El Día De Hoy

 Vamos a ver, ¿de qué va el texto el día de hoy?

Sencillo. Quiero seguir haciendo cambios, pero principalmente quiero identificar aquellas cosas que no me hacen bien. Anoche intenté caer una vez más en mis malos hábitos y, para mi agradable sorpresa, las limitaciones que me puse funcionaron perfectamente, provocando un fastidio temporal, pero una alegría mayor a la mañana siguiente.

Y es aquí donde llega la consciencia y me enseña detalles que parecen mínimos, pero desde la óptica de la continuidad del yo futuro, sé que estoy haciendo bien.

La aplicación que desarrollé es una gozada. Sin interrupciones ni incomodidades a la vista. Únicamente mi procesador de textos, haciéndose uno conmigo. Agradezco saber qué era lo que quería desde el inicio; así no me la pasaba divagando entre versiones. Creo que ese ha sido uno de mis fuertes en la vida: el determinismo. Saber que cuando decido algo, me gusta adoptarlo como parte de mi identidad e incorporarlo a mi día a día. Así me convertí en un lector asiduo, así estoy trabajando en una personalidad escritora, así estoy desarrollando empatía interpersonal y otras habilidades blandas de las que no quiero hablar todavía.

Desconecto los audífonos y me levanto por un chocolate caliente y un envuelto mexicano. Resulta que, como dije hace un momento, sigo investigando cuáles son aquellos alimentos que no provocan incomodidad a mi organismo y he ido aprendiendo a filtrar poco a poco. Obvio, es un trabajo para toda la vida. Sé perfectamente que mi decisión de un día o una semana no es nada en comparación con una vida de malos hábitos alimenticios, pero mejor empezar algún día que jamás hacerlo. Y cuando ya sabes qué es lo que no le agrada a tu cuerpo, entiendes que, en vísperas de darle un mejor trato, hay que evitar ciertas cosas. Eso aplica para actitudes, compañías y gustos; no solamente para lo ingerido.

Recién he aprendido que mi satisfacción personal al final del día viene acompañada de haber tomado decisiones decentes durante las horas que estuve despierto; con el cuerpo sin dolencias y la cabeza tranquila. Eso definitivamente lo vale todo. Te coloca en un punto de comprensión del entorno más completo de lo que imaginas.

Pero bueno, no vengo aquí a dar clases de lo bien que se siente no contaminar tu propio cuerpo cuando estamos rodeados de elementos, eventos e intenciones que, sin darnos cuenta, provocan justo lo contrario.

Ésta cosa está picante, perdón. Me enchilé un poco. Igual es interesante. Le doy un sorbo a mi chocolate. Muy rico. Dulce, eso sí, pero estoy investigando si la leche de coco es la que me provoca incomodidad o la cafeína. Con ese propósito me lo pedí.

Ya sé qué agregar a mi herramienta. Mientras degustaba el último bocado lo deduje. Será una sorpresa, pero me encantará conseguirlo.

Y bien, para cerrar, solo queda comentar que el día se define a partir de las múltiples decisiones minúsculas que tomamos. Si optamos por las mejores o, como dije antes, por las decentes, al menos en aquello que esté dentro de nuestro control, estamos del lado correcto de la narrativa.



 Vamos a ver, ¿de qué va el texto el día de hoy?

Sencillo. Quiero seguir haciendo cambios, pero principalmente quiero identificar aquellas cosas que no me hacen bien. Anoche intenté caer una vez más en mis malos hábitos y, para mi agradable sorpresa, las limitaciones que me puse funcionaron perfectamente, provocando un fastidio temporal, pero una alegría mayor a la mañana siguiente.

Y es aquí donde llega la consciencia y me enseña detalles que parecen mínimos, pero desde la óptica de la continuidad del yo futuro, sé que estoy haciendo bien.

La aplicación que desarrollé es una gozada. Sin interrupciones ni incomodidades a la vista. Únicamente mi procesador de textos, haciéndose uno conmigo. Agradezco saber qué era lo que quería desde el inicio; así no me la pasaba divagando entre versiones. Creo que ese ha sido uno de mis fuertes en la vida: el determinismo. Saber que cuando decido algo, me gusta adoptarlo como parte de mi identidad e incorporarlo a mi día a día. Así me convertí en un lector asiduo, así estoy trabajando en una personalidad escritora, así estoy desarrollando empatía interpersonal y otras habilidades blandas de las que no quiero hablar todavía.

Desconecto los audífonos y me levanto por un chocolate caliente y un envuelto mexicano. Resulta que, como dije hace un momento, sigo investigando cuáles son aquellos alimentos que no provocan incomodidad a mi organismo y he ido aprendiendo a filtrar poco a poco. Obvio, es un trabajo para toda la vida. Sé perfectamente que mi decisión de un día o una semana no es nada en comparación con una vida de malos hábitos alimenticios, pero mejor empezar algún día que jamás hacerlo. Y cuando ya sabes qué es lo que no le agrada a tu cuerpo, entiendes que, en vísperas de darle un mejor trato, hay que evitar ciertas cosas. Eso aplica para actitudes, compañías y gustos; no solamente para lo ingerido.

Recién he aprendido que mi satisfacción personal al final del día viene acompañada de haber tomado decisiones decentes durante las horas que estuve despierto; con el cuerpo sin dolencias y la cabeza tranquila. Eso definitivamente lo vale todo. Te coloca en un punto de comprensión del entorno más completo de lo que imaginas.

Pero bueno, no vengo aquí a dar clases de lo bien que se siente no contaminar tu propio cuerpo cuando estamos rodeados de elementos, eventos e intenciones que, sin darnos cuenta, provocan justo lo contrario.

Ésta cosa está picante, perdón. Me enchilé un poco. Igual es interesante. Le doy un sorbo a mi chocolate. Muy rico. Dulce, eso sí, pero estoy investigando si la leche de coco es la que me provoca incomodidad o la cafeína. Con ese propósito me lo pedí.

Ya sé qué agregar a mi herramienta. Mientras degustaba el último bocado lo deduje. Será una sorpresa, pero me encantará conseguirlo.

Y bien, para cerrar, solo queda comentar que el día se define a partir de las múltiples decisiones minúsculas que tomamos. Si optamos por las mejores o, como dije antes, por las decentes, al menos en aquello que esté dentro de nuestro control, estamos del lado correcto de la narrativa.



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 Esto es una entrada escrita desde mi nuevo procesador de textos extremadamente minimalista llamado "noted".

La explicación de la herramienta es sencilla. Estoy cansado de los procesadores de texto modernos y de los notepads que intentan convertirse en centros de comando para toda tu vida. Ya no sé si quieren ayudarme a escribir, administrar proyectos, gestionar equipos de trabajo o llevar la contabilidad de una pequeña empresa. Lo único que sé es que cada nueva función parece competir por mi atención.

Yo solo quería escribir.

Quería un espacio donde las palabras aparecieran una detrás de otra. Un lugar donde pudiera sentarme frente al teclado y pensar. Nada más.

Por eso decidí crear algo propio.

Noted no pretende revolucionar nada. No intenta convertirse en la próxima aplicación indispensable para la productividad. No tiene una lista interminable de características. No tiene paneles laterales, plantillas inteligentes, sistemas complejos de organización ni elementos que busquen impresionar a nadie.

Es una hoja oscura con texto claro.

Y para mí, eso es suficiente.

He removido prácticamente todo. Dejé una fuente monospace porque me gusta la sensación de estar frente a una máquina cuya única responsabilidad consiste en registrar ideas. Cambié el fondo a negro. Elegí un gris suave para las letras. Eliminé aquello que no contribuía al acto de escribir.

El resultado me encanta.

Abro la aplicación y encuentro exactamente lo que esperaba encontrar: nada.

Nada que me distraiga.

Nada que me pida configurar algo.

Nada que reclame atención.

Solo un cursor esperando.

Mientras la construía, me di cuenta de que la herramienta se parecía mucho más a mí de lo que imaginaba.

Hace algunos años habría intentado agregar funciones. Habría buscado hacerla más completa, más poderosa, más impresionante. Habría confundido complejidad con calidad.

Hoy no.

Hoy me encuentro recorriendo el camino opuesto.

Cada vez me interesa menos acumular y cada vez me interesa más seleccionar.

Eso ocurre con la aplicación.

Eso ocurre con mi alimentación.

Eso ocurre con mis hábitos.

Incluso ocurre con las personas con las que comparto mi tiempo.

Desde hace meses he simplificado muchas cosas. Mi alimentación, por ejemplo, se ha vuelto mucho más básica de lo que era antes. Proteínas. Algunas verduras. Bebidas sin azúcar. Menos ingredientes. Menos experimentos. Menos ruido.

Cuando lo explico, algunas personas parecen interpretarlo como una limitación. Yo lo veo de otra manera.

Cuando descubres qué cosas te aportan valor, dejas de sentir la necesidad de llenar el espacio con alternativas.

No necesito cincuenta opciones para desayunar.

No necesito cien aplicaciones abiertas al mismo tiempo.

No necesito convertir cada aspecto de mi vida en un catálogo infinito de posibilidades.

La abundancia tiene virtudes, pero también tiene costos.

Elegir cansa.

Comparar cansa.

Evaluar cansa.

Dudar cansa.

Hay una tranquilidad peculiar en encontrar algo que funciona y permanecer ahí el tiempo suficiente para conocerlo bien.

Quizá por eso disfruto tanto esta pequeña aplicación.

No porque sea extraordinaria.

No porque represente algún logro técnico impresionante.

La disfruto porque me recuerda una idea que cada año parece cobrar más fuerza dentro de mí: muchas veces el progreso no consiste en agregar algo nuevo, sino en remover aquello que estorba.

Pienso en eso cuando miro hacia atrás.

Cada decisión que he tomado ha dejado una marca en el presente que habito. Algunas decisiones fueron buenas. Otras no tanto. Algunas nacieron de la disciplina y otras de la necedad. Varias surgieron del miedo. Otras de la esperanza.

Todas terminaron construyendo una parte de quien soy.

No lo digo con orgullo ni con arrepentimiento.

Lo digo con curiosidad.

Me gusta observar mi propia historia y descubrir cómo llegué aquí. Qué hábitos sobrevivieron. Qué ideas desaparecieron. Qué cosas consideraba importantes hace diez años y cuáles siguen teniendo valor hoy.

Hay algo extraño en hacerse mayor.

Comienzas a notar patrones.

Comienzas a entender que muchas respuestas ya estaban frente a ti desde hace tiempo.

Comienzas a aceptar que la vida rara vez se transforma por un acontecimiento espectacular. La mayoría de los cambios importantes nacen de pequeñas decisiones repetidas durante años.

Quizá "noted" sea una de esas decisiones pequeñas.

Quizá dentro de unos meses deje de usarlo.

Quizá evolucione y se convierta en algo distinto.

O quizá permanezca exactamente igual.

Por ahora cumple su propósito.

Me permite sentarme frente a una pantalla vacía y recordar que, cuando eliminas suficiente ruido, todavía puedes escuchar tus propios pensamientos.

Y en estos tiempos, eso ya me parece bastante valioso.



Noted

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 Esto es una entrada escrita desde mi nuevo procesador de textos extremadamente minimalista llamado "noted". La explicación de la ...

 ¿Cuánto tardas en resetear tu pensamiento y forma de vida? Hay dependencias, vicios, costumbres y hábitos que cargamos todos los días sin darnos cuenta de que están ahí, hasta que algo pasa. Hasta que el cuerpo resiente. Hasta que aparece un cambio. A veces es algo positivo; otras, una incomodidad, un dolor o una molestia. Y así, el mismo cuerpo termina diciéndonos cuando no se siente bien con la vida que le hemos venido dando.

Ayer me topé con un video en el que me retaban a irme a caminar sin audífonos, sin celular y sin distractores durante diez kilómetros. Hice un cálculo rápido de hasta dónde serían aproximadamente cinco kilómetros y pensé: de ida y vuelta lo consigo, va. Me convencí.

Para mayor certeza dejé el celular en casa. Tomé un par de vasos grandes de agua antes de salir y decidí no llevar tampoco cartera ni dinero. Éramos mis llaves y yo contra un interesante trayecto por recorrer.

Dios, qué horror darme cuenta de lo pobre de mi condición física. Quizá había recorrido dos terceras partes del trayecto cuando empecé a ver mi suerte. Estaba sudando a chorros, la visión comenzaba a ponerse un poco borrosa y el cansancio ya era evidente.

Tengo que decir que en ese tramo me tocaron dos pendientes bastante pesadas, cerca de un kilómetro acumulado de subida. Para alguien con sobrepeso —u obesidad, según se perciba— que no había andado por terrenos así más allá de unos cuantos metros, aquello se volvió un verdadero reto. Lo sufrí. Estaba, como diríamos en mi adolescencia, "bofeado".

La pasé mal durante buena parte del último tramo. Sin embargo, no me detuve. Cuando llegué a la cima de esa sección, sabía que el resto del camino era más parejo. Empecé a decirme: "tú puedes, Carlos", "despacio, no hay ninguna prisa". Bajé el ritmo. Mi corazón comenzó a relajarse, recuperé el aire y seguí caminando mientras respiraba con profundidad.

Finalmente tuve una pequeña victoria. No solo porque conseguí llegar a casa casi en una pieza —la verdad llegué directo a comer y a beber agua—, sino porque en el último pedazo de la caminata di una carrera de unos doscientos metros.

¿Cuánto tiempo tenía sin que el cuerpo me diera para un sprint?

La lluvia se había soltado sobre la ciudad y era correr o llegar hecho una sopa. Además, agradecí a Dios que la temperatura bajara un par de grados, que la humedad aumentara y que las gotas comenzaran a caer justo cuando yo ya estaba sufriendo por el agotamiento, el calor y la falta de agua.

Después de comer algo me metí a bañar y me tiré en la cama para terminar el otro "side quest" con el que me habían retado en ese reel: leer un libro completo en un día.

También lo conseguí.

Finalicé la jornada durmiendo como rey. En el piso, porque después de un rato en la cama empezó a darme calor. Me desperté a la mañana siguiente con esa sensación de haber recuperado una parte de mí que estaba bloqueada y con la certeza de que había cometido un error al no llevar agua ni dinero durante la caminata.

Pero bueno, como reto personal, se logró.

Y más allá de la distancia recorrida, del libro terminado o de la lluvia que me obligó a correr los últimos metros, me quedó algo más útil: recordarme que todavía soy capaz de exigirme un poco más de lo que creo. Que cuando me propongo hacer algo y lo sostengo con convicción, suelo encontrar la forma de conseguirlo. Y que, de vez en cuando, basta una caminata larga para descubrir cosas sobre uno mismo que llevaban demasiado tiempo esperando ser escuchadas.



Caminata

Por
 ¿Cuánto tardas en resetear tu pensamiento y forma de vida? Hay dependencias, vicios, costumbres y hábitos que cargamos todos los días sin d...

 Estaba a punto de escribir algo en relación con mi situación actual, aquella que no debería venir a exponer acá. Me detuve en seco. Un segundo pensamiento me invadió. Claro que ver una película es una experiencia interesante. Cambiando de tema, por decir algo.

Mis dedos se mueven al ritmo de las canciones que escucho en los audífonos. Disfruto las bellezas de la vida. A veces solo, a veces acompañado, como mañana, quizá, cuando tenga familiares de visita. No sé qué sentir, si me lo preguntas. Las expectativas son mínimas y, aun así, el tema del orden en la casa, la limpieza y los pequeños pendientes me hace ruido. No un ruido desconcertante. Más bien uno que requiere algo de atención.

Hablando del ruido que me rodea, no estoy escuchándolo. La canción me invita a viajar, a un mundo ficticio de temores y colores. No sé por qué las emociones consideradas negativas suelen colocarse en la otra orilla del espectro cuando, en realidad, todas forman parte de una misma visión del entorno.

Y una mujer de cabello rubio teñido se ha sentado a dos metros de distancia, frente a mí. Es más llamativa de lo que pensé al verla entrar. Camiseta negra con detalles blancos en cuello y mangas, ojos claros, abundante maquillaje —para mi gusto personal—, jeans grises y tenis blancos. En conjunto se ve bastante bien. Trae un matcha de esos de color verde y se come uno de los envueltos que venden en Starbucks mientras habla por teléfono. A veces cruza miradas conmigo, casi como si divisara un espectro en el horizonte.

Al desconectar para concentrarme en lo que escribo, el mundo sigue su curso. Sin ponerme filosófico, sin intenciones rebuscadas. Los jueves por la tarde la plaza suele estar repleta de mujeres atractivas. No pregunten cómo lo sé. Simplemente lo sé.

De momento he visto pasar algunas mujeres guapas. Agradezco la oportunidad de estar aquí y disfrutar de tan agradables vistas mientras me hundo en la silla a escribir sobre mi día, sobre lo simple de la existencia o sobre el hecho de que una mujer de tez blanca, vestido negro y mirada ingenua puede ser lo más espectacular que atraviese mi campo visual a lo largo de la jornada. Sigo.

Es curioso cómo gran parte de lo que ocurre a mi alrededor existe gracias al mismo sistema que tantas personas disfrutan criticar. La cafetería, la plaza, las tiendas, la ropa que viste la gente, las bebidas sobre las mesas, los teléfonos en las manos de casi todos. Hay que aprender a perderle el miedo al capitalismo. Al final estamos rodeados por él y no hay mucho que podamos hacer al respecto si pretendemos evitar morir de hambre.

Cuesta trabajo entender que las reglas de la existencia provienen de mucho más arriba de donde nos encontramos. Resulta más sencillo revolcarse en la miseria, sufrir por las carencias —que a todos nos sucede— y culpar a cualquier cosa que aparezca a la vista. Pero tarde o temprano descubres que debes aprender a montar a la bestia o terminarás debajo de ella. Y no queremos que eso suceda. Ni a mí ni a nadie de los que me rodean.

La vida sin herramientas tal vez no sea nada. Sin embargo, cuando aprendes a programar en Notepad, cuando no le temes a redactar directo sobre una hoja en blanco, cuando te sobrepones a una vida sin redes sociales, asistentes virtuales, inteligencias artificiales, agentes que codifican por ti, entornos de desarrollo prediseñados, música o contenido en streaming, descubres algo importante.

Te descubres a ti mismo.

Te vuelves tú solo frente al mundo moderno y entiendes que eres mucho más grande que los vicios y las vicisitudes contemporáneas.

Te vuelves más grande que la lectura de un simple libro o que un contacto al que llamas por teléfono. Trasciendes los miedos cultivados por no formar parte de tendencias o modas. Superas el FOMO, el contexto interpersonal, las estructuras hechas a la medida, el mercado de consumo y toda la basura que permanece ahí, disputándote la atención.

Porque lo que de verdad importa sigue siendo lo mismo.

Tu capacidad de producir.

Sin ayuda.

Sin aplausos.

Sin recompensa inmediata.

Únicamente por el placer de hacerlo.

Y saber que puedes con eso te coloca en un lugar especial, donde apenas unos pocos logran habitar. En paz contigo mismo. Con tu mente. Con tu historia de vida. Con tus habilidades. Con tu entorno. Con tus pensamientos. Con la simplicidad de tu existencia.

Lo cual es arte en su estado más puro y genuino.



 Las campanadas de la iglesia resuenan a una cuadra de distancia. Más allá, otras iglesias parecen responderles en sincronía. Dentro del local, la música suena a un volumen considerable. Afuera, al pie de la calle, pasan coches con sus propias canciones compitiendo por dominar el ambiente. Cerca de mí, una chica sostiene una videollamada con su madre; ambas elevan la voz para vencer los problemas de conexión. Frente a mí, una familia entera mantiene una discusión apasionada donde cada integrante intenta hacerse escuchar por encima de los demás.

¿En dónde estoy?

¿Y por qué de repente me está provocando tanta incomodidad el ruido del entorno?

Mi primera reacción es culpar a todo lo que me rodea. Es fácil hacerlo. Cuando uno se siente mal, resulta tentador buscar responsables en el paisaje. Convertir cada sonido en una agresión. Cada interrupción en una prueba de que algo está fuera de lugar.

Pero conforme pasan los minutos empiezo a cuestionar mi propio diagnóstico.

Las campanadas dejaron de sonar después de un minuto.

La chica de la videollamada probablemente lleva días o semanas sin ver a su familia y encontró en el domingo por la tarde el momento para ponerse al corriente con ellos.

La familia no está peleando. Bueno, quizá sí un poco. Pero también se nota que están disfrutando la comida y la compañía mutua. Como detalle adicional, después de observarlos unos segundos, debo admitir que aquí son muy bonitas las señoras. Se nota que en sus años de juventud debieron llamar bastante la atención.

Sigo.

Es cierto que pasan coches ruidosos, pero sucede de forma esporádica. Mucho menos frecuente de lo que mi molestia inicial me hizo creer.

Y la música. Bueno, la música está reproduciendo canciones que no me gustan. Eso no la convierte en un problema. El desagrado también es un sesgo.

Entonces empiezo a sospechar que el ruido no es el verdadero asunto.

Lo que está pasando en realidad es que tengo sueño.

Me siento agotado.

El sol ha hecho mella en mí durante buena parte del día y eso, combinado con los problemas para dormir de la noche anterior, terminó por provocarme dolor de cabeza. Mi cuerpo está cansado y mi mente está utilizando todo lo que ocurre alrededor para justificar ese malestar.

El mundo no cambió.

El que cambió fui yo.

Necesito respirar más. Tomarme las cosas con calma. Evitar que el entorno me consuma y que el estrés me convenza de que todo está mal cuando quizá lo único que necesito es descansar.

Tomo un sorbo profundo de mi bebida.

Un cold brew tonic de cítricos.

Extremadamente refrescante.

Suspiro.

Hay otro fenómeno curioso que he experimentado durante estos días. La cantidad de personas que me han abordado en la calle para pedir dinero.

Entre quienes aseguran estar enfermos, quienes dicen no tener para comer y quienes simplemente piden porque sí, calculo que al menos unas doce personas se me han acercado durante los últimos dos días. Entre una historia y otra, probablemente me han sacado cerca de trescientos pesos.

Y es que tengo corazón de pollo.

Me resulta demasiado fácil creer lo que me cuenta la gente cuando parecen sinceros. Sobre todo cuando hablan de enfermedad, hambre o dificultades económicas. Algo dentro de mí siempre quiere pensar que están diciendo la verdad.

No menciono esto para parecer generoso.

Mi generosidad no se mide por la cantidad de dinero que entrego en una banqueta.

Sí me considero una persona generosa, pero hay una diferencia entre dar porque uno quiere hacerlo y dar porque alguien encontró la forma de exprimir esa parte sensible de uno mismo.

Tampoco lo digo con desprecio hacia quienes piden ayuda. Al contrario. La empatía es precisamente lo que me impulsa a ayudarlos cuando puedo.

Lo menciono porque forma parte de la experiencia.

Porque, igual que el ruido, son pequeñas demandas constantes de atención.

Historias.

Rostros.

Peticiones.

Voces.

Todo reclamando un poco de espacio dentro de mi cabeza.

Otro sorbito.

Qué deliciosa sabe esta cosa.

Poco a poco me he ido metiendo tanto en lo que ocurre dentro de mi propia burbuja que he empezado a ignorar buena parte de lo que sucede alrededor.

Y quizá esa sea una habilidad importante.

No porque el mundo exterior carezca de valor, sino porque hay días en los que uno necesita distinguir entre lo que realmente está ocurriendo afuera y lo que está ocurriendo dentro de uno mismo.

Mientras menos permita que el ruido de afuera determine mi estado de ánimo, más energía tendré para cuidar lo que sucede aquí adentro.



 ¿Es la vida una ficción sobrecargada? ¿Y lo que asumimos como realidad no es más que un conjunto de eventos aleatorios que se escapan de cualquier narrativa que intentamos imponerles?

No es una pregunta que me robe el sueño. Al final, de lo que se trata es de entender que el alcance de nuestra influencia termina por definir los límites de nuestra propia vida. Por esa razón, la existencia puede ser tan inmensa o tan sencilla como cada quien decida verla.

Empecé a escribir con la intención de llegar a viejo, pero muy viejo, y sentarme en cualquier lugar a leerme para pasar el rato. Por distracción, por afición a la lectura o por simple entretenimiento. Porque cuando uno llega a cierta edad, si llega solo —que es como muchas veces se llega— descubre que el resto del mundo ha seguido avanzando. Las costumbres cambian, las referencias desaparecen y la forma misma de vivir se transforma hasta volverte un extraño en el tiempo que te toca habitar.

Quizá por eso me gusta creer en el sueño de tener mi propio lugar. Un espacio con mis propias cosas, con acceso a todo lo necesario para vivir con comodidad, con ingresos suficientes y retornos de inversión que me permitan dedicarme a aquello que más disfruto: leer y escribir.

Soy un romántico de la literatura y la belleza. Más que un filósofo de recámara o un autor de café, me considero alguien que celebra los pequeños momentos. Una persona que encuentra significado en las conexiones humanas, que intenta entenderse primero a sí misma para después ocupar un lugar dentro del entorno que la rodea.

Y bajo esa premisa, establecer límites interpersonales resulta importante. Porque si dependiera de mí, podría convertirme en un verdadero dictador de la atención, en un representante del control o en un doctor honorario del mundo de la opinión. Pero no soy nada de eso. Solo soy un ser humano tratando de entender su propia vida, cometiendo errores como cualquiera, descargando frustraciones contra sus miedos y tropezando una y otra vez con sus propios vicios.

Esa insignificancia termina por volverme parte de aquello que algunas veces señalo y otras simplemente envidio. Porque el deseo de pertenecer, de pasar desapercibido, de llegar a un lugar, pedir algo para tomar y sentarme a escribir durante un rato sigue siendo una de las motivaciones de cada mañana.

Lo curioso es que aquello que más me aleja de los demás dentro de un microcontexto social suele ser también lo que más me conecta con ellos. Las palabras que aparecen en mi mente sin previo aviso, las historias improvisadas que construyo mientras espero mi turno para ordenar un café, las observaciones fugaces sobre la gente que entra y sale del lugar.

Ver pasar a un par de mujeres esplendorosas de ojos azules en la fila, en la plenitud de su juventud, imaginar quiénes son, qué hacen, qué las preocupa o qué las ilusiona, no me vuelve distinto. Me vuelve humano. Al final, todos vivimos rodeados de desconocidos y todos intentamos completar, con fragmentos e intuiciones, las historias que nunca llegaremos a conocer por completo.



 Tengo una necesidad que no había considerado en el pasado reciente. Una que había venido postergando porque suelo moverme en entornos muy pequeños. Sin embargo, cuando sales de tu zona de confort, descubres que estaba ahí desde antes, esperando hacerse notar.

Viajar tiene una cualidad curiosa. Uno piensa que va a desconectarse, pero lo primero que termina observando son las comodidades y los privilegios que forman parte de la vida cotidiana. Más que desconectar, aparece el efecto de la carencia. Empiezas a notar todo aquello que normalmente das por sentado: un lugar donde sentirte cómodo, una rutina conocida, una forma sencilla de moverte de un punto a otro.

Y precisamente a eso quería llegar con esta publicación.

Estoy en un lugar que visito por tercera vez en mi vida. Las dos ocasiones anteriores fueron tan limitadas que ni siquiera pude alejarme más de una manzana. Esta vez fue diferente. Tuve la oportunidad de recorrer más calles, conocer algunos sitios interesantes y acercarme un poco a la cultura local. Eso, por sí solo, hizo que el viaje valiera la pena.

Aun así, hubo algo que no terminó de encajar.

El calor hizo mella en mí desde muy temprano y, para ser sincero, ya tengo ganas de volver a casa. Dormir aquí ha sido una experiencia complicada. Las dos noches terminé tirado en el piso porque la cama parecía un comal. Son detalles pequeños cuando los ves por separado, pero cuando se acumulan terminan influyendo bastante en la experiencia general.

Fue ahí donde apareció una idea que jamás había considerado con verdadera seriedad.

Un coche resolvería buena parte de esos inconvenientes.

Cuando dependes de caminar o de servicios de transporte ajenos, terminas condicionando muchas decisiones. Rentas cerca del centro porque necesitas tener todo al alcance. Calculas rutas, horarios y distancias. Y aunque esta es una ciudad relativamente pequeña, donde tomar un taxi probablemente no sea un problema mayor, ciertas experiencias pasadas siguen ahí, recordándome que conviene pensar dos veces antes de depender por completo del transporte público o de terceros.

En términos generales, esta visita fue mucho mejor que las anteriores. Conocí más lugares, entendí un poco mejor el entorno y tuve una experiencia mucho más completa. Sin embargo, también comprendí algo importante: si realmente quiero mimetizarme con un lugar, necesito más tiempo y más libertad de movimiento.

Probablemente tendría que rentar un sitio durante al menos una semana. Vivir unos días sin prisas. Comprar donde compran los habitantes locales. Caminar por calles que no aparecen en las recomendaciones turísticas. Sentarme en cafés cualquiera y observar la vida pasar. Y para lograrlo, también necesitaría una forma segura y cómoda de trasladarme.

Por eso creo que, por primera vez en mi vida, siento un deseo genuino de adquirir un coche propio. No como símbolo de estatus ni como una meta aspiracional. Lo veo como una herramienta.

Tal vez ocurra a finales de este año. Tal vez el siguiente. Todo dependerá de cómo sonrían la vida y las finanzas. Pero la idea ya quedó anotada en mi lista mental de pendientes. Porque este fin de semana me mostró un bloqueo que nunca había percibido con claridad y, al mismo tiempo, me enseñó una posible solución.

Mis pies seguirán siendo mi medio favorito de transporte. Eso no cambia. Caminar sigue siendo una de las formas más agradables de conocer un lugar.

Lo único que busco es contar con una alternativa cuando el sol parece empeñado en derretir las neuronas dentro de mi cabeza, o cuando necesito moverme de noche por sitios que no forman parte de mis entornos de confianza.

Porque el mundo quizá defina el éxito por las posesiones que tienes.

Yo lo defino de otra forma.

Para mí, el éxito consiste en sentirme pleno. Tener estabilidad emocional, salud física, tranquilidad financiera, curiosidad intelectual y la cercanía de las personas que quiero. Consiste en despertar en paz conmigo mismo, sin importar dónde esté. Consiste en abrir los ojos cualquier domingo por la mañana, en cualquier parte del mundo, y poder escribir, con absoluta honestidad, lo agradecido que estoy con el Cielo por permitirme seguir con vida.



Un Coche

Por
 Tengo una necesidad que no había considerado en el pasado reciente. Una que había venido postergando porque suelo moverme en entornos muy p...