Tengo una necesidad que no había considerado en el pasado reciente. Una que había venido postergando porque suelo moverme en entornos muy pequeños. Sin embargo, cuando sales de tu zona de confort, descubres que estaba ahí desde antes, esperando hacerse notar.
Viajar tiene una cualidad curiosa. Uno piensa que va a desconectarse, pero lo primero que termina observando son las comodidades y los privilegios que forman parte de la vida cotidiana. Más que desconectar, aparece el efecto de la carencia. Empiezas a notar todo aquello que normalmente das por sentado: un lugar donde sentirte cómodo, una rutina conocida, una forma sencilla de moverte de un punto a otro.
Y precisamente a eso quería llegar con esta publicación.
Estoy en un lugar que visito por tercera vez en mi vida. Las dos ocasiones anteriores fueron tan limitadas que ni siquiera pude alejarme más de una manzana. Esta vez fue diferente. Tuve la oportunidad de recorrer más calles, conocer algunos sitios interesantes y acercarme un poco a la cultura local. Eso, por sí solo, hizo que el viaje valiera la pena.
Aun así, hubo algo que no terminó de encajar.
El calor hizo mella en mí desde muy temprano y, para ser sincero, ya tengo ganas de volver a casa. Dormir aquí ha sido una experiencia complicada. Las dos noches terminé tirado en el piso porque la cama parecía un comal. Son detalles pequeños cuando los ves por separado, pero cuando se acumulan terminan influyendo bastante en la experiencia general.
Fue ahí donde apareció una idea que jamás había considerado con verdadera seriedad.
Un coche resolvería buena parte de esos inconvenientes.
Cuando dependes de caminar o de servicios de transporte ajenos, terminas condicionando muchas decisiones. Rentas cerca del centro porque necesitas tener todo al alcance. Calculas rutas, horarios y distancias. Y aunque esta es una ciudad relativamente pequeña, donde tomar un taxi probablemente no sea un problema mayor, ciertas experiencias pasadas siguen ahí, recordándome que conviene pensar dos veces antes de depender por completo del transporte público o de terceros.
En términos generales, esta visita fue mucho mejor que las anteriores. Conocí más lugares, entendí un poco mejor el entorno y tuve una experiencia mucho más completa. Sin embargo, también comprendí algo importante: si realmente quiero mimetizarme con un lugar, necesito más tiempo y más libertad de movimiento.
Probablemente tendría que rentar un sitio durante al menos una semana. Vivir unos días sin prisas. Comprar donde compran los habitantes locales. Caminar por calles que no aparecen en las recomendaciones turísticas. Sentarme en cafés cualquiera y observar la vida pasar. Y para lograrlo, también necesitaría una forma segura y cómoda de trasladarme.
Por eso creo que, por primera vez en mi vida, siento un deseo genuino de adquirir un coche propio. No como símbolo de estatus ni como una meta aspiracional. Lo veo como una herramienta.
Tal vez ocurra a finales de este año. Tal vez el siguiente. Todo dependerá de cómo sonrían la vida y las finanzas. Pero la idea ya quedó anotada en mi lista mental de pendientes. Porque este fin de semana me mostró un bloqueo que nunca había percibido con claridad y, al mismo tiempo, me enseñó una posible solución.
Mis pies seguirán siendo mi medio favorito de transporte. Eso no cambia. Caminar sigue siendo una de las formas más agradables de conocer un lugar.
Lo único que busco es contar con una alternativa cuando el sol parece empeñado en derretir las neuronas dentro de mi cabeza, o cuando necesito moverme de noche por sitios que no forman parte de mis entornos de confianza.
Porque el mundo quizá defina el éxito por las posesiones que tienes.
Yo lo defino de otra forma.
Para mí, el éxito consiste en sentirme pleno. Tener estabilidad emocional, salud física, tranquilidad financiera, curiosidad intelectual y la cercanía de las personas que quiero. Consiste en despertar en paz conmigo mismo, sin importar dónde esté. Consiste en abrir los ojos cualquier domingo por la mañana, en cualquier parte del mundo, y poder escribir, con absoluta honestidad, lo agradecido que estoy con el Cielo por permitirme seguir con vida.
Tengo una necesidad que no había considerado en el pasado reciente. Una que había venido postergando porque suelo moverme en entornos muy pequeños. Sin embargo, cuando sales de tu zona de confort, descubres que estaba ahí desde antes, esperando hacerse notar.
Viajar tiene una cualidad curiosa. Uno piensa que va a desconectarse, pero lo primero que termina observando son las comodidades y los privilegios que forman parte de la vida cotidiana. Más que desconectar, aparece el efecto de la carencia. Empiezas a notar todo aquello que normalmente das por sentado: un lugar donde sentirte cómodo, una rutina conocida, una forma sencilla de moverte de un punto a otro.
Y precisamente a eso quería llegar con esta publicación.
Estoy en un lugar que visito por tercera vez en mi vida. Las dos ocasiones anteriores fueron tan limitadas que ni siquiera pude alejarme más de una manzana. Esta vez fue diferente. Tuve la oportunidad de recorrer más calles, conocer algunos sitios interesantes y acercarme un poco a la cultura local. Eso, por sí solo, hizo que el viaje valiera la pena.
Aun así, hubo algo que no terminó de encajar.
El calor hizo mella en mí desde muy temprano y, para ser sincero, ya tengo ganas de volver a casa. Dormir aquí ha sido una experiencia complicada. Las dos noches terminé tirado en el piso porque la cama parecía un comal. Son detalles pequeños cuando los ves por separado, pero cuando se acumulan terminan influyendo bastante en la experiencia general.
Fue ahí donde apareció una idea que jamás había considerado con verdadera seriedad.
Un coche resolvería buena parte de esos inconvenientes.
Cuando dependes de caminar o de servicios de transporte ajenos, terminas condicionando muchas decisiones. Rentas cerca del centro porque necesitas tener todo al alcance. Calculas rutas, horarios y distancias. Y aunque esta es una ciudad relativamente pequeña, donde tomar un taxi probablemente no sea un problema mayor, ciertas experiencias pasadas siguen ahí, recordándome que conviene pensar dos veces antes de depender por completo del transporte público o de terceros.
En términos generales, esta visita fue mucho mejor que las anteriores. Conocí más lugares, entendí un poco mejor el entorno y tuve una experiencia mucho más completa. Sin embargo, también comprendí algo importante: si realmente quiero mimetizarme con un lugar, necesito más tiempo y más libertad de movimiento.
Probablemente tendría que rentar un sitio durante al menos una semana. Vivir unos días sin prisas. Comprar donde compran los habitantes locales. Caminar por calles que no aparecen en las recomendaciones turísticas. Sentarme en cafés cualquiera y observar la vida pasar. Y para lograrlo, también necesitaría una forma segura y cómoda de trasladarme.
Por eso creo que, por primera vez en mi vida, siento un deseo genuino de adquirir un coche propio. No como símbolo de estatus ni como una meta aspiracional. Lo veo como una herramienta.
Tal vez ocurra a finales de este año. Tal vez el siguiente. Todo dependerá de cómo sonrían la vida y las finanzas. Pero la idea ya quedó anotada en mi lista mental de pendientes. Porque este fin de semana me mostró un bloqueo que nunca había percibido con claridad y, al mismo tiempo, me enseñó una posible solución.
Mis pies seguirán siendo mi medio favorito de transporte. Eso no cambia. Caminar sigue siendo una de las formas más agradables de conocer un lugar.
Lo único que busco es contar con una alternativa cuando el sol parece empeñado en derretir las neuronas dentro de mi cabeza, o cuando necesito moverme de noche por sitios que no forman parte de mis entornos de confianza.
Porque el mundo quizá defina el éxito por las posesiones que tienes.
Yo lo defino de otra forma.
Para mí, el éxito consiste en sentirme pleno. Tener estabilidad emocional, salud física, tranquilidad financiera, curiosidad intelectual y la cercanía de las personas que quiero. Consiste en despertar en paz conmigo mismo, sin importar dónde esté. Consiste en abrir los ojos cualquier domingo por la mañana, en cualquier parte del mundo, y poder escribir, con absoluta honestidad, lo agradecido que estoy con el Cielo por permitirme seguir con vida.









Aquí guardo fragmentos de mis días: anécdotas que me han formado, pensamientos que se resisten al silencio, destellos de oraciones que encuentro en los bordes de la rutina.
Escribir, para mí, no es un oficio sino una forma de respirar. Cada texto nace del impulso de entenderme y, tal vez, de reconciliarme con el mundo.
No busco atención o aplausos; solo dejar constancia de lo que alguna vez fui, mientras sigo aprendiendo a mirar con calma.