pendientes y organizando el tema financiero, pero ese punto lo tengo ahí, en espera. Deseo que alguien se haga cargo de mantener la casa en orden mientras yo me dedico a producir cuando esté aquí, sin sentir que todo recae sobre mis hombros.
También es saludable la compañía, porque estando uno solo es muy fácil caer en el círculo vicioso de la autocompasión por la soledad. La presencia de otro, incluso en silencio, puede ser un ancla a la realidad y un recordatorio de que no todo se resuelve desde el aislamiento.
Otro de los cambios que tengo para el periodo que sigue es que he dividido en niveles los propósitos que me he planteado. Así, por ejemplo, un sueño que tengo para “no sé cuándo” lo convertí en una serie de pasos anuales, mensuales y semanales que harán ese sueño posible en un futuro próximo. A veces la obsesión por una meta en específico provoca que olvidemos lo indispensable que es el trayecto para que sea alcanzable, y es por eso que también reduje el número de objetivos. Menos metas, pero más claras; menos ruido, pero más dirección.
Así pues, si mi meta es ahorrar mil pesos y consigo ahorrar cien pesos cada mes, al final del año la habré cumplido. Parece simple, pero en esa simplicidad reside la constancia, y en la constancia, el verdadero cambio. Aprender a celebrar los avances pequeños también es una forma de cuidar la motivación.
En resumen, este año deseo poder amarme más y ser bendición para quienes me rodean. Lograr construir una versión un poco mejor de mí y aprender a utilizar con excelencia cualquier herramienta que esté a mi disposición. Mejorar en cuanto a salud, finanzas, caballerosidad, productividad, creatividad, conocimiento y relaciones. No como una lista de exigencias, sino como áreas vivas que merecen atención y respeto.
Sin más, espero que tengamos un año repleto de dicha, paz, belleza y felicidad. Que nada nos falte y podamos ver avances en nuestros proyectos de vida. Que el cielo, el mar, el silencio, las noches, los días, las estrellas, las nubes, el sol, los árboles, los animales y la naturaleza nos acompañen y estén presentes en nuestra existencia.
Que este año no pase por nosotros: que nos atraviese, nos sacuda y nos obligue a vivir con intención, porque el tiempo no se recupera y la vida no admite borradores. Que sea un hermoso año.









Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.