Bendito Café

 Anoche tuve mucho calor, consecuencia tal vez de no haber cenado correctamente, y no, no culpo al corte que me comí, sino al café. Por cierto, la mañana en el pueblo se siente tranquila, quizá demasiado tranquila. No hay más allá de un par de negocios abiertos en el Centro, salí a buscar qué comer antes de regresarme... O en una de esas le doy una oportunidad más el día de hoy y me regreso hasta mañana, todavía no tomo una decisión.

Hay algo extraño en los pueblos cuando uno llega con la cabeza acelerada. Parecen invitarte a bajar el ritmo, pero si vienes arrastrando cansancio o ruido interno, el silencio termina pesando más de la cuenta. Creo que eso me pasó desde que bajé del autobús, como si yo hubiera llegado en una velocidad distinta a la de este lugar.

A ver, la estadía de ayer no fue la mejor experiencia, llegué y fui a un restaurante, me comí un muy buen vacío, aunque el lugar estaba solísimo y eso se siente raro. Después salí al parque, di un par de vueltas por aquí, bastante gente, empezó a llover y se fue la luz. Es como si la naturaleza me tratara de boicotear la experiencia anoche.

Y aun así hubo momentos curiosos. El sonido de la lluvia pegando sobre las banquetas, la gente corriendo a meterse al café en el que también terminé yo cuando regresó la luz. Por un instante pensé que quizá de eso se trataba venir aquí, de aceptar que las cosas no tienen que salir bien para sentirse reales.

Ese café, ese bendito café del que hablé hace un momento, me reventó el estómago, la estaba pasando horrores anoche; y los roomies, ah porque nadie me dijo que el cuarto estaba parcialmente compartido cuando reservé, incomodísimo.

Y entonces lo que sentía dentro de mi cuerpo sumado a que el exterior no era nada propicio para pasar un rato agusto, me obligó a quedarme encerrado a partir de las diez de la noche. Afuera, a un par de cuadras, seguía la fiesta, pude escucharla en varias direcciones a la redonda.

Hay noches donde uno descubre que la incomodidad física puede arruinar cualquier paisaje. Puedes estar en un lugar bonito, distinto, incluso interesante, pero si el cuerpo entra en conflicto, todo alrededor empieza a perder color. El calor, el ruido, el estómago hecho pedazos, la sensación de no tener un espacio propio. Todo termina mezclándose en la cabeza.

Luego, ya en mi cuarto, se soltó el calor, es un horno, sin ventilación, sin que se sintiera el circular del aire siquiera y sin poder abrir la puerta porque ahí estaban los otros inquilinos, no siento la verdad que merezca seguir pasando una experiencia mediocre, y tal vez tenga que irme hoy para darle otra oportunidad más adelante, en dos semanas que regrese. Quizá venir más temprano en la semana, y darme más días por aquí, rentar un lugar con aire acondicionado e independiente para mí solo.

Porque al final creo que eso resume todo, la experiencia de estar acá no ha sido catastrófica, pero sentir que todo me ocurre a las prisas no me permite disfrutar las bellezas de un pueblo que tiene su propia identidad y sobre todo su propio ritmo de vida.



 Anoche tuve mucho calor, consecuencia tal vez de no haber cenado correctamente, y no, no culpo al corte que me comí, sino al café. Por cierto, la mañana en el pueblo se siente tranquila, quizá demasiado tranquila. No hay más allá de un par de negocios abiertos en el Centro, salí a buscar qué comer antes de regresarme... O en una de esas le doy una oportunidad más el día de hoy y me regreso hasta mañana, todavía no tomo una decisión.

Hay algo extraño en los pueblos cuando uno llega con la cabeza acelerada. Parecen invitarte a bajar el ritmo, pero si vienes arrastrando cansancio o ruido interno, el silencio termina pesando más de la cuenta. Creo que eso me pasó desde que bajé del autobús, como si yo hubiera llegado en una velocidad distinta a la de este lugar.

A ver, la estadía de ayer no fue la mejor experiencia, llegué y fui a un restaurante, me comí un muy buen vacío, aunque el lugar estaba solísimo y eso se siente raro. Después salí al parque, di un par de vueltas por aquí, bastante gente, empezó a llover y se fue la luz. Es como si la naturaleza me tratara de boicotear la experiencia anoche.

Y aun así hubo momentos curiosos. El sonido de la lluvia pegando sobre las banquetas, la gente corriendo a meterse al café en el que también terminé yo cuando regresó la luz. Por un instante pensé que quizá de eso se trataba venir aquí, de aceptar que las cosas no tienen que salir bien para sentirse reales.

Ese café, ese bendito café del que hablé hace un momento, me reventó el estómago, la estaba pasando horrores anoche; y los roomies, ah porque nadie me dijo que el cuarto estaba parcialmente compartido cuando reservé, incomodísimo.

Y entonces lo que sentía dentro de mi cuerpo sumado a que el exterior no era nada propicio para pasar un rato agusto, me obligó a quedarme encerrado a partir de las diez de la noche. Afuera, a un par de cuadras, seguía la fiesta, pude escucharla en varias direcciones a la redonda.

Hay noches donde uno descubre que la incomodidad física puede arruinar cualquier paisaje. Puedes estar en un lugar bonito, distinto, incluso interesante, pero si el cuerpo entra en conflicto, todo alrededor empieza a perder color. El calor, el ruido, el estómago hecho pedazos, la sensación de no tener un espacio propio. Todo termina mezclándose en la cabeza.

Luego, ya en mi cuarto, se soltó el calor, es un horno, sin ventilación, sin que se sintiera el circular del aire siquiera y sin poder abrir la puerta porque ahí estaban los otros inquilinos, no siento la verdad que merezca seguir pasando una experiencia mediocre, y tal vez tenga que irme hoy para darle otra oportunidad más adelante, en dos semanas que regrese. Quizá venir más temprano en la semana, y darme más días por aquí, rentar un lugar con aire acondicionado e independiente para mí solo.

Porque al final creo que eso resume todo, la experiencia de estar acá no ha sido catastrófica, pero sentir que todo me ocurre a las prisas no me permite disfrutar las bellezas de un pueblo que tiene su propia identidad y sobre todo su propio ritmo de vida.



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 Solo. Es como llegamos al mundo y, en cierto sentido, como nos vamos a ir. Estoy viendo interacciones en la ciudad mientras la rondo en soledad. ¿Qué está pasando? ¿Por qué parece que la gente sigue patrones similares? Los observas un poco: caminan, se toman de las manos, se sientan un rato en el parque, deciden ir por un café. ¿Y qué más? No puede ser tan aburrida una noche de viernes después de lo que significa la jornada laboral de toda la semana.

Aquí hay algo que no he comentado. Tengo que hacerlo, aunque me provoque cierta pena ajena: se suben a los coches y salen a dar vueltas por el Centro con música a volumen elevado. Crucé miradas con más de un conductor que me devolvió una sensación evidente de mutua repugnancia, y eso, de hecho, no es malo. Que sus formas de "divertirse" y "pasar el tiempo" sean tan distintas a las mías no tendría por qué significar algo negativo.

Diría que es ridículo, pero eso no sería otra cosa que la proyección de mis propios sesgos. Quería experimentar algo diferente, y lo estoy haciendo, sintiéndome más ajeno que nunca a aquellos años pasados en los que también cumplía el papel de foráneo, aunque con el ego inflado en el pecho de estar en Plazas como Andares o Galerías, viendo pasarelas en tiempo real de mujeres adultas en cuerpos llamativos, como pez en el agua.

Toda la Zona Centro se quedó sin electricidad. Un apagón. Afuera, la lluvia no daba tregua. Bastantes personas seguían caminando por la calle, y eso se lo doy como mérito, porque de donde yo soy la gente es de azúcar: comienzan a caer un par de gotas y salen huyendo a casa. Aquí no. Aquí se mantuvieron estoicos. Asumo que conocen muy bien sus climas y saben cuánto puede durar la lluvia. Y así fue. Apenas media hora.

Después de eso, la gente siguió en las mismas: circulando en sus coches, platicando, ocupando las bancas, compartiendo, entrando a los cafés. ¿Acaso es envidia lo que estoy sintiendo en el pecho?

"Un café y un panino" más tarde, pienso que no es realmente el exterior lo que me incomoda, ni lo que nunca me ha provocado incomodidad como tal, sino la falta de pertenencia. Soy un inadaptado que les pone las cosas difíciles a quienes intentan aproximarse a sus círculos cercanos. Tal vez por eso soy bueno redactando las ideas que hacen pasarela en mi cabeza conforme paso tiempo frente al procesador de textos. Aunque no es el procesador en sí: es mi cerebro intentando desenmarañar un muladar de ocurrencias y eventos aleatorios ocurriendo en distintos niveles de absurdismo. ¿Y por qué? Ni siquiera tiene sentido que impersone a un crítico.

La crítica es de lo más ruin que podemos aportar, siendo honesto. No hace nada, no produce nada, ni se expone a menos que alcance cierto nivel de influencia. Es el placebo de la productividad.

Una señora con una niña caminando a su lado llegó a pedirme dinero para comer. Cómo me duele que me pidan dinero para comer, porque yo sé lo feo que es no poder hacerlo. O que el dinero no alcance ni siquiera para eso. Me lo dijo con los ojos llorosos. Y aquí está su corazón de pollo, que terminó abriendo la cartera aun sabiendo que los billetes de menor denominación que tenía eran de doscientos. Tome uno. "A comer, pues", le dije a secas.

Escribo lo anterior no con intención de mostrar compasión o empatía en ningún sentido, sino como el engrane que malfunciona dentro del microcosmos que me rodea. El que abruptamente es sacado de su ensopor mientras tira frases en la computadora. ¿La víctima perfecta? Si se quiere pensar así. O quizá el más ingenuo de los que estamos aquí: por la soledad, por el aspecto, por la laptop, por los lentes, por cualquier cosa.

Y ya es todo. No hay remate que funcione. Probablemente he quedado peor parado que en otras ocasiones al narrar desde la honestidad. Porque un cerebro honesto no necesariamente es ajeno a cometer errores; muy por el contrario, suele estar habituado al desliz fácil.



 "De una", una frase común de escuchar aquí. Significa hacer las cosas sin miramientos ni dilación; entrarle al momento, sin repensar, actuar porque es lo que hay que hacer. Puede que fracases, que rompas lo que servía, que te partas la cara contra un muro al intentarlo, pero ni modo.

Nada hace más daño que la quietud. La comodidad de quedarse en el mismo lugar haciendo exactamente lo mismo: muriendo, pudriéndote, entumecido por la falta de movimiento. Estamos hechos para producir, para ser, para crecer y aportar conforme tengamos posibilidades, de acuerdo con nuestros contextos y las habilidades que hayamos desarrollado. El chiste es enfrentarse a lo que venga.

Escribo lo anterior porque hace unos días una persona me dijo que no podemos vivir con temor a lo que nos pueda pasar, haciendo del miedo nuestra bandera y refugio. Que si quieres conseguir algo debes entender que hay riesgos: quizá te estafen, quizá te lastimen, quizá te engañen. Lo importante es que, por lo menos, hayas podido experimentar, y eso, a largo plazo, trae sus recompensas.

Digo lo anterior convencido de que no todos tenemos las mismas oportunidades. No de forma discursiva, sino con la convicción de que la única garantía de seguir igual es no hacer nada. También es cierto que la mayoría de éxitos provenientes desde abajo, si los observamos a través de una lupa, son la consecución de múltiples errores, humillaciones y fracasos.

Y a nadie le gusta sentirse humillado o fracasado, pero es lo que toca enfrentas cuando no vienes de orígenes tan privilegiados que te brinden cobertura suficiente para levantarte después de múltiples descalabros.

Existir es difícil. Elegir lo que te conviene antes de lo que te atrae o entretiene lo es todavía más, lo confieso. Y sin embargo, creo que es una vida que merece ser disfrutada, porque al final de todo, cuando hagas cuentas, cuando medites en tu pasado, es un privilegio llegar a una meta que te hayas propuesto, o a todas ellas si tuviste la fortuna suficiente.

Pues en la ruleta de circunstancias que pueden tocarte, con los condimentos específicos, si tuviste la dicha de caer de pie, cada día se convierte en una victoria. Cada anochecer es un funeral de lo que aprovechaste o no durante las horas que tuviste disponibles. Y no lo digo desde el optimismo, porque es comprensible que a veces, por mucho que nos esforcemos, la obtención de méritos jamás llegue.

También es cierto que habrá quien, con hábitos cuestionables, habilidades inexistentes y una personalidad deplorable, termine mejor que tú. Y ¿sabes qué? No importa. Así es vivir: darte cuenta, cada cierto tiempo, de que poder sentarte a escribir agradeciendo la lucidez que has tenido hasta ahora ya es un triunfo suficiente para alegrarte el rato.



De Una

Por
 "De una", una frase común de escuchar aquí. Significa hacer las cosas sin miramientos ni dilación; entrarle al momento, sin repen...

 La versión del día de hoy piensa diferente, tengo la bandera de "se les acabó su gordito" poco en broma, poco en serio en la mente desde que amaneció. Ayer en la tarde comí algo que me hizo sentir terrible, después fui a caminar pero el estrés mismo no dejaba de provocarme incomodidad, por lo que opté por un camino todavía más austero en cuanto a los alimentos.

Generalmente tenía la costumbre de venir al Starbucks y pedir un combo en la mañana para desayunar. No lo más nutritivo, sin ser garrafal, un sandwich de pavo panela con un latte con leche de coco. ¿Y ahora? Pues ahora ni eso, hoy vine únicamente como acto de iniciación por un Cold Brew, bastante rico y fuerte, tengo que decirlo.

Se aproxima un fin de semana con algunas modificaciones en mi entorno personal, en primera instancia, quiero finalmente habilitar la cámara que tengo dentro de la casa, y para eso, es necesario que limpie de una vez la casa. Espero al final del día tener energía suficiente para hacerlo. Desde la óptica de trabajo, hay que sacar un par de pendientes que tengo atrasados, quiero también conseguirlo el día de hoy. Respaldando la lógica de la frase que encabeza este texto, he decidido aumentar en dos mil pasos el total que me he puesto como reto para cada día, lo cual he de mencionar se convierte en un reto, porque tengo que iniciar mis mañanas con caminatas de aproximadamente una hora y media para poder mantener el ritmo.

Todo esto viene como consecuencia de varias modificaciones en las cosas con las que suelo tener contacto diariamente. Mi intención es mejorar la mente en primer lugar —sacarla del estado de somnolencia que luego me aflige—, y después, el cuerpo con todos los beneficios que ello agrega.

Necesito una cabeza más ágil el día de hoy, una que sea capaz de lidiar con las responsabilidades correctamente sin caer en las contemplaciones del absurdismo filosófico, una que sea apta para resolver problemas, encontrar bugs y desplegar cambios como una máquina en óptimo funcionamiento.

Algunas cosas he dejado de hacer por salud desde hace poco, por ejemplo: Ya no hay alarmas en mi celular para despertar. Despertaré hasta la hora que mi cuerpo quiera hacerlo, y al final, me levanto cada día más temprano, pero duermo profundamente, sin conflictos de sueño durante la noche.

En materia de lo esencial, lo más importante: Los alimentos, mientras más naturales, mejor. He tenido reacciones a ciertas salsas y aderezos que con solo consumirlos me provocan incomodidad, si hubieran visto la bolsa enorme de basura que tiré hace algunas semanas, con todas esas botellas que dejaré de consumir. Y múltiples trastes de plástico que tajantemente he quitado de mi vida. Todavía me falta, todavía me quedan algunas botellas, trastes y productos de consumo que son dañinos, conforme tengo oportunidad estoy cambiando eso también.

Adiós a los quesos, a los lácteos en general, a los embutidos, al cerdo, a las grasas saturadas, a los azúcares añadidos, a las harinas, a los carbohidratos dañinos, a los procesados, a los dietéticos.

Otra cosa que hice fue cambiar algunos productos de higiene: Pasta dental, shampoo. Inconscientemente estamos en contacto con múltiples venenos que nos destruyen todo el tiempo. Desde el agua que sale de nuestra regadera hasta la crema que usamos para "protegernos del sol", siento que vivimos sumergidos en un capitalismo insaciable que con tal de vendernos, nos vuelve dependientes de los productos productos que nos ofrece.

Ahora, eso no significa que lo consiga siempre, como dije al inicio de mi texto, ayer mismo comí algo que me hizo daño y me forzó a actuar de forma rotunda. En la intención no queda el cambio, la acción es obligatoria.

En fin, vine aquí a dejar un compromiso conmigo mismo, con mi yo que vendrá en un futuro cercano agradeciendo por lo que estoy por comenzar. Una nota que se quede en la bitácora de mi existencia como prueba de hacia dónde quiero llegar y lo que estoy construyendo con mi persona. Una bebida como símbolo de introducción a una vida todavía más simple y saludable.



Cold Brew

Por
 La versión del día de hoy piensa diferente, tengo la bandera de "se les acabó su gordito" poco en broma, poco en serio en la ment...

 Somos un chiste... Ok, tampoco es la mejor manera de empezar un texto que intenta acercarse a la gente. No es precisamente la clase de apertura que uno usaría para construir una audiencia enorme —como si tuviera una—, pero supongo que cierta honestidad empieza justo en esos lugares incómodos donde uno deja de intentar sonar inteligente.

Y además es verdad.

Somos un chiste raro. Una colección de contradicciones mal acomodadas intentando verse profundas en internet mientras el algoritmo premia bailes, escándalos y personas absurdamente hermosas tomando café frente a una ventana.

A veces pienso que gran parte de mi vida ha consistido en mirar demasiado alto. No hablo solo de expectativas o sueños; hablo de esa costumbre casi involuntaria de fijarme en cosas particularmente inalcanzables. Personas, estilos de vida, ideas, futuros posibles. Cosas que brillan mucho cuando están lejos.

Una vez un amigo me dijo algo que se me quedó pegado más tiempo del que debería:

“Pues claro, te gustan las que a todos nos gustan”.

Y sí. Tenía razón.

Ni siquiera pude defenderme porque entendí exactamente a qué se refería. Lo que me atrae suele ser evidente, casi estadístico. La clase de belleza que entra a un lugar y reorganiza la atención de todos sin pedir permiso. Lo más curioso es que uno quisiera creer que tiene gustos complejos, sofisticados, distintos, pero no siempre es así. A veces uno es brutalmente simple. Ridículamente humano.

Y creo que ahí nace parte de mi frustración.

Porque mientras más arriba colocas la mirada, más difícil se vuelve sentir suficiente para alcanzar algo. Tus estándares dejan de ser una preferencia y empiezan a comportarse como una especie de castigo silencioso. Ves algo hermoso y en lugar de inspirarte, comienzas a calcular distancias.

Distancia económica.

Distancia física.

Distancia social.

Distancia emocional.

Distancia entre lo que eres y lo que imaginas que deberías ser para merecer ciertas cosas.

Lo peor es que esto no se limita al amor. Se infiltra en todo.

En la carrera que elegiste.

En la persona que imaginaste convertirte.

En la versión de ti que jurabas que existiría a estas alturas de la vida.

Y entonces pasa algo extraño: sobrevives, avanzas, haces cosas relativamente funcionales, incluso logras ciertas metas, pero por dentro sigues sintiéndote a medio preparar. Como fruta picada esperando dentro de una licuadora que alguien olvida encender.

No estás destruido. Tampoco terminado.

Solo suspendido.

Como si una parte de ti siguiera esperando el momento exacto donde por fin todo tenga sentido, donde la disciplina dé resultados visibles, donde el esfuerzo deje de sentirse como una inversión emocional de alto riesgo.

Pero quizá así se siente crecer para muchos.

Descubrir que la vida no siempre recompensa la intensidad con la que deseas o trabajas por algo. Descubrir que puedes ser inteligente y aun así perderte. Que puedes esforzarte y aun así sentirte insuficiente frente a personas que parecen haber nacido con el mapa completo.

Y aun así aquí seguimos.

Haciendo textos raros.

Imaginando cursilerías.

Pensando demasiado.

Intentando entender por qué queremos lo que queremos.

Como un chiste que todavía no encuentra bien su remate.



 La importancia de saber caer, o mejor dicho, de aprender a caer con gracia.

En un mundo repleto de alucinaciones, vicios, riesgos, tentaciones y toxicidad, sobreponerse se volvió una necesidad para seguir en pie, incluso cuando uno termina de bruces contra el suelo cada cierto tiempo. Lo digo porque así me siento.

Venía cargando algo desde hace meses en la consciencia. Algo que retumbaba por las noches y no me dejaba dormir. Al final tuve que soltarlo, como quien abandona una partida interminable porque entiende que ya no tiene fuerzas para seguir jugando. Lo hice, y no estoy orgulloso de eso.

Tener una cuchilla ajustada al cuello en medio de una carrera y esperar no cortarse es una muestra de lo ingenuo que puedo llegar a ser. Me arrepiento, claro que me arrepiento, pero creo que la derrota no debería convertirse en definición personal. Me ha dolido el peso de la realidad. Me ha golpeado descubrir otra vez mis limitaciones. Pero aceptar que esa es mi naturaleza o mi destino simplemente no entra en mis planes.

Entonces aparece la pregunta importante: ¿qué nos hace tomar malas decisiones? ¿Bajo qué circunstancias dejamos que el tapón que contiene toda la presión finalmente reviente?

Hay demasiadas variables. A veces la vida personal empieza a desmoronarse. Otras veces vivimos atrapados entre disyuntivas que terminan convirtiéndose en estrés permanente. Y luego está la más cruel de todas: sentir que no somos suficientes para el mundo que nos rodea, que cada paso nos aleja más del propósito que alguna vez creímos tener. Eso destruye la motivación desde dentro.

Uno termina convertido en una especie de zombie cuando pierde los motivos. Cuando la sociedad solo parece ofrecer las migas de lo cotidiano. Cuando ya no importa cuánto esfuerzo haya existido detrás de cada intento y aun así seguimos revolcándonos sobre la incertidumbre.

Darme cuenta de que estoy a una cadena de conexión entre un agente IA bien entrenado y cualquier proyecto que quiera construir se convierte, inevitablemente, en una forma de autocastigo. Y qué se le va a hacer.

No veo manera real de competir contra lo que viene. Perdón por sonar fatalista, pero es lo que percibo. La aceptación de esa realidad vive en cada célula de mi personalidad. Quizá ser demasiado consciente no siempre es una virtud. Tal vez la ignorancia sí tenía algo de misericordia.

¿Y entonces qué hago?

No lo sé.

Solo espero. Espero caer de pie o al menos caer con gracia cuando ocurra. Espero recibir nuevas oportunidades antes de deberle veinte años de mi vida a los acreedores. Espero recuperar cierta autonomía. Sentirme libre otra vez antes de ser arrastrado por la voluntad programada de alguna inteligencia superior.

Porque sí, uno puede pecar de todo. Puede sufrir ansiedad, cansancio, miedo y confusión. Puede convertirse en la personificación de la duda. Todo eso nos hace humanos, pero también nos vuelve inferiores frente a herramientas diseñadas para funcionar sin descanso, sin dolor, sin desgaste y sin necesidad de detenerse jamás.

Aun así, quiero seguir adelante.

Así como el sol vuelve a salir cada mañana, quiero encontrar la forma de mantenerme presente, subsistir, aprovechar cualquier oportunidad que aparezca y avanzar con lo que todavía se me permita construir. Aunque sea desde el conocimiento, desde la experiencia o desde la voluntad de adaptarme.

Porque en un entorno donde todos luchan por la misma chuleta diaria, permanecer también es una forma de victoria.



Saber Caer

Por
 La importancia de saber caer, o mejor dicho, de aprender a caer con gracia. En un mundo repleto de alucinaciones, vicios, riesgos, tentacio...

 Cambio de estrategia. En un año donde todo debería parecer más sencillo, dentro de mi cabeza las cosas ocurren más lento y, por fuera, el mundo parece girar intempestivamente, sin dar tregua; por lo que necesito cambiar mi manera de afrontar las cosas. No solo hablando de planes y proyectos, sino de cómo experimento cada día.

Llegar a las ocho de la noche exhausto, con la mente atrapada en lo que parece ser la simple rutina de lo cotidiano. Algo ocurre. Quizá es consecuencia de ver cómo el entorno colapsa, de darme cuenta de que por mucho que estudie, me prepare y esfuerce, jamás llegaré a una fracción de lo que las nuevas tecnologías son capaces de hacer. El trabajo se complica y los viejos fantasmas del pasado asoman a través de la pantalla para recordarme cómo he sido víctima, múltiples veces, de la falta de claridad disfrazada de “camino correcto”.

Las responsabilidades y proyectos se acumulan. Las deudas susurran a mis oídos cada noche antes de dormir. “Son las consecuencias de tus actos”, repite la culpa al despertar, sintiéndome peor que ayer, con dolencias musculares que antes no tenía, con la urgencia de destacar en un mundo donde lo único en lo que parezco experto es en insignificancias. Con el terrible deseo de destruir aquello que me cautiva. Con el ego herido ante el frágil reconocimiento de mi propio ser.

Ensombrecido por la naturaleza de las aptitudes, sorprendido por la firmeza de las determinaciones ajenas; no soy un sabio, ni un orador. No soy un genio, ni un pensador. Solo soy un hombre tratando de abrazarse a la poca humanidad que le queda, rescatando y añorando cada instante en que percibe el calor de la compañía, erigiéndose ante distintos duelos, sobreponiéndose a la amarga realidad de que la exclusividad humana parece extinguirse. Porque al final, somos micropartículas en el compuesto de un Universo al que ínfimamente podríamos importarle menos.

Descubrir que somos efímeros es, de alguna forma, la única voz que deberíamos escuchar. No para el reproche, sino para el goce. Para alegrarnos de abrir los ojos y lanzar la primera bocanada de aire del día. Para agradecer que nuestro cuerpo siga siendo capaz de realizar esos procesos de restauración cíclicos que nos permiten envejecer y aproximarnos a la inminente partida; algo que espero me ocurra con dignidad.

Sé que puede sentirse como si estuviera reclamándole cosas a mi presente, y eso no podría ser más irreal. Lo que estoy es agradecido hasta el agotamiento. Fastidiado, eso sí, de mis limitadas capacidades, pero feliz de estar acá, escribiendo letras que me ayuden a liberar un poco de lo que hay en mi cabeza.

Llámalo desfragmentación del disco maestro. O algo así.