El Número Cuatro

 Algo que encuentro interesante en esta etapa de mi vida es que empiezo a reconocer con mayor claridad la forma en que mi cuerpo responde a distintas circunstancias. Hoy puedo identificar cuándo el estrés comienza a pasar factura, cuándo una temporada complicada altera mi descanso o cuándo una taza de café modifica mi estado de ánimo durante horas. Hace algunos años esos detalles pasaban desapercibidos. Vivía dentro de ellos sin observarlos.

Esa capacidad de percibir cambios tan pequeños podría parecer insignificante, pero para mí representa algo digno de agradecimiento. Significa que mi cuerpo sigue comunicándose conmigo. Sigue enviando señales. Sigue haciendo su trabajo.

Por esa razón me siento contento con él. Ha sido un compañero constante a lo largo de los años. Ha estado durante épocas de descuido y también en momentos de crecimiento. Me ha permitido equivocarme, aprender, volver a intentar y comprender mejor mis propios límites. Muchas de las lecciones que hoy considero valiosas nacieron de prestar atención a aquello que antes ignoraba.

Sin embargo, tampoco basta con sentirse saludable. La percepción personal tiene sus límites. Podemos creer que todo marcha bien y descubrir después que ciertos indicadores cuentan una historia distinta. Por eso existen los análisis clínicos, las mediciones y los hábitos de seguimiento. No se trata de vivir obsesionado con los números, sino de disponer de referencias que permitan saber si avanzamos en la dirección correcta.

Ese proceso resulta particularmente complejo cuando uno conoce sus propias debilidades. Lo digo sin victimismo y sin intentar responsabilizar al entorno de cada error. Sé que suelo ceder ante ciertas tentaciones. Sé cuáles son los hábitos que me cuesta mantener y cuáles son los impulsos que todavía ejercen influencia sobre mis decisiones. Pero conocer esas limitaciones también tiene algo valioso. Permite observarse con mayor honestidad.

Al final, gran parte del trabajo consiste en construir una relación más sana con uno mismo y con aquello que nos rodea. No porque el mundo vaya a volverse sencillo de repente, sino porque cada día parece ofrecer nuevas razones para la confusión. Las ideas cambian. Las tendencias aparecen y desaparecen. Los discursos dominantes se transforman con rapidez. Lo que ayer parecía indiscutible hoy puede parecer irrelevante.

En medio de ese movimiento constante, encontrar principios propios adquiere una importancia enorme. No como una verdad absoluta, sino como una brújula. Una referencia mínima que permita tomar decisiones sin depender por completo del ruido exterior.

Quizá por eso he comenzado a sentir una atracción creciente por las estructuras simples. Mi universo cotidiano puede reducirse a unas cuantas calles, algunos proyectos personales y un pequeño grupo de intereses recurrentes. Lejos de percibirlo como una limitación, empiezo a verlo como una ventaja.

Dentro de esa búsqueda apareció una idea curiosa: el número cuatro.

No parece tan reducido como el dos o el tres, pero tampoco tan ambicioso como para convertirse en una fantasía imposible. Tiene una sensación de equilibrio. De estabilidad. De estructura. El cuadrado, después de todo, se sostiene sobre cuatro lados.

Me gusta pensar que ciertas decisiones importantes pueden organizarse alrededor de esa medida. Cuatro bandas que definan mi discografía personal. Cuatro lugares habituales para comer. Cuatro fuentes de ingreso recurrentes. Cuatro proyectos que merezcan atención genuina.

No porque exista algo mágico en el número, sino porque funciona como un límite voluntario. Una forma de recordar que no todo necesita expandirse indefinidamente. Que acumular opciones no siempre produce mayor libertad. A veces ocurre lo contrario.

Por ahora intento construir un pequeño ecosistema alrededor de esa idea. Un espacio más delimitado. Un microcosmos manejable. Un conjunto reducido de elementos que pueda cuidar con atención y desarrollar con profundidad. Tal vez la verdadera abundancia no consista en abarcar cada posibilidad disponible, sino en elegir con claridad aquello que merece permanecer. Y quizá, dentro de esa simplicidad deliberada, exista una versión más auténtica de la identidad que llevo años intentando construir.



 Algo que encuentro interesante en esta etapa de mi vida es que empiezo a reconocer con mayor claridad la forma en que mi cuerpo responde a distintas circunstancias. Hoy puedo identificar cuándo el estrés comienza a pasar factura, cuándo una temporada complicada altera mi descanso o cuándo una taza de café modifica mi estado de ánimo durante horas. Hace algunos años esos detalles pasaban desapercibidos. Vivía dentro de ellos sin observarlos.

Esa capacidad de percibir cambios tan pequeños podría parecer insignificante, pero para mí representa algo digno de agradecimiento. Significa que mi cuerpo sigue comunicándose conmigo. Sigue enviando señales. Sigue haciendo su trabajo.

Por esa razón me siento contento con él. Ha sido un compañero constante a lo largo de los años. Ha estado durante épocas de descuido y también en momentos de crecimiento. Me ha permitido equivocarme, aprender, volver a intentar y comprender mejor mis propios límites. Muchas de las lecciones que hoy considero valiosas nacieron de prestar atención a aquello que antes ignoraba.

Sin embargo, tampoco basta con sentirse saludable. La percepción personal tiene sus límites. Podemos creer que todo marcha bien y descubrir después que ciertos indicadores cuentan una historia distinta. Por eso existen los análisis clínicos, las mediciones y los hábitos de seguimiento. No se trata de vivir obsesionado con los números, sino de disponer de referencias que permitan saber si avanzamos en la dirección correcta.

Ese proceso resulta particularmente complejo cuando uno conoce sus propias debilidades. Lo digo sin victimismo y sin intentar responsabilizar al entorno de cada error. Sé que suelo ceder ante ciertas tentaciones. Sé cuáles son los hábitos que me cuesta mantener y cuáles son los impulsos que todavía ejercen influencia sobre mis decisiones. Pero conocer esas limitaciones también tiene algo valioso. Permite observarse con mayor honestidad.

Al final, gran parte del trabajo consiste en construir una relación más sana con uno mismo y con aquello que nos rodea. No porque el mundo vaya a volverse sencillo de repente, sino porque cada día parece ofrecer nuevas razones para la confusión. Las ideas cambian. Las tendencias aparecen y desaparecen. Los discursos dominantes se transforman con rapidez. Lo que ayer parecía indiscutible hoy puede parecer irrelevante.

En medio de ese movimiento constante, encontrar principios propios adquiere una importancia enorme. No como una verdad absoluta, sino como una brújula. Una referencia mínima que permita tomar decisiones sin depender por completo del ruido exterior.

Quizá por eso he comenzado a sentir una atracción creciente por las estructuras simples. Mi universo cotidiano puede reducirse a unas cuantas calles, algunos proyectos personales y un pequeño grupo de intereses recurrentes. Lejos de percibirlo como una limitación, empiezo a verlo como una ventaja.

Dentro de esa búsqueda apareció una idea curiosa: el número cuatro.

No parece tan reducido como el dos o el tres, pero tampoco tan ambicioso como para convertirse en una fantasía imposible. Tiene una sensación de equilibrio. De estabilidad. De estructura. El cuadrado, después de todo, se sostiene sobre cuatro lados.

Me gusta pensar que ciertas decisiones importantes pueden organizarse alrededor de esa medida. Cuatro bandas que definan mi discografía personal. Cuatro lugares habituales para comer. Cuatro fuentes de ingreso recurrentes. Cuatro proyectos que merezcan atención genuina.

No porque exista algo mágico en el número, sino porque funciona como un límite voluntario. Una forma de recordar que no todo necesita expandirse indefinidamente. Que acumular opciones no siempre produce mayor libertad. A veces ocurre lo contrario.

Por ahora intento construir un pequeño ecosistema alrededor de esa idea. Un espacio más delimitado. Un microcosmos manejable. Un conjunto reducido de elementos que pueda cuidar con atención y desarrollar con profundidad. Tal vez la verdadera abundancia no consista en abarcar cada posibilidad disponible, sino en elegir con claridad aquello que merece permanecer. Y quizá, dentro de esa simplicidad deliberada, exista una versión más auténtica de la identidad que llevo años intentando construir.



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 Voy a confesar algo: No me gusta que me digan "Señor".

No sé, se me hace raro, incómodo. Entiendo que ya soy viejo, y que las personas jóvenes por respeto, así le dicen a los mayores. Sin embargo no acaba de gustarme. Quizá porque toda la vida me he sentido bien con la gente tuteándome, y nunca preparé un camino, intelectualmente hablando, para recibir a mi versión "don".

No es algo que me quite el sueño, creo.

La cosa es que me estaba viendo en un espejo hace muy poco, y sí, por mucho que me entristezca, sí soy un señor en toda regla. Me veo gordo, sin forma, incómodo, agotado. Muchas de las características que describirían a un señor cualquiera.

Es que la vida adulta no acaricia. Pero más allá de la vida adulta, los excesos han estado feos. Lo digo como quien sabe que aunque no ha probado en su vida alcohol y nunca le ha hecho a fumar, la comida ha sido uno de mis talones de Aquiles.

...

Metí la computadora al cuarto para escribir un poco hoy. Me distraje y terminé con medio texto, una idea mal explicada y la sensación de que las reglas que me puse el día de hoy, no las seguí, y terminé traicionándome a mí mismo, tanto por la computadora en la habitación como por que estuve perdiendo el tiempo en páginas en lugar de ponerme a escribir.

Y es que esa es la realidad de la vida; a veces uno se esfuerza por hacer las cosas bien desde que amanece hasta que llega el momento de entrar a descansar. Ahí, en la comodidad del encierro, en la satisfacción de sentir que casi "lo consigues", te terminas confiando, y un día que parecía contar como éxito en tu desafío personal, se convierte en un error que te carcome por tu incapacidad de mantenerte firme.

...

Envejecer ha hecho que mi fuerza de voluntad mengüe mucho más. Antes podía soportar el esfuerzo y salir adelante al final del día sin chistar. Hoy el cortisol se apodera de mí nada más intento habituarme a algo nuevo (aunque saludable). Es una lucha de poderes entre mis deseos de salir del hoyo y mi versión más cobarde.

...

¿Por qué tengo que seguir cayendo?

¿Por qué no puedo mantenerme en una pieza?

¿Por qué tengo que seguir siendo víctima de mis impulsos?

Solo le pido a Dios que me perdone. Porque al final, de verdad lo intento, pero vuelvo a caer. Le pido que tenga misericordia de mí, porque hay luchas que son más grandes que uno, y las pequeñas victorias son casi inexistentes.

...

Llego a acostarme con algo en mente: bloquear más cosas. Bloquear herramientas, portales, aplicaciones, lo que sea que se robe mi enteresa y atención, lo que sea que me esté provocando fracasar cada día. Cada noche. Cada semana. Cada mes.

Siento que no puedo avanzar por culpa mía y únicamente mía. Por el peso de las decisiones del pasado. Por lo mucho que he permitido que tanto el estrés como la ansiedad tengan poder sobre mí. Y lo siento, estoy arrepentido. He fallado tantas veces que ya parece un discurso memorizado.

Pero hice algo distinto hoy: venir a publicarlo. Y bloquear todo cuanto pudiera bloquear.

 


Lo Siento

Por
 Voy a confesar algo: No me gusta que me digan "Señor". No sé, se me hace raro, incómodo. Entiendo que ya soy viejo, y que las per...

 Te pasa que intentas algo y no lo logras. Lo intentas múltiples veces y al final, después de un tiempo, vuelves a fallar. No sabes cómo hacerle. Te analizas, entiendes la necesidad y, sin embargo, terminas dejándote dominar por esas pasiones que te empujan hacia aquello de lo que vienes alejándote.

Y es que el problema es más arraigado de lo que crees. No basta con distraerte para que no te pase de nuevo. No se trata de ocupar tus manos o tu tiempo durante unas horas. Viene de un lugar más profundo de tu ser, de un rincón que ha estado ahí desde hace mucho tiempo y que sigues alimentando de vez en cuando, incluso cuando aseguras que ya no quieres hacerlo.

Deseas que desaparezca, que se vaya, que te deje en paz; que te permita dedicarte a producir en lugar de estar fastidiándote cada vez que le da la gana. El deseo, o el instinto por hacer aquello que por necesidad y conveniencia has decidido dejar de hacer, permanece presente. Cambia de forma, se esconde por temporadas, aparenta debilidad, pero nunca termina de marcharse. Y hasta ahora no has encontrado una manera de calmarlo para siempre.

Aceptar que existe es una parte importante del proceso. Negarlo solo le permite actuar desde las sombras. Pero en la plenitud de la consciencia sabes que, hasta el día de hoy, no has logrado contenerlo y mucho menos abandonarlo. Lo peor es que te deja sintiéndote miserable, ruin, agotado. Como si cada recaída borrara todos los esfuerzos anteriores y demostrara que no has aprendido nada.

Aunque eso tampoco es verdad.

Porque si algo has aprendido es a reconocer el patrón. Antes caías sin darte cuenta. Ahora observas cómo se aproxima. Identificas las emociones que lo preceden, los pensamientos que intentan justificarlo y las circunstancias que lo vuelven más probable. El problema no es la ignorancia. El problema es que el conocimiento por sí solo no siempre es suficiente para vencer una costumbre que ha echado raíces durante años.

Irte tampoco es una solución, al menos no de forma permanente. Solo funciona por un tiempo, porque cuando regresas la ansiedad es más fuerte. La distancia ayuda a enfriar el impulso, pero no elimina aquello que lo origina. Nunca he entendido del todo lo que la vida me está enseñando con esto. Tal vez la lección no consiste en dejar de caer, sino en descubrir qué vacío intento llenar cada vez que lo hago.

La verdad es que sentirme solo quizá forma parte del proceso de mejora. No porque la soledad sea buena en sí misma, sino porque obliga a escuchar conversaciones internas que el ruido cotidiano mantiene ocultas. Hay preguntas que nadie puede responder por nosotros. Hay heridas que nadie puede señalar con precisión. Y hay batallas que se libran en silencio, lejos de la mirada de los demás.

He rogado innumerables veces por dejar atrás aquello que me aflige y, sin embargo, ahí sigue; aquí sigo; aquí estamos. Tratando no solo de entender, sino de superar los miedos, los problemas, los conflictos internos, la desconfianza, la deshumanización y el autodesprecio.

Porque el verdadero cansancio no viene de caer. Viene de levantarte una y otra vez con la sensación de que sigues atrapado en el mismo sitio. Viene de preguntarte cuántas oportunidades más mereces. Viene de mirar atrás y descubrir que el enemigo conserva el mismo rostro, aunque tú ya no seas exactamente la misma persona.

Pero ¿cómo voy a poder contra algo que, de buenas a primeras, aparece y se vuelve más grande que yo, que mi cabeza, que mi percepción de la realidad? He pactado conmigo mismo. He acordado salir de ahí y no volver jamás. He restringido mi entorno de tal forma que no sea sencillo caer. He cambiado hábitos, horarios y rutinas. He eliminado caminos enteros para no encontrarme con la tentación. Y, de todas maneras, vuelvo a hacerlo.

Quizá porque el problema nunca estuvo únicamente afuera.

Quizá porque hay una parte de mí que todavía encuentra refugio en aquello que intento abandonar. Una parte pequeña, contradictoria y difícil de aceptar, que sigue buscando consuelo donde también encuentra dolor. Mientras esa contradicción exista, la lucha continuará. No importa cuántas barreras coloque alrededor de mi vida.

El camino a partir de aquí es perdonarme de nuevo. Implorar perdón una vez más. Aceptar el hecho de que mi humanidad es frágil, que tiende a caer con facilidad ante la tentación y que no siempre está a la altura de los ideales que presume defender.

Pero también aceptar algo más.

Aceptar que seguir intentándolo tiene valor.

Porque la derrota definitiva no ocurre cuando vuelves a caer. Ocurre cuando decides que ya no vale la pena levantarte. Y hasta ahora, pese a todas las decepciones, a toda la vergüenza y a todos los tropiezos, todavía sigo regresando a la pelea. Tal vez no con la fuerza que quisiera. Tal vez no con la convicción perfecta. Pero sigo aquí.

Y mientras siga aquí, todavía existe la posibilidad de convertirme en alguien capaz de dejar todo esto atrás.



El Problema

Por
 Te pasa que intentas algo y no lo logras. Lo intentas múltiples veces y al final, después de un tiempo, vuelves a fallar. No sabes cómo hac...

 ¿Cómo funciona el mundo, un mundo en el que las cosas no funcionan? ¿Funciono yo? No, tampoco funciono, al menos no de la manera en que me gustaría funcionar. Y así el mundo, así las cosas, así uno, así las circunstancias. ¿De qué me sirve tener los mejores gustos cuando solo intento demostrar que puedo y no puedo, o no sé si pueda? Solo quiero salir huyendo, o entender por qué quiero salir huyendo.

La vida no debería ser un drama, tampoco una comedia. Debería poder disfrutarse cada segundo. Debería permitirnos conseguir aquello que anhelamos sin sentirnos decepcionados, sin decepcionar a otros. Pero esa naturaleza de las cosas, en la que difícilmente nos sentimos complacidos, completos o felices, es una traición hacia nuestro propio ser, hacia nuestra identidad, hacia los planes que teníamos desde que éramos pequeños.

O quizá no. Quizá solo estoy exponenciando la justificación de la existencia, tratando de encontrarle sentido a algo que no debería tenerlo. Porque mientras para uno las cosas ocurren de forma maravillosa, para otra persona la existencia misma es un martirio, y ambos pueden estar en lo correcto. Así funciona la existencia: depende de qué tantas ganas tengas de existir lo que vas a obtener de ella.

Un momento con las personas que amas es más memorable que un periodo prolongado de rutina y aburrimiento. Parte de mí está convencido de que soy una pésima persona contenida, mientras que otra parte sabe que en el fondo soy pura bondad. ¿Cuál de las dos dice la verdad? Tal vez, como con el ejemplo anterior, ambas están en lo cierto.

Y por eso es tan difícil navegar un mundo de grises, porque tienes que colarte entre ellos, ser parte del mobiliario colectivo: inexpresivo, insensible, inhumano, desconectado de la realidad y actuando únicamente desde el plano de la respuesta. Y eso aterra. Aterra ver cómo tu opacidad falla, tu disfraz desaparece y terminas repercutiendo en el entorno.

¿Quién eres? ¿Qué quieres?

Tantas preguntas que te haces al amanecer para terminar dándole vueltas a lo mismo. No te entiendes ni tú, o lo que entiendes de ti te da pena expresarlo, por lo que prefieres decir que estás ahí, siendo, apenas existiendo, con lo que te es posible. Porque la envidia, el ego, el desagrado y la frustración son más fuertes que la mayoría de tus virtudes visibles; porque lo que otros asumen como atractivo, tú lo tienes por descompostura; porque al aceptar que te insulten con el fin de mantener la calma, traicionas al monstruo que hay en ti.



 Los ciclos y sus diferentes etapas deben tener cierto significado para cada uno de nosotros, asumo. No lo sé, la verdad. Hoy mi mente anda más ambigua y dispersa que de costumbre. He visto demasiadas piernas atractivas y ya saben cómo es mi cabeza: a todo trata de encontrarle sentido en un mundo donde, en realidad, nada lo tiene. El absurdismo es un ticket de solo ida.

El funcionamiento de las cosas. Los elementos en orden. Una película en la mente. Ideas dando vueltas. Una asistente atractiva, otra más, y otra, por qué no. Qué bonitos son los cuerpos femeninos. Ojalá se me concedieran algunos sueños desde donde estoy. Pero no sé. Nadie sabe. La vida tiene sus trucos, sus maneras de darnos clases.

Un día vas a un lugar repleto de bellezas y al siguiente evitan atenderte. Tal vez seas tú el problema, o no. No, la verdad no lo creo. Lo que sí creo es que cada uno está luchando sus propios desafíos y ni tiempo tiene para ponerse a argumentar qué le agradó o qué no del sábado en cuestión.

Perdón si los estoy enredando. Es a propósito escribir ideas entrecruzadas para que no hagan sentido. ¿De qué sirve que te explique cómo un día pasa a valer un millón de dólares tras diez minutos de una experiencia inolvidable?

Los cuerpos perfectos no existen, pero uno los idealiza igual. Porque eso amamos de las mujeres: que con un par de prendas encima se ven de diez; con un par de prendas menos, ahora se ven de mil. No, no estoy confesando nada, solo estoy divagando. Pero podría dar nombres, si así lo quisiera, o describir caminatas enriquecedoras, roces momentáneos y miradas cautivadoras.

Porque sí, hoy me observaron varias veces. De momento me sentí incómodo; luego entendí por qué. Tal vez proyectaron el desprecio con el que podría expresarme y lo bien que me puedo llegar a ver cuando estoy contenido. ¿Un monstruo? No, al menos no en ese contexto. La atracción me hace una bestia pasional bajo control.

Un sorbo más al té. No debería estar diciendo tanto, porque no es tener una camiseta negra lo que me da poder, ni ver pasar a bribonas en tacones mientras me miran, de esas que ponen cuota a sus caricias. ¿Cuál será el precio para mí? Estoy a reventar. Bueno, no yo: algunos de los químicos dentro de mi cuerpo. Pero no dejaremos de lado el hecho de que todo lo que estoy escribiendo, o describiendo —por ejemplo, a la morena de minifalda blanca, con exceso de maquillaje y labios rojos frente a mí— no es más que una alucinación de mi cerebro y no está pasando realmente.

Porque un escritor que se respeta también escribe basura y describe la mierda cuando es necesario. No se queda únicamente en emociones y sensaciones del espectro de lo intangible, no señor. Se mete a lo más profundo y profano, a despedazar las cosas que le hacen sentir frustrado, sin importar que apesten, que tengan un aspecto repugnante o que terminen escurriendo por las alcantarillas de una ciudad colmada de ratas.



 El problema con las adicciones, o mejor dicho, con el proceso de desintoxicación de las mismas, es que a veces, durante uno o dos días, incluso durante la primera semana, te mantienes firme en tu decisión. Crees que lo vas a conseguir, te ocupas para evitar la tentación o sales de casa para no darle vueltas al asunto.

Pero ¿qué pasa cuando estás encerrado y la tentación permanece frente a ti, recordándote lo bien que se siente caer? Entonces se convierte en una lucha difícil, una que pocos logran ganar. Lo peor es que al día siguiente será igual, quizá con mayor intensidad. Porque las adicciones son pacientes: esperan la oportunidad adecuada y, cuando te encuentran vulnerable, te envuelven por completo.

Luego aparece la ansiedad de la abstinencia, porque aquello que te aflige también suele estar ligado a otros problemas. No es lo mismo convencerte de no hacer o consumir algo que mantenerte estable cuando la cabeza duele, cuando el pecho parece querer salirse de su sitio, cuando se acumula el cortisol, cuando los pensamientos toman el control. Así funciona el cuerpo: cuando se acostumbra a algo, lucha por permanecer ahí, en esa zona conocida, en ese pico de dopamina tan breve como engañoso.

Quizá por eso nos cuesta tanto observarnos con honestidad. Ojalá fuéramos capaces de mirarnos al espejo sin sufrir o sin entrecerrar los ojos. No por el físico, que al final es un asunto temporal, sino por aquello que solo nosotros alcanzamos a ver en el reflejo: nuestras inseguridades, nuestros miedos, nuestras carencias y nuestros pecados.

Tal vez sentirte atado de manos a propósito no sea el mejor método de enseñanza, y es probable que aceptar tus errores como parte de quien eres te ayude más a comprenderlos y navegarlos. Sin embargo, cuando eliminamos todos los filtros y límites de nuestra conducta, corremos el riesgo de convertirnos en aquello que no queremos ser. No porque exista algo perverso en la libertad, sino porque dejamos de considerar las consecuencias de nuestros actos sobre nuestras responsabilidades. Por eso pienso que lo más sano es encontrar un equilibrio entre la disciplina y la liberalidad.

Pero esa es solo mi forma de verlo. A mí me funciona así. Cada persona utiliza sus propios medios para resolver sus conflictos internos: algunos toman distancia, otros acumulan cosas, y otros buscan experiencias que les permitan sentirse parte de un grupo o de un lugar específico.

A veces asociamos la felicidad con la desconexión. Y no es sencillo acostumbrarte a estar solo, encerrado con tus pensamientos, intentando comprenderte. Resulta mucho más fácil entregarte al vicio, irte de viaje, gastar dinero o comprar boletos para algún evento. No digo que nada de eso sea malo; solo pienso que, en ocasiones, también puede convertirse en una forma de evitar aquello que llevamos dentro.

Pero cada quien es libre de utilizar los recursos que quiera y pueda para alcanzar sus propios fines. Porque al final se trata de entender que no somos perfectos y de aceptar que no podemos pasar la vida lamentando nuestras imperfecciones. Debemos seguir adelante, reconociendo que estamos rodeados de porquería, pero sin olvidar que también existen virtud y valores dentro de nosotros.



 Una vida de productividad o una vida sin sentido: eso es lo que parece ofrecer la sociedad moderna. O te ajustas a las reglas de generar para el monstruo insaciable en el que vivimos o simplemente desapareces, dejas de pertenecer y te conviertes en parte de la escoria lastrera que el resto tiene que arrastrar.

Suena fuerte lo anterior, pero en cierto sentido debería serlo. Aunque representa un castigo inmenso para quienes, a veces, lo único que no quieren hacer es seguir el camino trazado y prefieren encontrar por sí mismos aquello que los apasiona, hacer lo que aman. Lo cual, desde mi perspectiva, es algo estupendo.

Pero el mundo no lo ve así. El mundo impone sus reglas, te obliga a formar parte de lo que más le conviene, y eso no refleja ni respeta tu individualidad, tu personalidad única ni aquello que despierta tu interés; por el contrario, te convierte en un engrane más para que la maquinaria siga funcionando.

Sin embargo, ¿hay algo que podamos hacer por cuenta propia para evitarlo? Déjenme ser el detestable fatalista que les diga la verdad: no, no lo hay. Trabajas en función del "bien mayor", y por bien mayor me refiero a la gran escala de las cosas. Si tú no funcionas, te sustituyen, punto. No hay un balance que permita la inflexión, no hay una negociación a puerta cerrada. Eres lo que te asignan y como te etiquetan. Al menos a los ojos de los demás.

Aquí es donde viene lo importante: la lucha por la identidad propia y el mantenerte al margen de modas y tendencias. Eso no te va a poner en el ojo público, ni siquiera te llevará consigo como una ola; pero, en consecuencia, tu alcance será limitado, crecerá despacio y probablemente termines hartándote antes de que alguien note tu existencia.

Pero así es vivir del arte, de hacer aquello que amas, de construir a partir de lo que hay en ti. Porque la alternativa es una, y es horrible: ceder a ser moldeado.

Te toca aprender a vivir con lo mínimo, a esforzarte mientras sostienes una doble vida. Una en la que puedas enriquecer tu interior; la otra, en la que seas un número más del corporativismo. O simplemente dejarte llevar por el camino de la desconexión, habituándote a existir únicamente contigo.

Nada es sencillo para los que estamos aquí. Si no naciste en el privilegio, te toca picar piedra, tocar puertas y derramar un montón de lágrimas ante el fracaso. Y si sigues, los fracasos terminan endureciendo tu piel hasta el punto en que cada vez te importan menos. Del mismo modo, empieza a importar menos lo que digan de ti, porque estás concentrado en conseguir algo que consideras más grande y valioso.

Entonces voltearás hacia atrás, ¿y qué es lo que verás? ¿Alguien que siguió lo que su corazón le dictaba o a alguien que prefirió abandonar sus sueños por un poco de estabilidad?