Enero 2026

 Buenos días. Ha comenzado un año más y vengo con ganas de expresarme después de un mes de ausencia. Estuve en casa de mis papás durante este tiempo. Decidí no llevarme la computadora personal conmigo (solo llevé la del trabajo) y ahora que he regresado, arrastro un leve desorden en cuanto a mis horarios de sueño. Normal después de tanto desvelo estando allá; espero recuperar mis hábitos saludables pronto. Al final, estos pequeños desajustes también funcionan como recordatorios de que el cuerpo pasa factura cuando uno baja la guardia, incluso en periodos que deberían ser de descanso.

Uno de mis propósitos de este año está enfocado en escribir al menos un relato corto al mes. No es una meta grandilocuente ni espectacular, pero sí honesta y sostenible. Y así, de ser posible, cuando lleve unos diez u once, colocarlos en una especie de antología. No como una publicación definitiva ni como un punto de llegada, sino como un registro tangible del proceso, de la constancia y de la disciplina creativa. Veremos qué ocurre; al final, escribir también es aprender a convivir con la incertidumbre.

Diciembre es un mes para recapacitar sobre lo que se ha conseguido en el año, para mirar con nostalgia a quienes se fueron y también para mentalizarse respecto a lo que viene; suelo utilizarlo para poner mis objetivos en orden y finalizar aquellos que sea posible. Concluir ciclos, si se quiere ver de alguna forma. Es un mes extraño, cargado de silencios, balances internos y despedidas que no siempre se verbalizan. Un mes que invita tanto al recogimiento como a la proyección.

En los últimos años he alcanzado aproximadamente un ochenta por ciento de los propósitos que me he puesto al inicio de cada año. No todos se han logrado; algunos los he dejado atrás porque al final no fueron retos que de verdad me importaran. Supongo que así es la vida: muchas de las intenciones y deseos que tenemos pueden diluirse porque no son para nosotros, porque son caminos que no nos corresponde andar, aunque en nuestra necedad y necesidad a veces nos empeñamos en seguir dando pasos en el sentido erróneo. Es nuestra mente traicionera, tal vez, la que nos hace confiar en nuestras capacidades cuando son demasiadas las variables que deciden qué y qué no nos será posible. Aprender a soltar, en ese sentido, también es una forma de madurez.

Dicho lo anterior, me gustaría dar la bienvenida a un año más, con el ánimo de que sea un año favorable y benevolente. Que las cosas en el trabajo resulten positivas; que al final me liberen del proyecto que drena mis energías y, en lugar de eso, pueda explorar y explotar habilidades sin acabar harto y exhausto cada día; que se me permita proponer y realizar, que tenga la oportunidad de aprender y estudiar. Más que ascensos o reconocimientos, deseo espacios donde el crecimiento no sea una palabra vacía, sino una práctica cotidiana.

Es verdad que la llegada de las IAs resulta aterradora cuando pensamos en el número de empleos que puede llevarse consigo. La velocidad del cambio abruma, y la sensación de reemplazo es difícil de ignorar. Sin embargo, es una tecnología que llegó para quedarse y, así como las calculadoras o las computadoras en su momento, hemos de aprender a convivir con ella sin demonizar el avance tecnológico que representa. Es probable incluso que nos sirva para mejorar las condiciones de vida y la manera en la que producimos, siempre y cuando exista criterio, regulación y ética.

En un mundo ideal, esperaría que la existencia de herramientas tan poderosas nos permita, como humanos, disfrutar, explorar y expandir nuestra individualidad y nuestras características artísticas; además de conectar con otros y empatizar con un mundo donde el acceso al futuro esté más democratizado. Que la tecnología no nos quite humanidad, sino que nos obligue a redefinirla y a protegerla con mayor conciencia.

Es utópico pensar así, lo sé; porque estamos experimentando días de formidable tecnología a precios irrisorios, a cambio de darle acceso y jerarquía a modelos avanzados sobre una inmensa cantidad de información. Información que, sin afán de leerme paranoico, puede en cualquier momento caer en manos equivocadas o ser utilizada con malicia. La historia reciente nos ha enseñado que todo avance conlleva riesgos, y que el problema casi nunca es la herramienta, sino la intención detrás de su uso.

Pero, en fin, no vengo a quejarme de la tecnología ni del hecho de que es muy probable que muchos de nosotros perdamos empleos como consecuencia de su uso indiscriminado o dinero por el simple reventar de la burbuja; mi plan aquí es aceptar mi tarea y prometer que, en lo que se encuentre dentro de mi alcance, actuaré con responsabilidad. Y sí, claro que voy a seguir utilizando cualquier producto que mejore y haga más eficiente nuestro estilo de vida, pero trataré de priorizar de ahora en adelante mi propia existencia, mi plenitud y la de quienes me rodean.

Porque este mes fuera me enseñó que descanso mucho menos de lo que debería, y que no importa cuánto uno se entregue al trabajo: somos simples números destinados a producir hasta que dejamos de hacerlo y terminamos desechados, pues pertenecemos a un sistema insaciable. Reconocer esto no es pesimismo, es lucidez. Y desde esa lucidez, tomar decisiones distintas se vuelve no solo necesario, sino urgente.

Hablando de sistemas, estoy planeando mejor mis días y semanas a partir de seguir uno que me ayude a gestionar mis recursos —tiempo, dinero, energía—. Entender que estos recursos son finitos cambia la manera en la que uno se relaciona con ellos. Dentro de poco emplearé a alguien más que me ayude en casa; sigo resolviendo pendientes y organizando el tema financiero, pero ese punto lo tengo ahí, en espera. Deseo que alguien se haga cargo de mantener la casa en orden mientras yo me dedico a producir cuando esté aquí, sin sentir que todo recae sobre mis hombros.

También es saludable la compañía, porque estando uno solo es muy fácil caer en el círculo vicioso de la autocompasión por la soledad. La presencia de otro, incluso en silencio, puede ser un ancla a la realidad y un recordatorio de que no todo se resuelve desde el aislamiento.

Otro de los cambios que tengo para el periodo que sigue es que he dividido en niveles los propósitos que me he planteado. Así, por ejemplo, un sueño que tengo para “no sé cuándo” lo convertí en una serie de pasos anuales, mensuales y semanales que harán ese sueño posible en un futuro próximo. A veces la obsesión por una meta en específico provoca que olvidemos lo indispensable que es el trayecto para que sea alcanzable, y es por eso que también reduje el número de objetivos. Menos metas, pero más claras; menos ruido, pero más dirección.

Así pues, si mi meta es ahorrar mil pesos y consigo ahorrar cien pesos cada mes, al final del año la habré cumplido. Parece simple, pero en esa simplicidad reside la constancia, y en la constancia, el verdadero cambio. Aprender a celebrar los avances pequeños también es una forma de cuidar la motivación.

En resumen, este año deseo poder amarme más y ser bendición para quienes me rodean. Lograr construir una versión un poco mejor de mí y aprender a utilizar con excelencia cualquier herramienta que esté a mi disposición. Mejorar en cuanto a salud, finanzas, caballerosidad, productividad, creatividad, conocimiento y relaciones. No como una lista de exigencias, sino como áreas vivas que merecen atención y respeto.

Sin más, espero que tengamos un año repleto de dicha, paz, belleza y felicidad. Que nada nos falte y podamos ver avances en nuestros proyectos de vida. Que el cielo, el mar, el silencio, las noches, los días, las estrellas, las nubes, el sol, los árboles, los animales y la naturaleza nos acompañen y estén presentes en nuestra existencia.

Que este año no pase por nosotros: que nos atraviese, nos sacuda y nos obligue a vivir con intención, porque el tiempo no se recupera y la vida no admite borradores. Que sea un hermoso año.



 Buenos días. Ha comenzado un año más y vengo con ganas de expresarme después de un mes de ausencia. Estuve en casa de mis papás durante este tiempo. Decidí no llevarme la computadora personal conmigo (solo llevé la del trabajo) y ahora que he regresado, arrastro un leve desorden en cuanto a mis horarios de sueño. Normal después de tanto desvelo estando allá; espero recuperar mis hábitos saludables pronto. Al final, estos pequeños desajustes también funcionan como recordatorios de que el cuerpo pasa factura cuando uno baja la guardia, incluso en periodos que deberían ser de descanso.

Uno de mis propósitos de este año está enfocado en escribir al menos un relato corto al mes. No es una meta grandilocuente ni espectacular, pero sí honesta y sostenible. Y así, de ser posible, cuando lleve unos diez u once, colocarlos en una especie de antología. No como una publicación definitiva ni como un punto de llegada, sino como un registro tangible del proceso, de la constancia y de la disciplina creativa. Veremos qué ocurre; al final, escribir también es aprender a convivir con la incertidumbre.

Diciembre es un mes para recapacitar sobre lo que se ha conseguido en el año, para mirar con nostalgia a quienes se fueron y también para mentalizarse respecto a lo que viene; suelo utilizarlo para poner mis objetivos en orden y finalizar aquellos que sea posible. Concluir ciclos, si se quiere ver de alguna forma. Es un mes extraño, cargado de silencios, balances internos y despedidas que no siempre se verbalizan. Un mes que invita tanto al recogimiento como a la proyección.

En los últimos años he alcanzado aproximadamente un ochenta por ciento de los propósitos que me he puesto al inicio de cada año. No todos se han logrado; algunos los he dejado atrás porque al final no fueron retos que de verdad me importaran. Supongo que así es la vida: muchas de las intenciones y deseos que tenemos pueden diluirse porque no son para nosotros, porque son caminos que no nos corresponde andar, aunque en nuestra necedad y necesidad a veces nos empeñamos en seguir dando pasos en el sentido erróneo. Es nuestra mente traicionera, tal vez, la que nos hace confiar en nuestras capacidades cuando son demasiadas las variables que deciden qué y qué no nos será posible. Aprender a soltar, en ese sentido, también es una forma de madurez.

Dicho lo anterior, me gustaría dar la bienvenida a un año más, con el ánimo de que sea un año favorable y benevolente. Que las cosas en el trabajo resulten positivas; que al final me liberen del proyecto que drena mis energías y, en lugar de eso, pueda explorar y explotar habilidades sin acabar harto y exhausto cada día; que se me permita proponer y realizar, que tenga la oportunidad de aprender y estudiar. Más que ascensos o reconocimientos, deseo espacios donde el crecimiento no sea una palabra vacía, sino una práctica cotidiana.

Es verdad que la llegada de las IAs resulta aterradora cuando pensamos en el número de empleos que puede llevarse consigo. La velocidad del cambio abruma, y la sensación de reemplazo es difícil de ignorar. Sin embargo, es una tecnología que llegó para quedarse y, así como las calculadoras o las computadoras en su momento, hemos de aprender a convivir con ella sin demonizar el avance tecnológico que representa. Es probable incluso que nos sirva para mejorar las condiciones de vida y la manera en la que producimos, siempre y cuando exista criterio, regulación y ética.

En un mundo ideal, esperaría que la existencia de herramientas tan poderosas nos permita, como humanos, disfrutar, explorar y expandir nuestra individualidad y nuestras características artísticas; además de conectar con otros y empatizar con un mundo donde el acceso al futuro esté más democratizado. Que la tecnología no nos quite humanidad, sino que nos obligue a redefinirla y a protegerla con mayor conciencia.

Es utópico pensar así, lo sé; porque estamos experimentando días de formidable tecnología a precios irrisorios, a cambio de darle acceso y jerarquía a modelos avanzados sobre una inmensa cantidad de información. Información que, sin afán de leerme paranoico, puede en cualquier momento caer en manos equivocadas o ser utilizada con malicia. La historia reciente nos ha enseñado que todo avance conlleva riesgos, y que el problema casi nunca es la herramienta, sino la intención detrás de su uso.

Pero, en fin, no vengo a quejarme de la tecnología ni del hecho de que es muy probable que muchos de nosotros perdamos empleos como consecuencia de su uso indiscriminado o dinero por el simple reventar de la burbuja; mi plan aquí es aceptar mi tarea y prometer que, en lo que se encuentre dentro de mi alcance, actuaré con responsabilidad. Y sí, claro que voy a seguir utilizando cualquier producto que mejore y haga más eficiente nuestro estilo de vida, pero trataré de priorizar de ahora en adelante mi propia existencia, mi plenitud y la de quienes me rodean.

Porque este mes fuera me enseñó que descanso mucho menos de lo que debería, y que no importa cuánto uno se entregue al trabajo: somos simples números destinados a producir hasta que dejamos de hacerlo y terminamos desechados, pues pertenecemos a un sistema insaciable. Reconocer esto no es pesimismo, es lucidez. Y desde esa lucidez, tomar decisiones distintas se vuelve no solo necesario, sino urgente.

Hablando de sistemas, estoy planeando mejor mis días y semanas a partir de seguir uno que me ayude a gestionar mis recursos —tiempo, dinero, energía—. Entender que estos recursos son finitos cambia la manera en la que uno se relaciona con ellos. Dentro de poco emplearé a alguien más que me ayude en casa; sigo resolviendo pendientes y organizando el tema financiero, pero ese punto lo tengo ahí, en espera. Deseo que alguien se haga cargo de mantener la casa en orden mientras yo me dedico a producir cuando esté aquí, sin sentir que todo recae sobre mis hombros.

También es saludable la compañía, porque estando uno solo es muy fácil caer en el círculo vicioso de la autocompasión por la soledad. La presencia de otro, incluso en silencio, puede ser un ancla a la realidad y un recordatorio de que no todo se resuelve desde el aislamiento.

Otro de los cambios que tengo para el periodo que sigue es que he dividido en niveles los propósitos que me he planteado. Así, por ejemplo, un sueño que tengo para “no sé cuándo” lo convertí en una serie de pasos anuales, mensuales y semanales que harán ese sueño posible en un futuro próximo. A veces la obsesión por una meta en específico provoca que olvidemos lo indispensable que es el trayecto para que sea alcanzable, y es por eso que también reduje el número de objetivos. Menos metas, pero más claras; menos ruido, pero más dirección.

Así pues, si mi meta es ahorrar mil pesos y consigo ahorrar cien pesos cada mes, al final del año la habré cumplido. Parece simple, pero en esa simplicidad reside la constancia, y en la constancia, el verdadero cambio. Aprender a celebrar los avances pequeños también es una forma de cuidar la motivación.

En resumen, este año deseo poder amarme más y ser bendición para quienes me rodean. Lograr construir una versión un poco mejor de mí y aprender a utilizar con excelencia cualquier herramienta que esté a mi disposición. Mejorar en cuanto a salud, finanzas, caballerosidad, productividad, creatividad, conocimiento y relaciones. No como una lista de exigencias, sino como áreas vivas que merecen atención y respeto.

Sin más, espero que tengamos un año repleto de dicha, paz, belleza y felicidad. Que nada nos falte y podamos ver avances en nuestros proyectos de vida. Que el cielo, el mar, el silencio, las noches, los días, las estrellas, las nubes, el sol, los árboles, los animales y la naturaleza nos acompañen y estén presentes en nuestra existencia.

Que este año no pase por nosotros: que nos atraviese, nos sacuda y nos obligue a vivir con intención, porque el tiempo no se recupera y la vida no admite borradores. Que sea un hermoso año.



Seguir Leyendo

 En un mundo acelerado donde todos, sin excepción, parecen tener la necesidad inminente de demostrar valía, ser un revolucionario intelectual implica darte el tiempo para pensar, aceptar que los errores son responsabilidad personal, aprender a llevar lo que te toca, tranquilizarte cuando te sientes tentado por nuevas ofertas y contemplar la belleza donde no suele ser vista. A veces tendrás que levantarte a las cinco de la mañana un sábado y empezar a escribir lo que sientes a modo de resumen semanal, como un acto de honestidad contigo.

Venía viviendo con la intención de mejora continua, poniéndome objetivos claros, cada vez más agresivos, y entonces me pregunté para qué, de verdad, para qué. Citando mi frase favorita de Fight Club: “Nos compramos cosas que no necesitamos, con dinero que no tenemos, para impresionar a gente que no nos importa.”

Hace tiempo dejé de perseguir esa carrera sin sentido. Reconocí que no todos van a encontrar valor en mí, y eso está bien. Comprendí que debía dejar ir a las personas que quisieran alejarse de mi vida sin dramatizar, y que las posesiones no definen el valor de nadie. Sí, es cierto que algunas cosas son necesarias para el funcionamiento de la existencia y que otras brindan comodidad. Pero fuera de esos dos parámetros, cualquier cosa adicional es un extra superficial.

Y con eso no busco afirmar que lo material carece de utilidad. Cada quien es libre de poseer lo que pueda y quiera tener. No hablo desde un sermón anticonsumista que me queda grande, al contrario: me conozco y sé que mis gustos pueden ser costosos. Hablo desde la lógica del apego. Para mí, en este momento de mi vida, las pertenencias o son funcionales o son un adorno. Y si solo adornan, entonces no deberían llegar a convertirse en sobrecarga emocional, económica o espiritual.

Abrazar el minimalismo y la austeridad sin caer en extremos enfermizos resulta liberador. Decir “no necesito más allá de unos cuantos pesos para sobrellevar mis necesidades diarias, y lo que venga después es un detalle que embellece mi existencia” me ha puesto las cosas en perspectiva. No se trata de volverte tacaño ni de dejar de ser generoso. Quiero que quede claro: se puede vivir ligero sin obsesionarse con economizar hasta en el jabón del baño. Porque nada hay más alejado del minimalismo que el amor al dinero. Lo que busco es sentirme pleno con lo que tengo y con lo que puedo permitirme, sin aflicción, sin envidia, sin FOMO, y sin ambiciones absurdas que solo llenan vacíos con ruido.

Quizá es parte de madurar darte cuenta de que no necesitas hacer una y mil cosas que todo mundo presume en redes. Tal vez es consecuencia de haber marcado una distancia necesaria con respecto a la vida digital que solía drenarme. Quizá es solo que las tendencias dejaron de importarme.

En el trabajo me preguntan si estoy preocupado porque una nueva generación de empleados, además de la inteligencia artificial, está ocupando los puestos que antes eran de perfiles como el mío. La verdad: no. La vida es una suma de ciclos. Aunque busques permanencia, hay momentos en que no te van a respetar ni valorar. Puede llegar el día en el que un jefe diga “prefiero al Junior que cobra una fracción de tu sueldo”, y ni modo. Así funciona el capitalismo: generar más, gastar menos, explotar los recursos mientras dure la oportunidad.

¿Y qué pasará conmigo ahora que puedo quedarme sin trabajo de nuevo?
No lo sé.

De momento ni siquiera tengo fecha de salida, nadie me lo ha comunicado. Pero estoy en paz. Y eso es lo crucial.

En estos días hice algo que me tiene escribiendo con otra mentalidad: recorrí un mes mis propósitos del año. En lugar de enero a diciembre, mi ciclo ahora es de diciembre a noviembre. ¿Por qué? Porque diciembre suele percibirse como cierre, descanso prematuro, autocomplacencia disfrazada de “me lo gané”, una invitación a la flojera que posterga sueños. Es un truco psicológico que se convierte en autoengaño. Y así empezamos enero con entusiasmo y conforme avanza el calendario, las metas se diluyen. Yo tampoco he sido ajeno a esa dinámica.

Así que decidí jugar diferente esta vez: mi mes extra de motivación será diciembre. Cuando todos se rindan, yo estaré trabajando en mí. Falta ver qué tal funciona cuando llegue noviembre del año que viene, pero tengo una buena sensación.

Me alegra haber alcanzado algunos propósitos del año actual. Otros siguen en proceso, más complejos de lo que imaginé. Pero volví al hábito de leer un libro a la semana, lo cual me ayuda a rescatar espacios diarios que antes regalaba a las redes sociales. Ha habido metas que no logré y, en vez de frustrarme, tomé decisiones: avanzar con lo que aún me sirva y soltar lo que ya no aporta sentido.

Para este nuevo periodo decidí reducir mis propósitos a siete. Uno por cada área esencial que considero importante en mi vida. Son metas menos grandilocuentes, pero más conscientes. No busco presumir nada ni vivir bajo presión. Solo crecer de forma que tenga sentido para mí.

Y así, cada meta, cada plan, cada hábito, cada intención y cada responsabilidad termina consolidándose como una pieza de mi identidad. Algo que me representa como ser humano que intenta actualizarse sin negar sus sombras. Alguien que reconoce sus errores y su egoísmo. Que es consciente de sus defectos, de sus vacilaciones, de la manera en que puede fallarse a sí mismo sin darse cuenta. Pero también alguien que sabe que, en medio del caos, del colapso informativo y de la velocidad absurda con la que gira el mundo, todavía vale la pena sentarse en una banca del parque, respirar hondo y mirar el presente.

Tomar una foto a mis propios pies, jugueteando con el pasto y la tierra. No para intelectualizar el instante ni convertirlo en discurso motivacional. Sino para recordar lo que nos vuelve humanos: el suelo que pisamos, las victorias y derrotas pasajeras, la vida que pasa sin pedir permiso, la conexión con este universo que compartimos, incluso cuando sentimos que vamos solos.

Porque estar vivo ya es un proyecto enorme. Y vale la pena registrarlo.
Quizá la verdadera revolución sea aprender a ser menos y vivir más.



 Hoy fui dos veces al café. Me gusta ir en el transcurso de la mañana cuando es día de descanso, pedirme algo para desayunar ahí y de paso aprovechar a leer un poco o escuchar algún podcast en lo que la lavadora termina su trabajo. Es mi forma de empezar el día sin brusquedad, pero con intención.

En la noche, casi por inercia, termino regresando. Se ha vuelto mi Tercer Lugar, ese punto medio entre mi casa y el trabajo donde no tengo que explicar quién soy. La gente que trabaja ahí ya me reconoce, y eso genera un tipo extraño de pertenencia. Me puse como propósito llevarme un libro cada noche y leer al menos cincuenta páginas. Si soy constante, eso significa un libro de trescientas cincuenta páginas a la semana. Es un compromiso conmigo mismo, más que con los libros.

Pero leer no lo es todo. Lo uso como herramienta para darle textura a mis días, no como una obligación. En las últimas semanas he trabajado mucho en romper lazos con cosas que me desgastan. He intentado rodearme de hábitos que me regresen al estilo de vida que quiero llevar. Suena sencillo, pero no lo es. Un día libre puede torcerse fácil y convertirse en un agujero de horas perdidas, donde todo propósito se diluye mientras hago scroll hasta que el sueño se cansa de esperarme.

Por eso, tuve que ajustar el plan. Si tengo un día de descanso, voy a salir. Aunque sea a caminar en la plaza. meterme al cine, asistir al teatro o sentarme en un parque. Lo que sea con tal de no pasar todo el tiempo encerrado. Si eso implica alejarme de la computadora, ni modo. Los días libres no son para resolver pendientes ni para obsesionarme con pantallas.

Quiero una vida tranquila y en paz. Una vida rodeada de amor, de gente que sume, de momentos que valgan la pena repetir. Quiero crear, producir, hacer cosas que me hagan sentir orgulloso. Pero también quiero descansar sin sentir culpa. Sin pensar que estoy fallando si me detengo.

Y creo que estoy aprendiendo que esa mezcla —entre producir y darme permiso de respirar— es lo más parecido a estar vivo de una forma que sí se siente mía.



Darme Permiso

Por
 Hoy fui dos veces al café. Me gusta ir en el transcurso de la mañana cuando es día de descanso, pedirme algo para desayunar ahí y de paso a...

 Estuvo raro el día, lo he de reconocer, cuando tienes demasiadas ganas de conseguir algo, luego llega y se siente raro, pensando en el vacío post-logro que le llaman. Ayer fui a la plaza, tenía un par de meses queriendo ir, y la pasé bien, desde mi perspectiva no fue como que algo hiciera falta, sin embargo, conforme el día transcurría me di cuenta que no estaba alcanzando el pico de diversión y agrado que ilusamente puse en mi mente, lo cual se tradujo en un momento de introspección y análisis que me hizo llegar a la conclusión de que cualquier lugar puede resultar satisfactorio si se quiere, porque no es el lugar, es uno mismo.

Y es que he estado en sitios repletos de gente experimentando incomodidad de ser chocado múltiples veces por quienes llevan más prisa que yo así como en otras ocasiones he sido genuinamente ignorado e invisibilizado y en ambas se siente raro, se siente mal. No sé cuál de las dos me agrada más, creo que ninguna, de verdad.

Entonces decidí que lo más sano para mi mente es mantenerse en lugares familiares, con círculos de gente que conozca; dejando las “experiencias” a mis side quests; quizá quede como alguien huraño, pero es que tanto tener el foco de atención como sentir que no existo, se convierten en emociones que no me agrada experimentar. Por lo que prefiero estar donde sí sea visto, pero no de una forma que me llegue a resultar desagradable.

Últimamente noto que disfruto más cuando no hay expectativas de por medio. Cuando no espero que el día sea perfecto, ni que las personas actúen como imagino. Hay algo liberador en permitir que las cosas pasen sin medir su valor. Quizá eso es crecer: dejar de perseguir sensaciones y empezar a construir calma, incluso en medio de lo ordinario.

Porque al final, no se trata de volver a buscar lugares distintos para sentir algo nuevo, sino de aprender a estar bien en los mismos, bajo otras circunstancias. Cambiar la mirada, no el entorno. Tal vez lo que me hace falta no es más movimiento, sino más quietud; no más planes, sino más presencia. Y si eso me convierte en alguien reservado, que así sea, pero al menos estaré en paz.



 Day Off Mantra: Go for a walk. Listen to music. Clean your house. Read a book. Get a coffee. Watch a match. Play some games. Have a nice lunch. Embrace yourself. Meet the girl. Make her love. Enjoy a movie. Couple dinner. Rest your day. Write a few pages.

There are days when you simply need to stop pretending you’re made of steel. You walk outside, stretch your back, and breathe as if the world isn’t chasing you. The sun feels different when it’s not filtered through a screen. You remember that your body was made to move, not just to endure deadlines.

Music follows next, a soundtrack to your temporary escape. It fills the gaps between thoughts and cleans the dust that routine leaves behind. A song can rebuild your pulse, remind you who you were before the noise of the week took over. Sometimes you don’t even sing — you just listen, and that’s enough.

Cleaning your house becomes a ritual, not a chore. You pick things up and, in the process, pick yourself up too. The air feels lighter once order returns, and your mind mirrors it. Books and coffee are not luxuries, they are fuel — the quiet kind that steadies your inner dialogue and brings you back home.

The afternoon drifts slowly. You watch a match, not because you care who wins, but because it reminds you that passion exists somewhere. Maybe you play a few games, laugh at yourself for missing easy goals, and realize how healing it is to enjoy things that ask for nothing in return. You’re not chasing productivity — you’re chasing presence.

Then comes the heart of it. You meet the girl, the one who makes time slow down. You don’t try to impress, you just exist beside her, and that’s where meaning hides. Make her love isn’t about conquest; it’s about connection — raw, imperfect, human. You share a meal, a movie, a silence. The kind that says everything.

As the night falls, you write. Maybe a page, maybe ten lines. It doesn’t matter. You write because reflection is the last act of a good day. You record proof that life can be calm, full, and still belong to you. Tomorrow you’ll return to the rush, but tonight — you rest knowing you’ve lived with intention.



 O cómo es que el tiempo no alcanza cuando tienes ganas de escribir y trabajas diario.

Pensé que la vida adulta sería distinta, pero, siendo honestos, todos lo pensamos en algún momento. Al final, se trata de un ir y venir de egos, estrés y pagos, en el orden que se te ocurra. Venir aquí a tirar letras es, en gran medida, una forma anárquica de contemplar la existencia, incluso cuando estoy atorado entre la cotidianidad, las aflicciones y los dolores. Pero quién soy yo para aniquilar estas ganas de hacer lo que mi alma anhela.

He cambiado la bebida del diario en el café de la esquina. El anciano desagradable sigue asistiendo, y el exempleado con actitud de dueño también suele estar por aquí. Invirtieron el acomodo de las mesas, así que ahora me siento afuera, en otro rincón, bajo la misma lógica: producir versos para liberar la cabeza de pensamientos invasivos. Si puedo continuar con lo que hago aquí, puedo sacar adelante mis novelas, relatos e historias.

Sobre el nuevo sitio, no es un fastidio, aunque esté en la pasadera. Ponerme los audífonos e ignorar el entorno es un arte que ya domino. Cambié el chocolate de las tardes —esa pésima idea para “sacarle la vuelta a la cafeína”— por un té de menta: sin azúcar, sin leche, sin nada. Solo el calor sencillo que acompaña la garganta en días frescos. Y cuando regrese el calor, ya lo pensé, puedo pedir la misma bebida en frío.

Mi proceso creativo es sencillo: encontrar un lugar donde me sienta cómodo para tirar frases en la computadora. He modificado la interfaz de “Pages” para eliminar distractores de la pantalla. Pongo los audífonos con Radiohead de fondo, la bebida a un lado y la mirada fija en el procesador de texto. No hay ciencia en esto. Es pura talacha.

A veces me encandilan los vehículos al estacionarse, o pasa gente que llama la atención —mujeres muy atractivas, sobre todo—, pero en general logro desconectarme y enfocar la vista en lo que está frente a mí.

No siempre escribo con una idea clara o un tema premeditado. Si hay fluidez o carencia de ella, depende del momento. Conforme avanzo en las líneas, van llegando las ideas, los giros, el sentido de lo que quiero decir.

No soy más que un fanático de la escritura que aprende cada día. He adoptado ciertas reglas: evitar los adverbios de modo, no repetir palabras sin motivo, y cuidar el ritmo como quien afina una guitarra vieja. Antes me exigía escribir mil palabras por sesión, pero terminé sintiendo que me obligaba a llenar el silencio. Hoy, con quinientas, me basta. Y si no llego, tampoco pasa nada.

Al final, venir aquí a colocar versos o leer novelas es un acto de resistencia. Una pequeña revolución intelectual que ocurre en mi cabeza para no ser conquistado por la superficialidad de la rutina ni por las emociones efímeras que las pantallas insisten en venderme.



 No busco demostrar nada. Solo quiero volver a sentir que tengo el control de mi vida, sin depender del desplazamiento infinito en una pantalla.

No es por ego, ni por aparentar disciplina. Es una necesidad real: la de recuperar mis propios tiempos y no permitir que mis momentos de ocio dependan del scrolling o del swiping.

Ha sido un reto complicado, lo reconozco. Las Redes están diseñadas para mantenernos enganchados, y como experimento comprobé que puedo pasar ahí horas sin hacer otra cosa. En retrospectiva, eso me resulta abrumador.

No quiero satanizar los servicios ni a la gente detrás de ellos. Al final, son herramientas de mercadeo donde se intercambia atención por productos. Sin embargo, algo dentro de mí insiste en que debo consumirlas menos y dedicarme más a lo que sucede en tiempo real, justo frente a mis ojos.

Últimamente he sentido un cansancio constante. Por más que lo intento, no logro dormir más de seis horas. No me quejo: con seis horas mi cuerpo funciona bien, pero me gustaría conducirlo hacia un estado de mayor calma, donde la mente esté más atenta a lo que me rodea.

Por eso quiero priorizar mis descansos con actividades más análogas y dejar —con límites claros— las digitales. Me encanta leer, escribir, escuchar música, caminar, salir a comer, conocer lugares. En eso enfocaré los días de descanso que queden para mí, reservando las pantallas para lo laboral o lo productivo.

Si lo pienso, venir a escribir aquí, jugar videojuegos o ir al cine han sido mis escapes habituales. Pero esa dinámica debe cambiar. Quiero encontrar alternativas que no dependan de un dispositivo, dejar que la atención vuelva a ser mía y no de una pantalla.

Quizás lo que busco no es desconectarme del todo, sino volver a conectar con lo que no necesita batería: un libro, una caminata, una conversación, el simple acto de observar cómo cae la tarde.