Me comprometí a completar mi propósito de escritura para el resto del año durante este mes porque los números ya no daban. Había llegado a ese punto incómodo en el que uno revisa sus metas y descubre que el calendario avanza más rápido que los resultados.
Por fortuna, el esfuerzo rindió frutos.
Logré alcanzar, en términos porcentuales, el punto donde quería estar al finalizar el mes. No significa que el trabajo esté terminado, pero sí que recuperé terreno. La estrategia de enfocarme primero en aquellos objetivos que me resultan más accesibles terminó funcionando mucho mejor de lo que esperaba.
A veces uno piensa que el camino correcto consiste en atacar primero los retos más difíciles. En mi caso ocurrió lo contrario. Necesitaba acumular victorias, generar impulso y demostrarme que todavía era capaz de mover la aguja.
Ahora viene la siguiente etapa.
Para continuar avanzando tendré que reducir un poco la frecuencia de las publicaciones por aquí. No desaparecer, porque escribir sigue siendo lo más importante para mí, pero sí liberar algo de tiempo para concentrarme en el siguiente propósito según su nivel de dificultad.
Desde mi perspectiva, ese propósito es leer cincuenta libros en el año.
Cuando lo pienso en frío, me resulta curioso que una meta tan ligada al placer termine sintiéndose como una montaña. Tal vez porque leer exige algo que cada vez parece más escaso: atención sostenida. No basta con encontrar tiempo; también hay que llegar al libro con la mente disponible.
Mientras reflexiono sobre todo eso, me doy cuenta de que hay dos elementos que considero fundamentales para sentir que mi vida funciona.
Agua limpia y aire acondicionado.
Puede sonar exagerado, pero después de pasar unos días fuera de casa he terminado convencido de ello.
El agua limpia es la que sale filtrada por la regadera. Es la diferencia entre sentir que mi cabello permanece limpio durante el día o notar esa sensación desagradable de grasa pocas horas después. Es uno de esos pequeños lujos que dejan de percibirse cuando están presentes y se vuelven evidentes apenas desaparecen.
El aire acondicionado cumple una función todavía más importante.
Con los calores que hemos tenido durante los últimos años, dormir sin él se ha convertido en una batalla. El aire acondicionado no representa comodidad; representa descanso. Representa la posibilidad de cerrar los ojos y recuperar energía para el día siguiente.
Este fin de semana, lejos de casa, me recordó cuánto dependo de ambas cosas.
Y precisamente por eso hay un asunto que llevo semanas postergando.
La presión del agua en casa es terrible.
La regadera funciona, pero el agua cae con tan poca fuerza que cada baño termina convirtiéndose en un ejercicio de paciencia. Sé exactamente lo que tengo que hacer. Hay que llamar a mantenimiento, revisar las tuberías y descartar que exista alguna obstrucción.
No es un misterio.
No es un problema complejo.
Simplemente lo he estado dejando para después.
El próximo fin de semana vendrán mis padres de visita y eso elimina gran parte de mi margen para seguir ignorándolo. Tendré que explicarles la situación o resolverla antes de que lleguen. Si soy honesto, preferiría la segunda opción.
Quizá ese detalle resume bastante bien cómo se sienten mis últimos meses.
Voy resolviendo una cosa cuando ya apareció otra.
Intento ahorrar algo de dinero y surge un gasto inesperado.
Recupero el ritmo en un proyecto y descubro que otro necesita atención urgente.
Avanzo en una meta y aparece una tarea doméstica que lleva demasiado tiempo esperando.
No se trata de una tragedia. Supongo que así funciona la vida adulta para muchas personas. Sin embargo, hay días en que uno siente que mantiene varios platos girando al mismo tiempo, esperando que ninguno caiga al suelo.
Mañana regreso a casa.
Y la verdad es que ya me hace falta.
Me urge dormir bien.
Me urge recuperar mi rutina de alimentación.
Me urge no despertar empapado en sudor a mitad de la noche.
Me urge darme un baño largo con agua que se sienta limpia.
Me urge encender el aire acondicionado de mi habitación en plena tarde y dejar que el calor se quede del otro lado de la ventana.
Me urge acostarme desnudo en la cama con un libro entre las manos y leer hasta que la luz del día comience a desaparecer.
Hay metas grandes que ocupan buena parte de mis pensamientos.
Pero este fin de semana me recordó que la felicidad cotidiana suele depender de cosas mucho más pequeñas.
A veces basta con una buena ducha, una habitación fresca y una noche completa de sueño para sentir que el mundo vuelve a estar en orden.
Me comprometí a completar mi propósito de escritura para el resto del año durante este mes porque los números ya no daban. Había llegado a ese punto incómodo en el que uno revisa sus metas y descubre que el calendario avanza más rápido que los resultados.
Por fortuna, el esfuerzo rindió frutos.
Logré alcanzar, en términos porcentuales, el punto donde quería estar al finalizar el mes. No significa que el trabajo esté terminado, pero sí que recuperé terreno. La estrategia de enfocarme primero en aquellos objetivos que me resultan más accesibles terminó funcionando mucho mejor de lo que esperaba.
A veces uno piensa que el camino correcto consiste en atacar primero los retos más difíciles. En mi caso ocurrió lo contrario. Necesitaba acumular victorias, generar impulso y demostrarme que todavía era capaz de mover la aguja.
Ahora viene la siguiente etapa.
Para continuar avanzando tendré que reducir un poco la frecuencia de las publicaciones por aquí. No desaparecer, porque escribir sigue siendo lo más importante para mí, pero sí liberar algo de tiempo para concentrarme en el siguiente propósito según su nivel de dificultad.
Desde mi perspectiva, ese propósito es leer cincuenta libros en el año.
Cuando lo pienso en frío, me resulta curioso que una meta tan ligada al placer termine sintiéndose como una montaña. Tal vez porque leer exige algo que cada vez parece más escaso: atención sostenida. No basta con encontrar tiempo; también hay que llegar al libro con la mente disponible.
Mientras reflexiono sobre todo eso, me doy cuenta de que hay dos elementos que considero fundamentales para sentir que mi vida funciona.
Agua limpia y aire acondicionado.
Puede sonar exagerado, pero después de pasar unos días fuera de casa he terminado convencido de ello.
El agua limpia es la que sale filtrada por la regadera. Es la diferencia entre sentir que mi cabello permanece limpio durante el día o notar esa sensación desagradable de grasa pocas horas después. Es uno de esos pequeños lujos que dejan de percibirse cuando están presentes y se vuelven evidentes apenas desaparecen.
El aire acondicionado cumple una función todavía más importante.
Con los calores que hemos tenido durante los últimos años, dormir sin él se ha convertido en una batalla. El aire acondicionado no representa comodidad; representa descanso. Representa la posibilidad de cerrar los ojos y recuperar energía para el día siguiente.
Este fin de semana, lejos de casa, me recordó cuánto dependo de ambas cosas.
Y precisamente por eso hay un asunto que llevo semanas postergando.
La presión del agua en casa es terrible.
La regadera funciona, pero el agua cae con tan poca fuerza que cada baño termina convirtiéndose en un ejercicio de paciencia. Sé exactamente lo que tengo que hacer. Hay que llamar a mantenimiento, revisar las tuberías y descartar que exista alguna obstrucción.
No es un misterio.
No es un problema complejo.
Simplemente lo he estado dejando para después.
El próximo fin de semana vendrán mis padres de visita y eso elimina gran parte de mi margen para seguir ignorándolo. Tendré que explicarles la situación o resolverla antes de que lleguen. Si soy honesto, preferiría la segunda opción.
Quizá ese detalle resume bastante bien cómo se sienten mis últimos meses.
Voy resolviendo una cosa cuando ya apareció otra.
Intento ahorrar algo de dinero y surge un gasto inesperado.
Recupero el ritmo en un proyecto y descubro que otro necesita atención urgente.
Avanzo en una meta y aparece una tarea doméstica que lleva demasiado tiempo esperando.
No se trata de una tragedia. Supongo que así funciona la vida adulta para muchas personas. Sin embargo, hay días en que uno siente que mantiene varios platos girando al mismo tiempo, esperando que ninguno caiga al suelo.
Mañana regreso a casa.
Y la verdad es que ya me hace falta.
Me urge dormir bien.
Me urge recuperar mi rutina de alimentación.
Me urge no despertar empapado en sudor a mitad de la noche.
Me urge darme un baño largo con agua que se sienta limpia.
Me urge encender el aire acondicionado de mi habitación en plena tarde y dejar que el calor se quede del otro lado de la ventana.
Me urge acostarme desnudo en la cama con un libro entre las manos y leer hasta que la luz del día comience a desaparecer.
Hay metas grandes que ocupan buena parte de mis pensamientos.
Pero este fin de semana me recordó que la felicidad cotidiana suele depender de cosas mucho más pequeñas.
A veces basta con una buena ducha, una habitación fresca y una noche completa de sueño para sentir que el mundo vuelve a estar en orden.









Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.