¿Es la vida una ficción sobrecargada? ¿Y lo que asumimos como realidad no es más que un conjunto de eventos aleatorios que se escapan de cualquier narrativa que intentamos imponerles?
No es una pregunta que me robe el sueño. Al final, de lo que se trata es de entender que el alcance de nuestra influencia termina por definir los límites de nuestra propia vida. Por esa razón, la existencia puede ser tan inmensa o tan sencilla como cada quien decida verla.
Empecé a escribir con la intención de llegar a viejo, pero muy viejo, y sentarme en cualquier lugar a leerme para pasar el rato. Por distracción, por afición a la lectura o por simple entretenimiento. Porque cuando uno llega a cierta edad, si llega solo —que es como muchas veces se llega— descubre que el resto del mundo ha seguido avanzando. Las costumbres cambian, las referencias desaparecen y la forma misma de vivir se transforma hasta volverte un extraño en el tiempo que te toca habitar.
Quizá por eso me gusta creer en el sueño de tener mi propio lugar. Un espacio con mis propias cosas, con acceso a todo lo necesario para vivir con comodidad, con ingresos suficientes y retornos de inversión que me permitan dedicarme a aquello que más disfruto: leer y escribir.
Soy un romántico de la literatura y la belleza. Más que un filósofo de recámara o un autor de café, me considero alguien que celebra los pequeños momentos. Una persona que encuentra significado en las conexiones humanas, que intenta entenderse primero a sí misma para después ocupar un lugar dentro del entorno que la rodea.
Y bajo esa premisa, establecer límites interpersonales resulta importante. Porque si dependiera de mí, podría convertirme en un verdadero dictador de la atención, en un representante del control o en un doctor honorario del mundo de la opinión. Pero no soy nada de eso. Solo soy un ser humano tratando de entender su propia vida, cometiendo errores como cualquiera, descargando frustraciones contra sus miedos y tropezando una y otra vez con sus propios vicios.
Esa insignificancia termina por volverme parte de aquello que algunas veces señalo y otras simplemente envidio. Porque el deseo de pertenecer, de pasar desapercibido, de llegar a un lugar, pedir algo para tomar y sentarme a escribir durante un rato sigue siendo una de las motivaciones de cada mañana.
Lo curioso es que aquello que más me aleja de los demás dentro de un microcontexto social suele ser también lo que más me conecta con ellos. Las palabras que aparecen en mi mente sin previo aviso, las historias improvisadas que construyo mientras espero mi turno para ordenar un café, las observaciones fugaces sobre la gente que entra y sale del lugar.
Ver pasar a un par de mujeres esplendorosas de ojos azules en la fila, en la plenitud de su juventud, imaginar quiénes son, qué hacen, qué las preocupa o qué las ilusiona, no me vuelve distinto. Me vuelve humano. Al final, todos vivimos rodeados de desconocidos y todos intentamos completar, con fragmentos e intuiciones, las historias que nunca llegaremos a conocer por completo.
¿Es la vida una ficción sobrecargada? ¿Y lo que asumimos como realidad no es más que un conjunto de eventos aleatorios que se escapan de cualquier narrativa que intentamos imponerles?
No es una pregunta que me robe el sueño. Al final, de lo que se trata es de entender que el alcance de nuestra influencia termina por definir los límites de nuestra propia vida. Por esa razón, la existencia puede ser tan inmensa o tan sencilla como cada quien decida verla.
Empecé a escribir con la intención de llegar a viejo, pero muy viejo, y sentarme en cualquier lugar a leerme para pasar el rato. Por distracción, por afición a la lectura o por simple entretenimiento. Porque cuando uno llega a cierta edad, si llega solo —que es como muchas veces se llega— descubre que el resto del mundo ha seguido avanzando. Las costumbres cambian, las referencias desaparecen y la forma misma de vivir se transforma hasta volverte un extraño en el tiempo que te toca habitar.
Quizá por eso me gusta creer en el sueño de tener mi propio lugar. Un espacio con mis propias cosas, con acceso a todo lo necesario para vivir con comodidad, con ingresos suficientes y retornos de inversión que me permitan dedicarme a aquello que más disfruto: leer y escribir.
Soy un romántico de la literatura y la belleza. Más que un filósofo de recámara o un autor de café, me considero alguien que celebra los pequeños momentos. Una persona que encuentra significado en las conexiones humanas, que intenta entenderse primero a sí misma para después ocupar un lugar dentro del entorno que la rodea.
Y bajo esa premisa, establecer límites interpersonales resulta importante. Porque si dependiera de mí, podría convertirme en un verdadero dictador de la atención, en un representante del control o en un doctor honorario del mundo de la opinión. Pero no soy nada de eso. Solo soy un ser humano tratando de entender su propia vida, cometiendo errores como cualquiera, descargando frustraciones contra sus miedos y tropezando una y otra vez con sus propios vicios.
Esa insignificancia termina por volverme parte de aquello que algunas veces señalo y otras simplemente envidio. Porque el deseo de pertenecer, de pasar desapercibido, de llegar a un lugar, pedir algo para tomar y sentarme a escribir durante un rato sigue siendo una de las motivaciones de cada mañana.
Lo curioso es que aquello que más me aleja de los demás dentro de un microcontexto social suele ser también lo que más me conecta con ellos. Las palabras que aparecen en mi mente sin previo aviso, las historias improvisadas que construyo mientras espero mi turno para ordenar un café, las observaciones fugaces sobre la gente que entra y sale del lugar.
Ver pasar a un par de mujeres esplendorosas de ojos azules en la fila, en la plenitud de su juventud, imaginar quiénes son, qué hacen, qué las preocupa o qué las ilusiona, no me vuelve distinto. Me vuelve humano. Al final, todos vivimos rodeados de desconocidos y todos intentamos completar, con fragmentos e intuiciones, las historias que nunca llegaremos a conocer por completo.









Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.