Anoche tuve mucho calor, consecuencia tal vez de no haber cenado correctamente, y no, no culpo al corte que me comí, sino al café. Por cierto, la mañana en el pueblo se siente tranquila, quizá demasiado tranquila. No hay más allá de un par de negocios abiertos en el Centro, salí a buscar qué comer antes de regresarme... O en una de esas le doy una oportunidad más el día de hoy y me regreso hasta mañana, todavía no tomo una decisión.
Hay algo extraño en los pueblos cuando uno llega con la cabeza acelerada. Parecen invitarte a bajar el ritmo, pero si vienes arrastrando cansancio o ruido interno, el silencio termina pesando más de la cuenta. Creo que eso me pasó desde que bajé del autobús, como si yo hubiera llegado en una velocidad distinta a la de este lugar.
A ver, la estadía de ayer no fue la mejor experiencia, llegué y fui a un restaurante, me comí un muy buen vacío, aunque el lugar estaba solísimo y eso se siente raro. Después salí al parque, di un par de vueltas por aquí, bastante gente, empezó a llover y se fue la luz. Es como si la naturaleza me tratara de boicotear la experiencia anoche.
Y aun así hubo momentos curiosos. El sonido de la lluvia pegando sobre las banquetas, la gente corriendo a meterse al café en el que también terminé yo cuando regresó la luz. Por un instante pensé que quizá de eso se trataba venir aquí, de aceptar que las cosas no tienen que salir bien para sentirse reales.
Ese café, ese bendito café del que hablé hace un momento, me reventó el estómago, la estaba pasando horrores anoche; y los roomies, ah porque nadie me dijo que el cuarto estaba parcialmente compartido cuando reservé, incomodísimo.
Y entonces lo que sentía dentro de mi cuerpo sumado a que el exterior no era nada propicio para pasar un rato agusto, me obligó a quedarme encerrado a partir de las diez de la noche. Afuera, a un par de cuadras, seguía la fiesta, pude escucharla en varias direcciones a la redonda.
Hay noches donde uno descubre que la incomodidad física puede arruinar cualquier paisaje. Puedes estar en un lugar bonito, distinto, incluso interesante, pero si el cuerpo entra en conflicto, todo alrededor empieza a perder color. El calor, el ruido, el estómago hecho pedazos, la sensación de no tener un espacio propio. Todo termina mezclándose en la cabeza.
Luego, ya en mi cuarto, se soltó el calor, es un horno, sin ventilación, sin que se sintiera el circular del aire siquiera y sin poder abrir la puerta porque ahí estaban los otros inquilinos, no siento la verdad que merezca seguir pasando una experiencia mediocre, y tal vez tenga que irme hoy para darle otra oportunidad más adelante, en dos semanas que regrese. Quizá venir más temprano en la semana, y darme más días por aquí, rentar un lugar con aire acondicionado e independiente para mí solo.
Porque al final creo que eso resume todo, la experiencia de estar acá no ha sido catastrófica, pero sentir que todo me ocurre a las prisas no me permite disfrutar las bellezas de un pueblo que tiene su propia identidad y sobre todo su propio ritmo de vida.
Anoche tuve mucho calor, consecuencia tal vez de no haber cenado correctamente, y no, no culpo al corte que me comí, sino al café. Por cierto, la mañana en el pueblo se siente tranquila, quizá demasiado tranquila. No hay más allá de un par de negocios abiertos en el Centro, salí a buscar qué comer antes de regresarme... O en una de esas le doy una oportunidad más el día de hoy y me regreso hasta mañana, todavía no tomo una decisión.
Hay algo extraño en los pueblos cuando uno llega con la cabeza acelerada. Parecen invitarte a bajar el ritmo, pero si vienes arrastrando cansancio o ruido interno, el silencio termina pesando más de la cuenta. Creo que eso me pasó desde que bajé del autobús, como si yo hubiera llegado en una velocidad distinta a la de este lugar.
A ver, la estadía de ayer no fue la mejor experiencia, llegué y fui a un restaurante, me comí un muy buen vacío, aunque el lugar estaba solísimo y eso se siente raro. Después salí al parque, di un par de vueltas por aquí, bastante gente, empezó a llover y se fue la luz. Es como si la naturaleza me tratara de boicotear la experiencia anoche.
Y aun así hubo momentos curiosos. El sonido de la lluvia pegando sobre las banquetas, la gente corriendo a meterse al café en el que también terminé yo cuando regresó la luz. Por un instante pensé que quizá de eso se trataba venir aquí, de aceptar que las cosas no tienen que salir bien para sentirse reales.
Ese café, ese bendito café del que hablé hace un momento, me reventó el estómago, la estaba pasando horrores anoche; y los roomies, ah porque nadie me dijo que el cuarto estaba parcialmente compartido cuando reservé, incomodísimo.
Y entonces lo que sentía dentro de mi cuerpo sumado a que el exterior no era nada propicio para pasar un rato agusto, me obligó a quedarme encerrado a partir de las diez de la noche. Afuera, a un par de cuadras, seguía la fiesta, pude escucharla en varias direcciones a la redonda.
Hay noches donde uno descubre que la incomodidad física puede arruinar cualquier paisaje. Puedes estar en un lugar bonito, distinto, incluso interesante, pero si el cuerpo entra en conflicto, todo alrededor empieza a perder color. El calor, el ruido, el estómago hecho pedazos, la sensación de no tener un espacio propio. Todo termina mezclándose en la cabeza.
Luego, ya en mi cuarto, se soltó el calor, es un horno, sin ventilación, sin que se sintiera el circular del aire siquiera y sin poder abrir la puerta porque ahí estaban los otros inquilinos, no siento la verdad que merezca seguir pasando una experiencia mediocre, y tal vez tenga que irme hoy para darle otra oportunidad más adelante, en dos semanas que regrese. Quizá venir más temprano en la semana, y darme más días por aquí, rentar un lugar con aire acondicionado e independiente para mí solo.
Porque al final creo que eso resume todo, la experiencia de estar acá no ha sido catastrófica, pero sentir que todo me ocurre a las prisas no me permite disfrutar las bellezas de un pueblo que tiene su propia identidad y sobre todo su propio ritmo de vida.









Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.