Saturación De Ruido

 Las campanadas de la iglesia resuenan a una cuadra de distancia. Más allá, otras iglesias parecen responderles en sincronía. Dentro del local, la música suena a un volumen considerable. Afuera, al pie de la calle, pasan coches con sus propias canciones compitiendo por dominar el ambiente. Cerca de mí, una chica sostiene una videollamada con su madre; ambas elevan la voz para vencer los problemas de conexión. Frente a mí, una familia entera mantiene una discusión apasionada donde cada integrante intenta hacerse escuchar por encima de los demás.

¿En dónde estoy?

¿Y por qué de repente me está provocando tanta incomodidad el ruido del entorno?

Mi primera reacción es culpar a todo lo que me rodea. Es fácil hacerlo. Cuando uno se siente mal, resulta tentador buscar responsables en el paisaje. Convertir cada sonido en una agresión. Cada interrupción en una prueba de que algo está fuera de lugar.

Pero conforme pasan los minutos empiezo a cuestionar mi propio diagnóstico.

Las campanadas dejaron de sonar después de un minuto.

La chica de la videollamada probablemente lleva días o semanas sin ver a su familia y encontró en el domingo por la tarde el momento para ponerse al corriente con ellos.

La familia no está peleando. Bueno, quizá sí un poco. Pero también se nota que están disfrutando la comida y la compañía mutua. Como detalle adicional, después de observarlos unos segundos, debo admitir que aquí son muy bonitas las señoras. Se nota que en sus años de juventud debieron llamar bastante la atención.

Sigo.

Es cierto que pasan coches ruidosos, pero sucede de forma esporádica. Mucho menos frecuente de lo que mi molestia inicial me hizo creer.

Y la música. Bueno, la música está reproduciendo canciones que no me gustan. Eso no la convierte en un problema. El desagrado también es un sesgo.

Entonces empiezo a sospechar que el ruido no es el verdadero asunto.

Lo que está pasando en realidad es que tengo sueño.

Me siento agotado.

El sol ha hecho mella en mí durante buena parte del día y eso, combinado con los problemas para dormir de la noche anterior, terminó por provocarme dolor de cabeza. Mi cuerpo está cansado y mi mente está utilizando todo lo que ocurre alrededor para justificar ese malestar.

El mundo no cambió.

El que cambió fui yo.

Necesito respirar más. Tomarme las cosas con calma. Evitar que el entorno me consuma y que el estrés me convenza de que todo está mal cuando quizá lo único que necesito es descansar.

Tomo un sorbo profundo de mi bebida.

Un cold brew tonic de cítricos.

Extremadamente refrescante.

Suspiro.

Hay otro fenómeno curioso que he experimentado durante estos días. La cantidad de personas que me han abordado en la calle para pedir dinero.

Entre quienes aseguran estar enfermos, quienes dicen no tener para comer y quienes simplemente piden porque sí, calculo que al menos unas doce personas se me han acercado durante los últimos dos días. Entre una historia y otra, probablemente me han sacado cerca de trescientos pesos.

Y es que tengo corazón de pollo.

Me resulta demasiado fácil creer lo que me cuenta la gente cuando parecen sinceros. Sobre todo cuando hablan de enfermedad, hambre o dificultades económicas. Algo dentro de mí siempre quiere pensar que están diciendo la verdad.

No menciono esto para parecer generoso.

Mi generosidad no se mide por la cantidad de dinero que entrego en una banqueta.

Sí me considero una persona generosa, pero hay una diferencia entre dar porque uno quiere hacerlo y dar porque alguien encontró la forma de exprimir esa parte sensible de uno mismo.

Tampoco lo digo con desprecio hacia quienes piden ayuda. Al contrario. La empatía es precisamente lo que me impulsa a ayudarlos cuando puedo.

Lo menciono porque forma parte de la experiencia.

Porque, igual que el ruido, son pequeñas demandas constantes de atención.

Historias.

Rostros.

Peticiones.

Voces.

Todo reclamando un poco de espacio dentro de mi cabeza.

Otro sorbito.

Qué deliciosa sabe esta cosa.

Poco a poco me he ido metiendo tanto en lo que ocurre dentro de mi propia burbuja que he empezado a ignorar buena parte de lo que sucede alrededor.

Y quizá esa sea una habilidad importante.

No porque el mundo exterior carezca de valor, sino porque hay días en los que uno necesita distinguir entre lo que realmente está ocurriendo afuera y lo que está ocurriendo dentro de uno mismo.

Mientras menos permita que el ruido de afuera determine mi estado de ánimo, más energía tendré para cuidar lo que sucede aquí adentro.



 Las campanadas de la iglesia resuenan a una cuadra de distancia. Más allá, otras iglesias parecen responderles en sincronía. Dentro del local, la música suena a un volumen considerable. Afuera, al pie de la calle, pasan coches con sus propias canciones compitiendo por dominar el ambiente. Cerca de mí, una chica sostiene una videollamada con su madre; ambas elevan la voz para vencer los problemas de conexión. Frente a mí, una familia entera mantiene una discusión apasionada donde cada integrante intenta hacerse escuchar por encima de los demás.

¿En dónde estoy?

¿Y por qué de repente me está provocando tanta incomodidad el ruido del entorno?

Mi primera reacción es culpar a todo lo que me rodea. Es fácil hacerlo. Cuando uno se siente mal, resulta tentador buscar responsables en el paisaje. Convertir cada sonido en una agresión. Cada interrupción en una prueba de que algo está fuera de lugar.

Pero conforme pasan los minutos empiezo a cuestionar mi propio diagnóstico.

Las campanadas dejaron de sonar después de un minuto.

La chica de la videollamada probablemente lleva días o semanas sin ver a su familia y encontró en el domingo por la tarde el momento para ponerse al corriente con ellos.

La familia no está peleando. Bueno, quizá sí un poco. Pero también se nota que están disfrutando la comida y la compañía mutua. Como detalle adicional, después de observarlos unos segundos, debo admitir que aquí son muy bonitas las señoras. Se nota que en sus años de juventud debieron llamar bastante la atención.

Sigo.

Es cierto que pasan coches ruidosos, pero sucede de forma esporádica. Mucho menos frecuente de lo que mi molestia inicial me hizo creer.

Y la música. Bueno, la música está reproduciendo canciones que no me gustan. Eso no la convierte en un problema. El desagrado también es un sesgo.

Entonces empiezo a sospechar que el ruido no es el verdadero asunto.

Lo que está pasando en realidad es que tengo sueño.

Me siento agotado.

El sol ha hecho mella en mí durante buena parte del día y eso, combinado con los problemas para dormir de la noche anterior, terminó por provocarme dolor de cabeza. Mi cuerpo está cansado y mi mente está utilizando todo lo que ocurre alrededor para justificar ese malestar.

El mundo no cambió.

El que cambió fui yo.

Necesito respirar más. Tomarme las cosas con calma. Evitar que el entorno me consuma y que el estrés me convenza de que todo está mal cuando quizá lo único que necesito es descansar.

Tomo un sorbo profundo de mi bebida.

Un cold brew tonic de cítricos.

Extremadamente refrescante.

Suspiro.

Hay otro fenómeno curioso que he experimentado durante estos días. La cantidad de personas que me han abordado en la calle para pedir dinero.

Entre quienes aseguran estar enfermos, quienes dicen no tener para comer y quienes simplemente piden porque sí, calculo que al menos unas doce personas se me han acercado durante los últimos dos días. Entre una historia y otra, probablemente me han sacado cerca de trescientos pesos.

Y es que tengo corazón de pollo.

Me resulta demasiado fácil creer lo que me cuenta la gente cuando parecen sinceros. Sobre todo cuando hablan de enfermedad, hambre o dificultades económicas. Algo dentro de mí siempre quiere pensar que están diciendo la verdad.

No menciono esto para parecer generoso.

Mi generosidad no se mide por la cantidad de dinero que entrego en una banqueta.

Sí me considero una persona generosa, pero hay una diferencia entre dar porque uno quiere hacerlo y dar porque alguien encontró la forma de exprimir esa parte sensible de uno mismo.

Tampoco lo digo con desprecio hacia quienes piden ayuda. Al contrario. La empatía es precisamente lo que me impulsa a ayudarlos cuando puedo.

Lo menciono porque forma parte de la experiencia.

Porque, igual que el ruido, son pequeñas demandas constantes de atención.

Historias.

Rostros.

Peticiones.

Voces.

Todo reclamando un poco de espacio dentro de mi cabeza.

Otro sorbito.

Qué deliciosa sabe esta cosa.

Poco a poco me he ido metiendo tanto en lo que ocurre dentro de mi propia burbuja que he empezado a ignorar buena parte de lo que sucede alrededor.

Y quizá esa sea una habilidad importante.

No porque el mundo exterior carezca de valor, sino porque hay días en los que uno necesita distinguir entre lo que realmente está ocurriendo afuera y lo que está ocurriendo dentro de uno mismo.

Mientras menos permita que el ruido de afuera determine mi estado de ánimo, más energía tendré para cuidar lo que sucede aquí adentro.



Seguir Leyendo

 ¿Es la vida una ficción sobrecargada? ¿Y lo que asumimos como realidad no es más que un conjunto de eventos aleatorios que se escapan de cualquier narrativa que intentamos imponerles?

No es una pregunta que me robe el sueño. Al final, de lo que se trata es de entender que el alcance de nuestra influencia termina por definir los límites de nuestra propia vida. Por esa razón, la existencia puede ser tan inmensa o tan sencilla como cada quien decida verla.

Empecé a escribir con la intención de llegar a viejo, pero muy viejo, y sentarme en cualquier lugar a leerme para pasar el rato. Por distracción, por afición a la lectura o por simple entretenimiento. Porque cuando uno llega a cierta edad, si llega solo —que es como muchas veces se llega— descubre que el resto del mundo ha seguido avanzando. Las costumbres cambian, las referencias desaparecen y la forma misma de vivir se transforma hasta volverte un extraño en el tiempo que te toca habitar.

Quizá por eso me gusta creer en el sueño de tener mi propio lugar. Un espacio con mis propias cosas, con acceso a todo lo necesario para vivir con comodidad, con ingresos suficientes y retornos de inversión que me permitan dedicarme a aquello que más disfruto: leer y escribir.

Soy un romántico de la literatura y la belleza. Más que un filósofo de recámara o un autor de café, me considero alguien que celebra los pequeños momentos. Una persona que encuentra significado en las conexiones humanas, que intenta entenderse primero a sí misma para después ocupar un lugar dentro del entorno que la rodea.

Y bajo esa premisa, establecer límites interpersonales resulta importante. Porque si dependiera de mí, podría convertirme en un verdadero dictador de la atención, en un representante del control o en un doctor honorario del mundo de la opinión. Pero no soy nada de eso. Solo soy un ser humano tratando de entender su propia vida, cometiendo errores como cualquiera, descargando frustraciones contra sus miedos y tropezando una y otra vez con sus propios vicios.

Esa insignificancia termina por volverme parte de aquello que algunas veces señalo y otras simplemente envidio. Porque el deseo de pertenecer, de pasar desapercibido, de llegar a un lugar, pedir algo para tomar y sentarme a escribir durante un rato sigue siendo una de las motivaciones de cada mañana.

Lo curioso es que aquello que más me aleja de los demás dentro de un microcontexto social suele ser también lo que más me conecta con ellos. Las palabras que aparecen en mi mente sin previo aviso, las historias improvisadas que construyo mientras espero mi turno para ordenar un café, las observaciones fugaces sobre la gente que entra y sale del lugar.

Ver pasar a un par de mujeres esplendorosas de ojos azules en la fila, en la plenitud de su juventud, imaginar quiénes son, qué hacen, qué las preocupa o qué las ilusiona, no me vuelve distinto. Me vuelve humano. Al final, todos vivimos rodeados de desconocidos y todos intentamos completar, con fragmentos e intuiciones, las historias que nunca llegaremos a conocer por completo.



 Tengo una necesidad que no había considerado en el pasado reciente. Una que había venido postergando porque suelo moverme en entornos muy pequeños. Sin embargo, cuando sales de tu zona de confort, descubres que estaba ahí desde antes, esperando hacerse notar.

Viajar tiene una cualidad curiosa. Uno piensa que va a desconectarse, pero lo primero que termina observando son las comodidades y los privilegios que forman parte de la vida cotidiana. Más que desconectar, aparece el efecto de la carencia. Empiezas a notar todo aquello que normalmente das por sentado: un lugar donde sentirte cómodo, una rutina conocida, una forma sencilla de moverte de un punto a otro.

Y precisamente a eso quería llegar con esta publicación.

Estoy en un lugar que visito por tercera vez en mi vida. Las dos ocasiones anteriores fueron tan limitadas que ni siquiera pude alejarme más de una manzana. Esta vez fue diferente. Tuve la oportunidad de recorrer más calles, conocer algunos sitios interesantes y acercarme un poco a la cultura local. Eso, por sí solo, hizo que el viaje valiera la pena.

Aun así, hubo algo que no terminó de encajar.

El calor hizo mella en mí desde muy temprano y, para ser sincero, ya tengo ganas de volver a casa. Dormir aquí ha sido una experiencia complicada. Las dos noches terminé tirado en el piso porque la cama parecía un comal. Son detalles pequeños cuando los ves por separado, pero cuando se acumulan terminan influyendo bastante en la experiencia general.

Fue ahí donde apareció una idea que jamás había considerado con verdadera seriedad.

Un coche resolvería buena parte de esos inconvenientes.

Cuando dependes de caminar o de servicios de transporte ajenos, terminas condicionando muchas decisiones. Rentas cerca del centro porque necesitas tener todo al alcance. Calculas rutas, horarios y distancias. Y aunque esta es una ciudad relativamente pequeña, donde tomar un taxi probablemente no sea un problema mayor, ciertas experiencias pasadas siguen ahí, recordándome que conviene pensar dos veces antes de depender por completo del transporte público o de terceros.

En términos generales, esta visita fue mucho mejor que las anteriores. Conocí más lugares, entendí un poco mejor el entorno y tuve una experiencia mucho más completa. Sin embargo, también comprendí algo importante: si realmente quiero mimetizarme con un lugar, necesito más tiempo y más libertad de movimiento.

Probablemente tendría que rentar un sitio durante al menos una semana. Vivir unos días sin prisas. Comprar donde compran los habitantes locales. Caminar por calles que no aparecen en las recomendaciones turísticas. Sentarme en cafés cualquiera y observar la vida pasar. Y para lograrlo, también necesitaría una forma segura y cómoda de trasladarme.

Por eso creo que, por primera vez en mi vida, siento un deseo genuino de adquirir un coche propio. No como símbolo de estatus ni como una meta aspiracional. Lo veo como una herramienta.

Tal vez ocurra a finales de este año. Tal vez el siguiente. Todo dependerá de cómo sonrían la vida y las finanzas. Pero la idea ya quedó anotada en mi lista mental de pendientes. Porque este fin de semana me mostró un bloqueo que nunca había percibido con claridad y, al mismo tiempo, me enseñó una posible solución.

Mis pies seguirán siendo mi medio favorito de transporte. Eso no cambia. Caminar sigue siendo una de las formas más agradables de conocer un lugar.

Lo único que busco es contar con una alternativa cuando el sol parece empeñado en derretir las neuronas dentro de mi cabeza, o cuando necesito moverme de noche por sitios que no forman parte de mis entornos de confianza.

Porque el mundo quizá defina el éxito por las posesiones que tienes.

Yo lo defino de otra forma.

Para mí, el éxito consiste en sentirme pleno. Tener estabilidad emocional, salud física, tranquilidad financiera, curiosidad intelectual y la cercanía de las personas que quiero. Consiste en despertar en paz conmigo mismo, sin importar dónde esté. Consiste en abrir los ojos cualquier domingo por la mañana, en cualquier parte del mundo, y poder escribir, con absoluta honestidad, lo agradecido que estoy con el Cielo por permitirme seguir con vida.



Un Coche

Por
 Tengo una necesidad que no había considerado en el pasado reciente. Una que había venido postergando porque suelo moverme en entornos muy p...

 Me comprometí a completar mi propósito de escritura para el resto del año durante este mes porque los números ya no daban. Había llegado a ese punto incómodo en el que uno revisa sus metas y descubre que el calendario avanza más rápido que los resultados.

Por fortuna, el esfuerzo rindió frutos.

Logré alcanzar, en términos porcentuales, el punto donde quería estar al finalizar el mes. No significa que el trabajo esté terminado, pero sí que recuperé terreno. La estrategia de enfocarme primero en aquellos objetivos que me resultan más accesibles terminó funcionando mucho mejor de lo que esperaba.

A veces uno piensa que el camino correcto consiste en atacar primero los retos más difíciles. En mi caso ocurrió lo contrario. Necesitaba acumular victorias, generar impulso y demostrarme que todavía era capaz de mover la aguja.

Ahora viene la siguiente etapa.

Para continuar avanzando tendré que reducir un poco la frecuencia de las publicaciones por aquí. No desaparecer, porque escribir sigue siendo lo más importante para mí, pero sí liberar algo de tiempo para concentrarme en el siguiente propósito según su nivel de dificultad.

Desde mi perspectiva, ese propósito es leer cincuenta libros en el año.

Cuando lo pienso en frío, me resulta curioso que una meta tan ligada al placer termine sintiéndose como una montaña. Tal vez porque leer exige algo que cada vez parece más escaso: atención sostenida. No basta con encontrar tiempo; también hay que llegar al libro con la mente disponible.

Mientras reflexiono sobre todo eso, me doy cuenta de que hay dos elementos que considero fundamentales para sentir que mi vida funciona.

Agua limpia y aire acondicionado.

Puede sonar exagerado, pero después de pasar unos días fuera de casa he terminado convencido de ello.

El agua limpia es la que sale filtrada por la regadera. Es la diferencia entre sentir que mi cabello permanece limpio durante el día o notar esa sensación desagradable de grasa pocas horas después. Es uno de esos pequeños lujos que dejan de percibirse cuando están presentes y se vuelven evidentes apenas desaparecen.

El aire acondicionado cumple una función todavía más importante.

Con los calores que hemos tenido durante los últimos años, dormir sin él se ha convertido en una batalla. El aire acondicionado no representa comodidad; representa descanso. Representa la posibilidad de cerrar los ojos y recuperar energía para el día siguiente.

Este fin de semana, lejos de casa, me recordó cuánto dependo de ambas cosas.

Y precisamente por eso hay un asunto que llevo semanas postergando.

La presión del agua en casa es terrible.

La regadera funciona, pero el agua cae con tan poca fuerza que cada baño termina convirtiéndose en un ejercicio de paciencia. Sé exactamente lo que tengo que hacer. Hay que llamar a mantenimiento, revisar las tuberías y descartar que exista alguna obstrucción.

No es un misterio.

No es un problema complejo.

Simplemente lo he estado dejando para después.

El próximo fin de semana vendrán mis padres de visita y eso elimina gran parte de mi margen para seguir ignorándolo. Tendré que explicarles la situación o resolverla antes de que lleguen. Si soy honesto, preferiría la segunda opción.

Quizá ese detalle resume bastante bien cómo se sienten mis últimos meses.

Voy resolviendo una cosa cuando ya apareció otra.

Intento ahorrar algo de dinero y surge un gasto inesperado.

Recupero el ritmo en un proyecto y descubro que otro necesita atención urgente.

Avanzo en una meta y aparece una tarea doméstica que lleva demasiado tiempo esperando.

No se trata de una tragedia. Supongo que así funciona la vida adulta para muchas personas. Sin embargo, hay días en que uno siente que mantiene varios platos girando al mismo tiempo, esperando que ninguno caiga al suelo.

Mañana regreso a casa.

Y la verdad es que ya me hace falta.

Me urge dormir bien.

Me urge recuperar mi rutina de alimentación.

Me urge no despertar empapado en sudor a mitad de la noche.

Me urge darme un baño largo con agua que se sienta limpia.

Me urge encender el aire acondicionado de mi habitación en plena tarde y dejar que el calor se quede del otro lado de la ventana.

Me urge acostarme desnudo en la cama con un libro entre las manos y leer hasta que la luz del día comience a desaparecer.

Hay metas grandes que ocupan buena parte de mis pensamientos.

Pero este fin de semana me recordó que la felicidad cotidiana suele depender de cosas mucho más pequeñas.

A veces basta con una buena ducha, una habitación fresca y una noche completa de sueño para sentir que el mundo vuelve a estar en orden.



Agua Y Aire

Por
 Me comprometí a completar mi propósito de escritura para el resto del año durante este mes porque los números ya no daban. Había llegado a ...

 Cómo evoluciona la vida, de maneras tan curiosas.

Estoy de viaje en un lugar al que llegué casi por decisión aleatoria. En la empresa de transportes se equivocaron con mi último boleto y, como reembolso, me dieron uno abierto para cuando quisiera utilizarlo.

Pues bien, hace rato, mientras bebía una limonada por el Centro, caminó a apenas dos metros de mí quien llegué a considerar mi mayor hater de toda la vida. Esa persona que me deseaba lo peor y me insultaba de forma desmedida porque me consideraba miserable.

Y qué interesante lo minúsculos que terminan volviéndose nuestros problemas cuando los vemos de frente. No hablo en sentido literal, sino figurado. Cómo una mujer que primero me pareció bastante atractiva, pero que después llegó a inspirarme miedo en algún punto de la vida, hoy se percibió apenas como un recuerdo agradable del pasado.

Me parece sorprendente la capacidad que tiene el cerebro para reajustarse cuando experimenta la realidad. No todo es horrible, no todas son malas noticias y, definitivamente, no todas las personas nos detestan. La verdad sea dicha: muchas simplemente nos ignoran y siguen con sus vidas. Y eso es fantástico, porque a veces le damos demasiado peso a la opinión de alguien que probablemente, dentro de diez años, ni siquiera recordará lo que un día nos dijo o nos hizo.

No sabía si escribir esto, porque la razón de mi viaje no tenía nada que ver con esa persona. Sin embargo, narrar lo sucedido cumple una función de cierre para una etapa que viví hace mucho tiempo. Dicho sea de paso, verla me produjo una alegría interior y nostalgia que no podía pasar por alto.

Eso es lo fantástico del perdón. Cuando se ofrece con sinceridad, no hace falta esperar nada a cambio. El curso mismo de la existencia acomoda las piezas y nos permite enterarnos, de forma directa o indirecta, de cómo están aquellos que alguna vez nos hirieron.

Pienso en quienes me han estafado, en quienes me han insultado sin merecerlo —porque también hay ocasiones en las que uno sí lo merece—, en quienes me han humillado, me han herido o me han roto el corazón. Y pienso en cómo la vida termina encargándose de esas historias, no yo.

Yo siempre desearé que nuestras vidas encuentren caminos que nos permitan estar mejor. Soy consciente de que actuamos según el lugar en el que nos encontramos y según cómo nos sentimos en el momento. Todos hemos sido impulsivos alguna vez. Todos hemos ofendido a alguien. Lo mejor es no navegar con la piedra en la mano, porque seríamos los primeros en ser apedreados.

No tenía una persona ni una razón específica para estar acá. Salvo aquel error que mencioné algunos párrafos atrás, una experiencia previa bastante deplorable —llovió, se fue la luz, una bebida me hizo daño y terminé regresando de inmediato; ya les conté esa historia el otro día— y las ganas de desconectarme un poco de mi entorno habitual.

Pero miren cuál terminó siendo la sorpresa.

Un cierre simbólico para una historia que llevaba años guardada en el baúl de los recuerdos.

Una mujer hermosa detestándome, en un punto de mi vida en el que sigo luchando contra algo dentro de mí, que irónicamente podría ser cualquier día de mi vida.



 Quería ponerme a descansar hoy. Llegué al hospedaje, me tiré en la cama, encendí el ventilador y cometí un error bastante predecible: descargar aplicaciones sociales.

Uno abre una de esas cosas para matar cinco minutos y, cuando vuelve a levantar la vista, ya no sabe bien qué pasó con la última media hora. Videos cortos, fotografías, gente opinando sobre temas que jamás me habían interesado y que probablemente volverán a resultarme irrelevantes mañana. Nada nuevo bajo el sol.

Al final aparté el celular, lo dejé lejos de la cama, abrí el procesador de textos y decidí escribir un poco. Nada complejo. Nada que me consuma demasiado tiempo. Solo registrar algunas ideas antes de salir.

En mi plan para reducir cortisol todavía hay tareas pendientes. Necesito retirar dinero, ya que durante el día no se ha podido. Después bajaré al Centro. Tal vez cene unos tacos. Tal vez termine en algún restaurante local. Todavía no lo decido.

La persona que me hospeda me envió una lista de recomendaciones. Ahí están La Finca del Bife, a donde fui hace dos semanas, La Rinconada y Santo Remedio. También un sitio llamado Terrescalli, desde donde, según me dicen, se puede ver toda la ciudad. Los nombres quedaron abiertos en una pestaña del navegador mientras yo seguía acostado, como si fueran posibles versiones de la noche esperando ser elegidas.

Por lo pronto sigo aquí, mientras el ventilador mueve el aire caliente de una esquina a otra de la habitación. La ventana deja entrar el ruido de la calle. No es un ruido molesto. Es el ruido normal de una ciudad que continúa funcionando sin pedirme permiso. Un motor lejano. Una conversación que no alcanzo a entender. Una puerta que se cierra. La vida cotidiana de personas que jamás volveré a ver.

El solo hecho de dejar que el tiempo pase mientras sigo enviando indicaciones de modelado a la herramienta en la que trabajo es una dicha que pocos entienden. Hay algo extraño en eso. Hace algunos años habría parecido una escena absurda. Un hombre acostado en una habitación desconocida, conversando con sistemas que no existen físicamente, refinando ideas que tampoco son tangibles. Sin embargo, para mí tiene sentido.

Pienso que una parte importante de la tranquilidad consiste en no tener que justificar constantemente aquello que nos gusta hacer.

Tirado en la cama, en un lugar donde jamás había estado, conectando con mi soledad —como si no lo hiciera todos los días en casa—, me doy cuenta de que la diferencia no está en estar acompañado o no. La diferencia está en el contexto.

Nadie aquí me conoce.

Nadie sabe cuáles son mis rutinas.

Nadie sabe qué cosas me preocupan cuando intento dormir.

Nadie tiene una versión anterior de mí contra la cual compararme.

Soy, en cierto sentido, una persona nueva.

Quizá por eso me gusta llegar a ciudades desconocidas. Durante unas horas uno deja de ser el personaje principal de su propia historia para convertirse en un observador. Nada más.

A las siete bajaré a caminar. Seguramente terminaré frente a la Parroquia en el parque, observando el movimiento de la gente. Tal vez me siente un rato en un Café y vea cómo la tarde se convierte en noche. Quizá termine recorriendo las calles del Centro sin rumbo fijo, mirando fachadas antiguas y tratando de imaginar cuántas generaciones han pasado frente a las mismas puertas.

Me recomendaron visitar el Museo de Arte Sacro, el Rincón de las Capuchinas y la Casa Museo Agustín Rivera. También me hablaron del Templo del Calvario y de una vieja hacienda llamada Sepúlveda. No sé si alcanzaré a ver todo eso. La verdad es que tampoco tengo prisa, y de algunas cosas, ni ganas.

Siempre he pensado que las ciudades hablan.

No lo hacen con palabras. Lo hacen mediante los negocios que sobreviven, las plazas que permanecen llenas, las calles donde todavía hay personas sentadas conversando cuando cae la tarde. Hablan mediante las panaderías que siguen vendiendo pan dulce después de décadas, los cafés que se convierten en puntos de reunión y los restaurantes que un habitante local recomienda sin pensarlo demasiado.

Quizá por eso disfruto caminar sin un objetivo concreto cuando llego a un lugar nuevo. Uno termina aprendiendo cosas que ninguna guía menciona. Descubre qué tan rápido camina la gente, qué temas aparecen en las conversaciones cercanas, cuáles son los sitios donde se reúne la comunidad y cuáles son los rincones que permanecen vacíos.

Y mientras escribo esto, sigo sin decidir dónde cenaré.

Puede que termine en alguno de los lugares que me recomendaron.

Puede que no.

Al final, la comida suele ser una excusa.

Lo que en realidad vine a buscar fue esta sensación extraña de anonimato. La oportunidad de sentarme en una banca, recorrer unas cuantas calles y observar cómo transcurre la vida de otros mientras la mía continúa avanzando a la misma velocidad.



 "¿Puedo quedarme aquí a escribir un rato?" —le pregunté a la mesera, una jovencita de unos veinte años, con la mirada ingenua y una trenza que contenía todo su voluminoso cabello.

Fui al cajero a retirar un poco de dinero en efectivo, porque una de las circunstancias que comúnmente enfrenta uno al salir a "pueblear" es precisamente la necesidad de cargar dinero a la mano para cualquier antojo, gusto o recuerdo que quiera darse.

"Hay problemas de comunicación con el servidor. Por favor, inténtalo más tarde."

No pues gracias, Banco de mi preferencia. No sabes el gusto que me da traer al menos un par de billetes conmigo. La vergüenza que habría experimentado si estuviera dependiendo únicamente de lo que pudiera retirar "al momento".

Todo bien. Me trajeron la cuenta y en el lugar donde me hospedaré ya me preguntaron a qué hora pienso llegar.

"Ya estoy aquí", respondí al mensaje. "El check-in es a las tres y estoy esperando a que se haga la hora para llegar."

No más mensajes de momento, o al menos eso parece.

Me quedaré en el café un rato más. La mesera del lugar me dijo que está bien, y yo prisa, de momento, no traigo. Mi plan para el día es seguir nutriendo de reglas de negocio el último proyecto en el que he venido trabajando. Eso lo puedo hacer desde donde esté.

Bendita tecnología, que nos permite producir desde cualquier lugar. Los límites suelen estar en uno.

Vine a gozarme, a desconectarme un rato. Traje conmigo tres escritos que Chuy quiere que le revise. Los imprimí antes de salir de casa esta mañana para tenerlos en papel y analizarlos con mayor facilidad que a través de una pantalla.

Su "Biblia" del mundo en el que está trabajando es un producto ambicioso y extenso. En cierto sentido, me compartió los documentos para darles un primer vistazo desde una óptica editorial.

Pienso que ése sería un trabajo fantástico para mí: escritor y editor. Aunque, reconociendo mi propio ego, seguramente me pelearía demasiado con textos ajenos, pues es difícil aceptar el talento de otros. Aunque destaque.

Desde esa premisa, preferiría dedicarme únicamente a escribir y programar.

Estoy aquí con la intención de reconectar con una versión más simplificada de mi persona. Una que vea a su alrededor, sin conocer a nadie, y se siga sintiendo parte de un ecosistema que le contiene.

Porque al final, cuando uno vive tan pegado a los dispositivos electrónicos, termina alienándose y dependiendo demasiado de su conectividad, cuando allá afuera, en el parque que está enfrente, o aquí mismo en el restaurante, se desarrollan múltiples vidas.

Es una tarde calurosa. Pedí una bebida que sabe a chicle. No es mala, pero tampoco figura entre mis gustos más exquisitos.

No importa. La decisión ya fue tomada y hay que beberla mientras estemos aquí, alquilando este espacio, redactando frases, en lo que llega la hora de irme al lugar donde me hospedaré esta noche.

Así, entre las hojas impresas con el mundo que escribió Chuy, una bebida de sabor curioso, una mesera simpática, una aplicación bancaria que no funciona y una tarde calurosa, me adentro en este fin de semana.

Espero que sirva para reducir un poco los niveles de cortisol en el cuerpo y recuperar algo de esa autonomía y conexión con el entorno que tanto anhelo mientras vivo expuesto a pantallas durante buena parte del tiempo.